jueves, 17 de abril de 2014

TÍTULO PARA UNA NOVELA DE VENEVISIÓN:
"NO EXISTE QUE MI MARIDO SE VEA MEJOR QUE YO"

Ella se cuidaba full, -físicamente hablando-.
A decir verdad, a sus 46 años se veía mejor que cuando tenía 25. Incluso mejor que en su treintena. Se obligaba a comer de dieta y regularmente visitaba el gym para encaramarse en la trotadora y en la elíptica por lo menos unas 3 veces por semana.
Pero resulta que su marido, a diferencia de ella, no le daba mucha importancia al plano físico.
Era lo que todos conocemos como un gordito feliz; aunque si a ver vamos, estoy segura que ningún gordito es muy feliz que se diga. Ese es el cliché más falso y repetido que he escuchado.
La cuestión es, que el hombre engullía como los buenos, pero ella tenía un pensamiento oculto, que en una ocasión le escuché confesar en una reunión social. "Mientras más gordito esté Milo, menos me lo miran. Aquí la que tiene que estar buena soy yo, no él." Además, ya bastante simpático es, para que encima también se ponga divino. Déjalo así, gordito con su barriga imponente.
Lo que menos estoy buscando, es que se le suban los humos, porque ahí donde lo ven, ya se cree galán de arepera."
Las amigas se reían, -mientras asentían a lo que ella decía-.
Y así siguieron este par de disparejos, cada uno a su ritmo.
Ella arrasaba con su cuerpito bien mantenido, y él con sus chistes repetidos y malos, que a decir verdad a todos fascinaba. Eran Mike "sin Molly".
De hecho el hombre era el rey de la guasa. Los amigos y conocidos la pasaban bomba con su sola presencia y eso a ella, la volvía loca.
Se hacían llamar "Los Diverbuenos", (no tengo que explicarlo).
Lía, no es que fuera desagradable, pero jamás y nunca tendría el arrastre que él conseguía cuando llegaba a un lugar y le caían encima.
De verlo ya se estaban riendo de las caras que hacía. Pena? Jamás. No sabía lo que era eso.
Las mujeres le decían, "Qué rico estar casada con Milo. Todo el día está de buenas y contando chistes. No como los nuestros que siempre están histéricos y pegando gritos", ella hacía unas muecas que hablaban por sí solas.
A veces ni contestaba, pero cuando lo hacía, era para decir, "No saben lo que es alimentarlo. Eso sí no es chiste. No se sacia. Los mercados se van íntegros en 2 días.
Unas galletas  que adoro -que no se consiguen nunca-, tengo que dejarlas escondidas en la guantera del carro, porque si las subo a la casa, es como una ilusión óptica. Después que las veo en la bolsa del supermercado, ya no las veo más.
Ni un dueto entre David Blane y Chris Angel lograría esa ilusión óptica de desaparecer todo en segundos.
Las chucherías se evaporan. Nadie las prueba. A veces pongo en duda si las compré o no. Acaba con todo. Terminator queridas.
Pero nada. Por más que le digo que se cuide, que trate de bajar un poco la ingesta de calorías, le entra por un oído, y le sale disparado por el otro. Pero como les dije, mejor para mi.
Es verdad que es muy gracioso, pero tiene de sexy lo que un gorro de natación."
Y así seguía el insaciable aquel, extralimitándose y consumiendo todo tipo de sustancias calóricas y obviamente que engordando a paso de vencedores.
Ya no eran sólo 7 kilos. Ya iba por 14 y del tiempo que les perdí el rastro a ambos, me enteré que el hombre tendría por lo menos un sobrepeso de 20 kilos.
Alguien me dijo que estaba grotesco.
Ya sabes que mientras más le dices a un gordito que se cuide y haga dieta, menos caso hace. Es una frase contraproducente. Haz la prueba, pídele a un gordinflón que deje de comer y aunque te ponga cara de pena y te dé la razón, en cuanto termines de hablarle, lo verás destapando un chocolate, porque tu conversación lo puso ansioso y no pudo reprimir las ganas.
Resulta pues, que ahora ya no era cuestion de esbeltez, ya era un tema de salud. Seguramente tendría todos los valores alterados y eso podría acarrearle un problema de colesterol y de tantas enfermedades que aparecen cuando el sobrepeso es el rey.
Efectivamente, llegó el día, en que sentado en su oficina haciendo las muchas cosas que hacía, -porque el hombre era activo a nivel laboral-, se percató que últimamente todo lo realizaba sentado.
Su última adquisición era una silla con ruedas con la que viajaba por toda la oficina sin tener que levantarse. Eso, además de llamar 3000 veces a la infeliz de la secretaria para que le hiciera los favores, que por más insignificantes que parecían, a él le costaban un mundo.
La mujer no terminaba de salir, cuando otra vez tenía que estar en su oficina esperando la orden para ejecutarla. A veces era porque si estaba haciendo un cheque y se le caía el lápiz, no podía ni agacharse a recogerlo. Otras, porque se quitaba los zapatos y cuando estaba por irse y necesitaba ponérselos, tampoco podía alcanzarlos.
Supo que su vida debía dar un giro de 360 grados, -sino quería llegar a los 360 kilos-.
Comenzó a maquinar un plan para deshacerse del sobrepeso, por lo que era hora de tomar una decisión definitiva, sino quería que lo confundieran con Manuel Uribe.
Ella por su lado, seguía igual, aunque según las malas lenguas, más seria y distante. El no le paraba mucho y tengo entendido que ya estaba harto de su pose de diva. De su esnobismo retorcido.
