sábado, 29 de junio de 2013

¿A QUIÉN LE IMPORTA LAS PARTES DE LA FLOR?

Ella languidecía cada vez que su hijo de 9 años, llegaba del colegio con una cara larga y con una tarea, aún más larga que su cara. Sabía que tendría que abortar cualquier actividad en la que estuviese metida de cabeza, para sentarse en la mesa del comedor, armarse de paciencia y buen humor y tener la disposición de querer ayudar a su hijo de 4to grado en Lengua, Matemáticas, Sociales, Inglés, Ciencias y hasta en cómo responderle los pines en clases, sin que la maestra se diese cuenta. Una vez que el niño se tomaba su tiempo para comer, bañarse y "manguarear descaradamente" por toda la casa, ella entonces, debía disfrazarse de La Sirenita y pedirle con voz dulce y ademanes amables, que se interesara en las tareas que debía culminar, así como también en los temas que tendría que estudiar para su evaluación del siguiente día. Lo llamaba al principio, en un tono amistoso, a sabiendas de que el niño apenas le respondería, las siguientes llamadas se iban tornando un poco más altivas, hasta que después de ordenarle con un escalofriante alarido que dejaría temblando al mismo King Kong, lo instaba a dejar de jugar, de ver tele o de chatear con los amigos y era cuando finalmente él se apersonaba en el comedor, murmurando que estaba harto de sus gritos y de que ella se la pasara regañándolo y fastidiándolo. De nuevo ella, tratando de recuperar la calma y sacando paciencia, de lugares tan recónditos como los tuétanos de sus huesos, (si es que ahí pudiese encontrar un poco de aquella virtud), conseguía actuar como si fuese una persona calmada y de nuevo le explicaba, muy taimada, que si tenía tareas, exámenes y actividades para ser evaluadas, debía, (tenía, mejor dicho), que ser responsable y comenzar a realizarlas de una vez, le gustara o no. Después que ese gran paso, finalmente era comprendido y digerido por el niño, entonces éste, se encaminaba cabizbajo para extraer de su bulto los implementos con los que llevaría a cabo aquello que le era encomendado y que con la ayuda de su progenitora, lograría culminar exitosamente. Perfecto, la primera etapa estaba siendo acatada. Era momento de pasar a la segunda fase, que consistía en que la madre debía empaparse de la materia que su hijo había visto en clases, de la misma manera que se empapa un filete de merluza en harina y huevo antes de lanzarlo al sartén, embadurnado previamente en aceite hirviendo. Una vez que ésta captaba el contenido impartido por la maestra, era el momento de transmitirle con sumo cuidado a su hijo, los conocimientos adquiridos, para que éste los entendiese y ella pudiese culminar el día