Pero como en todas mis historias, -en donde "el pero" es infaltable-, llegó el día en que el hombre, ya deformado y extenuado de la vida que llevaba, decidió que era momento de operarse. Y aparentemente,  ese era el motivo que le amargaba la existencia a ella.
Estaba muy celosa, y esa inseguridad le hacía creer que si el marido se ponía a la altura, la desplazaría sin pensar.
Ya él se lo había dicho y a ella la confesión le había caído, peor que un retortijón en una cola en la autopista.
Las dietas que él hacía, duraban lo mismo que los bombones en la despensa, que las Susys en las cajas y que las pizzas que eran para compartir, y que él sólo se devoraba sin respirar.
Así que supo que había llegado la hora de someterse a una operación que le redujera el estómago y por ende el apetito descomunal que cada vez era más feroz.
Y entonces fue, como sin pensarlo, se operó.
Se adelgazó primero 10 kilos, después otros 10 y ya después de casi un año, los 20 que se había engordado en los últimos 8 meses.
Efectivamente el hombre estaba renovado, rejuvenecido y todos a su alrededor se lo hacían saber.
Se sentía increíble y se veía mejor.
Si la seguridad siempre fue su fuerte, a pesar de que su apariencia dejara mucho qué desear, ahora se sentía como un collage entre George Clooney y Ashton Kutcher.
Puedo jurar que lo vi presentarse a un casting para el próximo Míster Venezuela, (o sería para escoger al nuevo James Bond?) no sé, la cuestión es que todo iba bien, pero algo extraño le pasaba a ella.
Lía quería contratarle a un colectivo que acabara con su arrogancia y con su despotismo fuera de contexto, porque hablando claro, el hombre lo tenía todo. Guapo, trabajador, cordial, y para mal de males ultra simpático. Mejor que nunca. Claro, la seguridad de verse bien, lo llenaba de una autoestima envidiable y eso para ella, representaba la muerte.
Pero lo peor no era él. Lo más siniestro era escuchar a las amigas y conocidos de ambos diciéndole a ella "Cuidado con él. Ahora sí tienes que andar con mil ojos.
El hombre está mejor que nunca".
Si al principio medio agradecía tanto cumplido desbocado, ahora se llenaba de una rabia inmensurable, al tiempo que se preguntaba por qué la gente era tan cruel y tan poca vista.
Ella era la bella, la que no pasaba desapercibida.
No como su marido que tenía que actuar y por poco cantar y bailar, además de contar chistes para hacerse notar.
Resulta que aquel "gordito tetón" la estaba destituyendo de su cargo vitalicio. Y eso era insostenible. Tendría que pensar en un plan  inquebrantable que pondría en práctica y que además debía ser categórico.
Y así fue como la iluminación divina la inyectó una dosis de creatividad.
Supo enseguida que tenía que reinventarse y decidió entonces meterse en un curso por internet de Stand Up Comedy, se hizo mejor amiga de Erika de La Vega, contactó a Héctor Manrique para que le diera tips, y por último se metió en un taller intensivo de teatro para ser más natural y sencilla. Estar con una pose todo el día era exasperante. Tenía que soltarse, liberarse, estaba cansada de estar siempre impecable. Su marido se lo decía "deja de ser tan perfectica, tan "cuidado y me arrugo", esas poses tuyas no le gustan a nadie. Ni siquiera a mi. Libérate. Relájate. Mírame a mi. No le paro a nada. Soy libre como el viento. Vives acartonada y eso no es bueno. Pareces Gilberto Correa."
Y ella supo, que la apariencia podía ser el primer impacto visual que uno ofrece, pero también supo que no por eso la gente te va a querer, si actúas como un maniquí inútil.
Si no tienes otros atributos con los que acompañar ese físico, pues "no te vistas que no vas".
Incluso un poco menos bella, pero con algo de charming. Eso en definitiva era mucho más atractivo y mejor acogido por las personas, que un escaparate en donde lo que veas o toques se pueda romper.
Y fue tan positivo este nuevo cambio en su vida, que abandonó el gimnasio, así como esa rigurosa manía a la hora de no saltarse ninguna de sus macrobióticas comidas.
Ya era imposible dejar de comer cualquier cosa calórica para apabullar el hambre.
Estaba dándole un cambio a su vida donde no todo necesariamente debía girar en torno a la apariencia. Si le daba tiempo de comer, excelente, sino, con un café con leche gigante y un par de cachitos de jamón y queso estaba lista.
Ya estaba bueno de estar sufriendo por verse bien.
Pero como es lógico, después del desorden de vida que llevaba, se engordó 8 kilos en menos de 3 meses.
Su marido mejor que nunca  y ella un desastre.
Hippie, por la onda irreverente de artista que derrochaba por doquier, rellenaza por estar comiendo cualquier fritanga y aunque más liberada y desinhibida, esta vez, sí se estaba pareciendo a Molly.
La depresión por la inseguridad que le causó que su marido pudiese verse mejor que ella, se desintegró. Ironías de la vida. Gordita estaba más feliz y segura de sí misma que cuando estaba hecha una modelo. Increíble.
Esa actitud de triunfadora que adoptó, hizo que él se enamorara de ella, como nunca y que la valorara y la adorara por ser ella misma.
Y así fueron felices para siempre...
Hasta qué ella se cayó de la cama, porque ustedes y yo sabemos que nada de esto jamás y nunca podría ser verdad.
Sólo en las novelas ridículas de Venevisión que obviamente nadie ve.








miércoles, 9 de abril de 2014

 LAS QUE SE VISTEN, LAS QUE SE DESVISTEN Y LAS QUE LES IMPORTA UN  ALPISTE  

Salió del gimnasio viendo hologramas de pajaritos, -como siempre que iba-. 
Se dirigió a las duchas para renovarse y seguir dándole continuidad a lo que quedaba de mañana, pero cuando irrumpió en el área donde se concentran las mujeres para vestirse, maquillarse, secarse el pelo y de vez en cuando entablar conversaciones frívolas, allí estaba una, que en segundos le llamó la atención.
Esta mujer en particular, no hacía nada diferente de lo que hacían las demás, pero mi protagonista la siguió viendo con ganas de arrancarle el secador con el que se secaba, para apuntarla con él y fingir que la asesinaba. 
No la conocía, por lo que no tendría motivos para detestarla, pero efectivamente, en ese instante que la vio, le cayó como una bomba de nitroglicerina.
Resulta, que ésta en particular, hacía algo que no tendría por qué irritarla y aunque aquello no estaba fuera de contexto, sí lo estaba, la forma en que lo hacía. 
Efectivamente hizo caso omiso de lo que vio, con gran indignación ingresó a la ducha (murmurando para sus adentros), y cuando terminó de bañarse, vestirse y acicalarse, se volvió a topar con el personaje, pero esta vez la vio explayada en una de las butacas (con cojines de tela y mesita al centro), hablando por celular. 
Muy entretenida, (después de haberse terminado de secar el pelo), esta mujer yacía en una posición que a mi confidente le dio por voltear inmediatamente en dirección contraria, -ahíta de lo que veía-. 
Necesitaba salir corriendo del vestuario, encolerizada y molesta, preguntándose -mil veces- por qué hay "cierta" gente que "ciertamente" es como es?
Cómo explicarles queridos lectores, -sin provocarles una úlcera péptica-, lo que mi amiga me confesó y me pidió ilustrar en un nuevo blog? Cómo decirles lo que leerán a continuación, evitando que les sobrevenga una colitis ulcerosa? Y es que en la medida que mi testigo me iba confesando su experiencia, sólo me daba por decir "qué falta de respeto y qué vergüenza"
Todo esto, después que me develó el misterio tras la historia que narraba. 
No le daré más largas al asunto. 
Resulta que este atípico personaje, -como ya dije-, se secaba el pelo frente al espejo. Posteriormente se sentaba a conversar -la mar de feliz por el celular-, pero lo hacía, como nos imaginamos a Eva en el paraíso. Desnuda, sin pizca de pudor y por el contrario, ufanándose de su atrevimiento.
Ni un conjunto de ropa interior, ni una mísera toalla, nada. Absolutamente al natural.
Y es que a mi confidente -con toda la razón-, le enervaba la gente que no tenía un poco de recato, de decoro cuando por ejemplo, ésta hacía de "playmate", danzando con aires de diva por un vestuario repleto de gente, que aunque pudiese tomarse la libertad de hacerlo, no era lo común. Porque lo común, -creía mi amiga-, era tener sentido común. Era, jamás en la vida, deambular con aquella arrogancia, obligando al resto de las mujeres, a tener que ver lo que no hay por qué, -cuando para eso existen cuartos individuales que evitan mostrar  adiposidades e intimidades que son en extremo "de cada quien"-.
Que si todas somos mujeres y mejor es dejar la pena porque "tenemos lo mismo", a ella le sonaba a frase trillada y gastada que por más que escuchaba, menos soportaba.
El hecho de que "Desnudicienta" después que se secaba el pelo asumiese, que estaba en una playa nudista y comenzara a pasearse por todo el vestuario, pavoneándose con tan sólo su piel cubriéndole el esqueleto, era una situación abrumadora y nada agradable. Que no contenta con eso, se desparramara en una silla (con cojines de tela) para conversar animadamente sobre el Rey Pepino, definitivamente era un agravio.
Pero ustedes se preguntarán, por qué tanto alboroto, tanta alharaca, cuando en realidad los vestuarios, (dentro de lo que cabe) están para eso? 
Les explicaré...
Al parecer, según mi amiga y varios testigos presenciales, esta exhibicionista, disfrutaba horrores de aquel show "al desnudo", ya que deseaba conseguir "voyeristas" que la admiraran en demasía. 
Estaba claro que necesitaba exhibirse con toda la presunción que el caso ameritaba, aún cuando la tildaran de desvergonzada.
Así fue, como en una de sus andanzas, recorriendo aquella infraestructura a lo largo y ancho, un trabajador avisó (dando una voz desde la puerta), que por favor las mujeres que estuviesen en situación indecorosa, se vistieran, porque él y un par de hombres, se adentrarían al vestuario para solucionar la merma de agua caliente. 
Mientras el resto de las damas, se terminaba de vestir (bajo presión), al tiempo que otras lo hacían resguardadas en los lugares destinados para ello, ésta sin embargo, apenas se levantó como desganada, como deseando que los minutos pasaran, para que aquellos hombres terminaran de atravesar el umbral y la sorprendieran vestida de "carne y hueso".
Hasta que alguien la zarandeó con un grito, instándola a darse prisa -si no quería ser sorprendida "in fraganti"-, (o mejor dicho "con fraganti", porque era lo único que se había puesto, el perfume). 
Ella asintió, haciendo como que se incorporaba para "disque" cubrirse. 
Los hombres volvieron a notificar que entrarían al baño y que por favor tomaran las precauciones,  quienes aún estaban a medio vestir. 
Ella sólo se había levantado para hacer "que se cubría", pero al segundo se dejó caer en el mueble, mientras se untaba una untuosa crema.   Las demás mujeres -prácticamente alistadas-, salían en fila, una tras la otra. 
Sólo quedaba "La Maja Desnuda" que cuando vio a los hombres entrar, -instintivamente- comenzó a pegar gritos de loca, de sorprendida y de indignada, porque "cómo era posible que entraran aquellos caballeros y ella estuviese en trapos menores?".
Los pobres tipos salieron enloquecidos, en cuanto la vieron. 
Ella entonces estalló en una sonora carcajada, mientras siguió sentada en la poltrona acolchada, pasándola en grande. 

Al minuto se levantó, -obviamente que sin la toalla-, para hacerse un masaje anti estrés, porque suponemos que aquella situación,  seguramente la habrían puesto muy nerviosa y ella necesitaba recobrar la calma (y definitivamente la cordura).

martes, 1 de abril de 2014

"TIENES UN PEREJIL EN EL DIENTE"

Es maravilloso quedar con amigas para ir a comer, no importa el motivo. 
El hecho de pasar un par de horas, para reír, compartir y degustar, además de suculentos platillos, los más estrafalarios dimes y diretes, es un acto, que de imaginar, me llena de euforia. 
Pero hay algo, que aunque suene inerte, es tan relevante como el chisme en cuestión. 
Mientras las distinguidas comensales se van acomodando, (a la vez que pican de aquí y de allá), me percato con resquemor, que una de ellas, Adriana, es la infeliz portadora de un notorio perejil impregnado de clorofila, el que se adhiere como un tatuaje a uno de sus dientes frontales.
Esta ingenua, -ignorante de aquel resplandor verde-, no tiene ni idea de lo que acaba de iniciar. 
Y es que mientras ella sigue riendo, (e intercambiando banalidades), no se entera que es epicentro de miradas escrutadoras y comentarios pertinaces. 
Sin embargo, una vez que culmina tan opíparo almuerzo, y después que cada una cancela, Adriana se dirige a su carro, ajusta el asiento y el retrovisor (que seguro fue manipulado por algún gnomo) y vislumbra, que una partícula esmeralda, es parte de su anatomía bucal. 
Se le hace inadmisible, que ninguna de las socialité, le sugirieran ir al baño a despojarse del hierbajo, por lo que "verde de rabia" llama a la "disque amiga", que más confianza le tiene, (Nita), para reclamarle por no haberle dicho que fue el "hazmerreír de la concurrencia".
Sin embargo, Nita, lejos de pedir disculpas, se hace la "Willy".
Adriana ofuscada insiste, y su contraparte responde, que no se dio cuenta, que deje la tontería y más aún la intensidad "Osea, tampoco eres tan importante para que todas estemos pendientes de tu diente cubierto por una capa verde y mohosa de aliño."
Esta comprende que lo mejor es no hacer de aquello una batahola y aunque se corroe  de rabia, decide hacer mutis.
La protagonista de mi historia imagina que aquel episodio es caso perdido y aunque no quiere  darlo por cerrado, sí maquina con alevosía, alguna treta que tenga como meta, la venganza de quienes se rieron de aquel hecho, que pudo ocurrirle a cualquiera. 
Es así como Adriana de nuevo coincide con las amigas con quienes compartió una tarde frívola, y jura vengarse en lo sucesivo.
El primer paso, será actuar con mucho aplomo; sabe que la venganza es un plato que se come frío, así que observa con detenimiento a varias de las féminas y empieza entonces su trabajo de investigación exhaustiva.
Pero después de una mirada inquisidora, concluye que no hay nada malo con ninguna de ellas. 
De hecho todas están impolutas y por más que les busca algún detalle, ve decepcionada que no hay tal.
También se da cuenta, que aquel trabajo absurdo de investigación la tienen alejada de la charla amena, -amén de las risas y comentarios que se realizan en su ausencia-. Entiende que aquello de vengarse está muy bien, siempre y cuando se dé de manera natural, y no forzando la situación, -como ella pretende-. 
Es cuando decide unirse a la comitiva que disfruta de la velada, se pone al corriente de la conversación y escucha con detenimiento, que están hablando de una fulana a quien el marido engaña descaradamente, siendo la pregunta -que flota en el ambiente-, si decirle o no a la víctima, que es una cornuda en potencia.
Algunas opinan que lo más sano será no inmiscuirse, considerando la gravedad de la circunstancia; sin embargo Nita, quien lidera el debate, asevera que de ninguna manera podría ser cómplice de un episodio tan fatídico. 
Ella no permitiría que su amiga estuviese en boca de todo el mundo, por lo que no sólo se lo diría, también la exhortaría a abandonar a aquel hombre, que impúdicamente la engaña a diestra y siniestra. 
Muchas de ellas intercambian miradas furtivas y no hace falta que digan nada; las palabras sobran. 
Adriana se da cuenta del movimiento telúrico y le envía a una de ellas, un mensaje clandestino (por celu), en el que le suplica que la ponga al tanto de la situación. 
Ésta le responde...
- Te acuerdas del cuento aquel, que una vez sonó, sobre una fulana que no tenía ni idea que el marido la engañaba, y más bien juraba que el hombre le era más fiel que Romeo a Julieta?"
- Si, creo.
- Pues se trata de Nita.
MUTIS. Cara de estupefacción, de desconcierto.
Ambas vuelven a concentrarse en Nita. 
Esta sigue parloteando de la fulana "engañada", condenándola por ser tan estúpida. 
Adriana se queda inmóvil. No puede creerlo. Está en blanco y jamás imaginó que su amiga la arrogante, la divina, la reina del arroz con pollo, fuese otra víctima en potencia de la infidelidad conyugal. 
Adriana oye con detenimiento las palabras de Nita y sabe que es el momento de actuar.
Si ella exige honestidad, por su parte la obtendrá. 
Es su momento de pagarle con la misma moneda, más aún cuando ésta pregona a los cuatro vientos que a una amiga burlada, hay que abrirle los ojos.
Adriana la interrumpe y las demás están en estado de conmoción. 
Todas se concentran en ambas mujeres y la amiga que le acaba de dar la noticia a Adriana, tiembla de imaginar, que aquella indiscreta, hable más de la cuenta. 
Por lo que después de dejar escapar algunas risas nerviosas la interrumpe en seco y le dice, "Qué es lo que vas a decirle Adriana?" después de un rictus que la obliga a enmudecer. 
Ésta ignora su intervención y se levanta. 
Sigue dirigiéndose a Nita y le dice que hay algo que probablemente le dolerá. 
Toma una servilleta y se la entrega a la vez que le dice: "si exiges honestidad, por mi parte la tendrás. Hay algo que quiero decirte, que quizás te haga sentir muy mal. 
Creo que llegó el momento de que sepas ... 

que tienes residuo de chocolate en el mentón, así que te recomiendo limpiarte, porque se te ve sucio y la verdad no te luce."

viernes, 28 de marzo de 2014

DEBERÍAMOS HACER MENOS ADEMANES PARA QUE FUERAN "ADEMENOS"?

Esta historia trata sobre las personas que les encanta aderezar sus anécdotas con una importante dosis de ademanes. Cada palabra proferida debe tener una serie de movimientos que la cotejen, para que el relato cobre vida, según ellos.
Les narraré una simpática tragicomedia, para lo que espero sus comentarios.

Cuando hablaba con ella terminaba mareada.
Qué les digo mareada? Nauseabunda y con las sienes palpitando.
Eran tan marcados los ademanes, -cuando me contaba algo-, que perdía el hilo para concentrarme en sus manos y en el histrionismo que la caracterizaba.
La tildaban de excéntrica y supe -por comentarios de pasillo-, que más de uno le propuso interpretar cualquier obra de teatro que estuviese en boga, dándole obviamente el papel estelar y protagónico.
Cada palabra emitida, debía ser perfectamente acompañada por el compás de sus extremidades y cabeza, pues tenía esa manía de hacerse notar para que su puesta en escena fuera imbatible. Daba igual que estuviese con una sola persona o en grupo de 20. Menos importaba si era un grupo homogéneo, heterogéneo o con poco ingenio. Quería dejar su estela haciéndose notar con un conjunto de movimientos que validaran cada una de sus palabras. De hecho eran tan o más importantes que la misma jerga.
Su propósito era tornar su performance, en inédito e irrepetible.
Sin embargo como en toda historia, siempre hay dos lados que se contraponen; algo así como el yin y el yang.
Resulta que ese carácter indómito, esa extraña forma de hacerse notar cuando se apersonaba en los sitios, hizo que muchos la criticaran.
El camino que transitaba, tenía sus pro y sus contra.
Así como muchas condenaban su escandalosa personalidad,  otras la catapultaban a la fama queriendo emularla en cada uno de sus gráciles movimientos, (no eran tan gráciles, pero quienes la admiraban, los veían así).
Aleteaba sus manos, brazos y antebrazos mientras contaba cualquier historieta.
La meta era hacer estallar a su grupo de amigas, en una estruendosa risa, que con aplausos diera por terminada la primera parte del espectáculo.
Lo de ella era poner en marcha -toda su osamenta-, para así interpretar al pelo aquello que contaba. Exactamente como si estuviera en Broadway frente a un público entusiasta que aplaudía eufórico ante aquel despliegue corporal y facial.
Pero llegó el día, del almuerzo por el cumpleaños de su amiga Lula.
Ella se ufanaba de "acontecida" y parecía que siempre algo le ocurría.
Era la magia de su arrolladora personalidad.
Así fue, como antes de llegar al restaurante entró agitada y bastante desencajada.
Pudimos notar que también renqueaba. No era la de siempre, pero tampoco eso le restaría dotes al momento de acapararnos con su charming.
Cuando la tuvimos cerca, una exclamación grupal le dio la bienvenida. Después que una de ellas arrimó una silla -para que se sentara-, mi protagonista exclamó con un hilo de voz...
- No saben lo que me pasó. Cuando les cuente van a enloquecer.
- Qué te pasó?
Por qué cojeas? Te caíste? Te llamamos estos días, pero no nos caía tu celu.
Ya se oían las risitas nerviosas de lo que vendría a continuación, pero ella seguía impertérrita, por lo que sin arrugar la cara volvió a intervenir: "Antes de ayer me atracaron. Me robaron el celular y el reloj y a último momento la cartera".
Aunque se oyeron murmullos, una de las amigas saltó de su asiento, "No te creo. Seguro es otro numerito más de tu Stand Up Comedy. Te imploro que por favor no nos cuentes nada. Queremos una interpretación magistral de lo que supuestamente te pasó."
Otra la interrumpió. "Estás loca Chana? La acaban de atracar. Cómo crees que nos va a contar eso como si fuera gracioso? No ves que además está cojeando? O es otro de tus shows Valeria?
Cada una opinaba ante aquella confesión, condenando la declaración de quienes queríamos una interpretación impecable sobre lo ocurrido.
Pero ella se tomó aquel debate a pecho y comenzó a narrar su fatídica experiencia desde una perspectiva que no le permitía explayarse.
"Cuando salí de mi casa el lunes, vi que necesitaba gasolina. Me llegué a la bomba, les mandé mensajes a ti Chana y a ti Norma -a ver si terminábamos de organizarle el almuerzo a Lula-, pero como ninguna me respondió, comencé a llamarlas al celu.
Cuando el bombero que me estaba echando gasolina, me dijo cuánto era, al momento que estaba por sacar la billetera, veo que el tipo le hace señas a otro que comienza a acercarse, por lo que me imagino lo peor.
Rápidamente  trato de encender el carro para largarme o por lo menos para cerrar el vidrio, pero el tipo acelera la marcha y se me planta del lado derecho para meter su cabezota por la ventana y decirme que le de el celular y el reloj y que lo quiere todo para AYER.
Le digo que no tengo celular, -ustedes saben que prefiero donar un órgano antes que dar el celular-, pero el infeliz del bombero le dice que claro que tengo, porque me vio hablando. Comienzo a tocar corneta para amedrentarlos - a ver si con el ruido salen pitados-, pero me doy cuenta que no hay un alma en la bomba.
Qué hice? Tenía que ponerme creativa y coronarme como la mejor actriz meritoria de un Óscar.
Me saco el reloj de la muñeca y lo lanzo en el carro, junto con el celular y la cartera, me bajo tratando de enfocarme en lo que estoy próxima a hacer y comienzo a llevar a cabo el paripé de que me va sobrevenir una convulsión mortal y por poco terminal. No está bien jugar con esas cosas, pero definitivamente tenía que espantarlos.
Empiezo por mis manos y mi cuerpo, a poner todo el empeño para que la actuación fuese de primera línea y ninguno pudiese dudar.
No saben las muecas que tuve que hacer, para que los tipos se quedaran gélidos, viendo como me desdoblaba en quien no puede reprimir su enfermedad.
- Osea Valeria, seguro te la comiste. Quién mejor que tú?
Risas iban y venían. Comentarios sagaces que aderezaban la historia.
- Seguro salieron despavoridos creyendo que te estaba dando algo.
- Shhhh. Déjenme terminar niñas...
Resulta que después de haber exagerado más de lo normal, después de haberme contorneado como una culebra con pica-pica, después de haber hecho movimientos dignos de los trapecistas del Cirque Du Soleil, siento que la cadera se me engarrota y en el peor segundo de mi vida, me quedo "1,2,3 pollito inglés" INMÓVIL, seca, tiesa, patitiesa, paralizada, completamente estática y por poco cuadrapléjica.
Ellos se quedan estupefactos, hasta que comienzan a decirse: "Pana, esto está feo, mejor nos arrancamos, antes de que la jeva caiga muerta".
Acababa de ganarme la estatuilla dorada. Los tipejos se habían comido el show y estaban por salir corriendo como unos cobardes que eran. Pero yo estaba que me moría. Lánguida de dolor.
Pero ahora viene la mejor parte. Saben ustedes lo que hacen los sucios?
Cuando están a punto de largarse, se dirigen a mi carro y se llevan mi celular y mi reloj, y a punto de culminar su huída, se devuelven para también llevarse la cartera.
Comienzo a dar gritos de desquiciada, suplicándoles que no me dejaran así, jurándoles que no me podía mover, que por favor me ayudaran y uno de los ratas dice "Pero y por qué no sigues con el "choucito" ese que nos estabas haciendo mami? No "ike" estabas "conmulcionando", doblando las manitos y el cuerpo, pa' que nosotros pensáramos que te estaba dando una vaina? Qué pasó?, de repente se te fueron las "conmulsiones"?A "ve" quien te va a "pará" del piso actriz chimba.
Para hacerles la historia corta, los tipos se largaron y me dejaron tirada en el frío pavimento con el umbral del dolor que me atravesaba el alma.
A todas estas no sabía qué era lo que más me dolía, si el engarrotamiento de la cadera, el haberme quedado sin mis cosas, o que no se creyeran mi show de que me estaba dando una moridera.
Eran casi las 7 de la noche y de hecho no había nadie cerca.
Sin embargo, la iluminación divina hizo que me acordara que uno de mis hijos había dejado su celular en la guantera, por lo que
como pude me fui gateando hasta el carro, llamé a Fredo, le expliqué lo que me había pasado, y ya lo demás es historia.
Heme aquí, más torcida que la Torre de Pisa, pero por lo menos a salvo.
Lo peor no es lo tullida que quedé, sino que tomé la decisión de que ahora en adelante -cuando les hable-, mi speech no será tan divertido.
Lamento decirles -queridas mías- que mi conclusión final es: "que prefiero las palabras aunque se las lleve el viento, (antes de que me sobrevenga
otro engarrotamiento)"

Dedicado a todos los que hacemos miles de ademanes mientras contamos algo.

miércoles, 19 de marzo de 2014

MI AMIGA LLAMÓ A LA WHITE HOUSE

Una buena amiga llamó -en un arrebato de cólera-, a la Casa Blanca. Así mismo, a la White House de los Estados Unidos.
Aunque al principio me causó gracia, en la medida que me contaba, la sonrisa se me borraba, mientras la escuchaba con atención.
Me dijo que llamó fuera de sí, iracunda y molesta -con toda la razón que la situación le merece-, después de haber visto las noticias, (no las nuestras, aquí estamos en Disneylandia), sino las que transmiten en CÑN y en las redes sociales, de lo que estamos padeciendo los que aquí vivimos.
De las muertes injustificadas, del desabastecimiento, de la falta de insumos, de la situación indigna, de la carencia de tantos y tantos productos de la cesta básica, que cada día que pasa, se vuelve más insostenible.
Después que habló en inglés, -explicando nuestra grotesca situación-, después de casi 5 minutos manteniendo un monólogo exacerbado, que  se volvía cada vez más insufrible, supo que algo andaba mal.
Agotada por el pataleo que aquella situación suponía, se calmó, volvió a chillar y una vez que terminó de leer una a una las líneas de lo que quería dejar en claro, (y que antes de llamar anotó en un papel), una fría grabadora -fue lo que le salió al final de su alocución-, invitándola a dejar un mensaje. Resulta, que nada de lo que dijo "en realidad se lo dijo a nadie".
Ni siquiera pudo dejar ningún mensaje a la contestadora inerte y robótica que sólo cumplía con la penosa labor de recibir los miles de mensajes de las miles de personas en el mundo. Ella lo único que deseaba era llamar a aquella entidad gubernamental, (inexpugnable para la mayoría de los mortales) y enumerar las circunstancias a la que nos vemos expuestos.
Colgó, carcomiéndose las entrañas, rabiando de impotencia de saber que no había logrado nada, pero no se quedó tranquila. Ella no es de rendirse y mucho menos a la primera.
El ímpetu que la caracteriza, la enrumbó de nuevo a poner manos a la obra, para volver con mucha entereza a marcar el teléfono de la Casa Blanca y buscar -por todos los medios-, hablar con el mismísimo Obama si fuera necesario.
Lo que quería era explicar (con un poder de convencimiento no visto), el malestar supremo, que estamos experimentando los venezolanos, con la utópica esperanza de salir a flote de este régimen feroz.
Volvió a llamar, -de nuevo la contestadora atajó su llamada-, pero esta vez esperó el pitido que después de un rato se hizo presente, para dejar su mensaje.
Cuando ya estaba en la mitad de su exposición, alguien con características humanas tomó la llamada y después de presentarse, (ella no entendió ni jota del nombre), le hizo saber que quedó tan conmovido por su discurso, -que a punto de abandonar la oficina-, se regresó atrapado por las palabras que iban saliendo a borbotones de su boca y se detuvo en seco, a sabiendas de que no podía dejar aquella llamada fluctuando en el aire, por lo que decidió tomar nota del nombre de mi amiga, así como de las  circunstancias que ella le narraba. De hecho le aseguró que todo lo que le contaba, no quedaría impune.
Esta persona le dijo, que obviamente estaba al tanto de la situación que ocurría en Venezuela, pero que después de oírla, le dio su palabra de interesarse mucho más, prometiendo llevar a cabo lo que era casi una obligación y aún más un compromiso.
Después que mi amiga me contó, me imaginé por un segundo, si en verdad esa llamada pudiese ser una ínfima esperanza para salir del oscuro túnel en el que transitamos todos.
Y si fuese así? si efectivamente lográbamos algo?
No lo sé, pero creo que con esto queda demostrado, que cualquiera de nosotros, -por mínima que sea nuestra participación-, podemos conseguir que este gobierno despiadado caiga y por ende levantarnos de este mal sueño que ya lleva 15 años.
Sé que es muy naif de mi parte, ilusionarme, creyendo que alguien más nos rescatará pero esa es mi forma para no dejarme abatir; la fé y la esperanza.
No quiero hacerme ilusiones, pero lo que sí puedo, es hacer un llamado a la reflexión, para que no dejen de actuar y de poner en marcha sus ideas y su participación. Aunque suene a panfleto de marcha, es una realidad irrefutable.
Esto que ya iniciamos, no puede quedar inconcluso.
No llamen a la Casa Blanca, pero sí, a quienes consideren necesarios, para que en nuestras "Casas" reine la paz y seamos "Blanco" de alegría, felicidad y armonía.

viernes, 7 de marzo de 2014

LA GULA ME MANIPULA
MIENTRAS LOS KILOS
SE ME ACUMULAN

Ya no se trata de comer hasta saciarnos.
Tampoco de oponernos al hecho innombrable de empezar una dieta que de alguna manera detenga esa atropellada forma de ingerir lo que encontremos a nuestro paso.
Menos se trata de ser obsesivos al punto de enrumbarnos hacia una meta que difícilmente podemos alcanzar por la vía saludable.
Se trata tan sólo de ser algo ecuánimes, pensantes y pausados.
No es posible que cada día, el demonio de la gula, se interponga en nuestro camino y nos haga sucumbir al momento de alimentarnos.
Les parece normal que todos estemos tan embebidos con lo que pasa, con el día a día que nos carcome, -con la historia que irremediablemente nos succiona y nos arrolla-, que nos entregamos a la comida sin ningún control?
A los chocolates, a las galletitas repletas de azúcar y grasas "trans" (portadoras de felicidad), y por ende a cualquier partícula, en su mayoría calórica y engordante?
La pregunta es, cuándo pararemos este desenfreno, esta manía patológica por comernos hasta la última migaja descarriada que queda en la lata, en la bolsa, en el empaque o en el asiento del carro?
No hay respuesta. Y como no le veo una solución asertiva a mi sempiterno problema de ingerir sin cargo de conciencia, como no consigo controlar al Lucifer Glotón que se infiltra en mi organismo y me enciende el botón de la ansiedad, entonces me tocará aceptar que esta racha de ingerir desatinadamente, va a acabar conmigo. Con mi ropa, mi carácter, mi manera de ser, de estar, de comportarme y en definitiva con mi esposo e hijos -a quienes culpo sin motivo-.
Por más que me jure, parar en seco al mounstro de la ansiedad, de hacerme el firme propósito de decir "no más", de no destapar ese chocolate que me tienta desde la despensa, de esa galleta que me hace ojitos, de esa bolsa de Doritos que me seduce, de las empanadas de queso chicloso que dejan los niños y que me gritan que no las bote, por más que quiera escribir para que se me olvide que adoro comer, que me fascina picar incansablemente, confieso que desafortunadamente no lo logro.
Esto no es un blog.
Perdonen, pero con esto no voy a dejar moraleja ni menos mensaje. Esta es mi manera de hacerles saber que no están sol@s, que somos más de la cuenta.
Que la mayoría nos vemos jalados, arrastrados, absorbidos por una corriente que nos hace levantarnos mil veces de donde estamos, para picar sin ningún control.
Me declaro una viciosa, una adicta, una irracional cuando se trata de cualquier sustancia comestible -que no sé por qué-, siempre tengo a mano, en la nevera, en la despensa, en los cajones, gabinetes y hasta en la mesita de noche.
Es por eso, amig@ glotón, que este blog es contigo. No estás sol@. Mucho menos en estos momentos de desolación, de angustia y de incertidumbre.
Quiero que sepas que somos un montón los desesperados que comemos a toda hora y sin ningún tipo de desidia.
Puedo jurar, que se nos desató una presteza al momento de engullir, no aplicable en ninguna otra actividad.
Sin embargo deberías saber, que esto es un fenómeno que se nos acaba de despertar en esta época de la vida. En estos tiempos turbulentos donde reina lo impredecible, la intranquilidad, el desconocimiento hacia lo que nos traerá el nuevo día.
Lamentablemente no esperes una palabra reconfortante porque no la tengo.
No hay nada que pueda hacer por ti.
Me encantaría ser la portavoz de una solución asertiva que erradique este comportamiento destructivo, pero no. No por ahora.
En todo caso sigamos engullendo con la (in)felicidad que nos caracteriza.
Estoy segura que ya habrán tiempos mejores si D-os quiere.
Mientras tanto ya vengo...voy por un chocolate.

viernes, 28 de febrero de 2014

BRAVO FER

Estuve pensando estos días, si ustedes se imaginan que el nombre o apellido de cada quien, tuviese injerencia con su manera de actuar.
Y si nuestra actitud en la vida, estuviese íntimamente ligada con nuestro apelativo?
Como esto suena ridículo, quiero darle algo de validez a mi aseveración, refiriéndome a un periodista a quien admiro -y estoy segura que ustedes también-, por ser un profesional valiente, directo, categórico y que no tiene miramientos al momento de enfrentar a quienes entrevista.
Sabe muy bien como "Arrinconar" a sus entrevistados, dejando en claro su posición objetiva ante la problemática que se está suscitando en Venezuela, -sin por eso llegar a parcializarse-, por una u otra tendencia.
Está al tanto de lo que estamos padeciendo los venezolanos, cuando pone en tela de juicio, las declaraciones de los seguidores del régimen, por más fieros que parezcan.
Jamás lo he visto amilanarse ni mucho menos acobardarse.
Su manera de adentrarse -en las situaciones que de cerca nos toca-, ha provocado en mi, una admiración y un profundo respeto hacia su trabajo.
A estas alturas, ya sabrán que sólo puedo referirme a Fernando del Rincón.
Íntegro y capaz, directo, diáfano, pero sobretodo inamovible en su espacio de todas las noches "Conclusiones".
Es por eso que quiero reiterar, que los nombres de las personas, puede -que en contadas ocasiones-, sí guarden relación con la personalidad de su portador.
Jamás lo he visto doblegarse y esa seguridad que emana -al momento de atajar a los más irreverentes-, es justamente lo que le aplaudo.
Se estarán preguntando, si todos deberíamos obtener algún significado etimológico de nuestros nombres o apellidos?
No sé ustedes, -pero yo por ejemplo- amo el Chocronlate..., también están los "Inmaduros", y como bien dijo un buen amigo mío, los que nos siembran las Dudamel, ni hablar del más despreciable de todos "Des-piodado", de Descon-Cilia, y uno a quien me gustaría ver "Arrodrigado" pidiendo perdón por infame.
En fin, saquen sus "conclusiones", -mientras una vez más dirijo mi ovación-, a todo el equipo que labora en CNN en español, empezando por Patricia Janiot, Ismael Cala y en mi caso particular, muy especialmente a Fernando del Rincón.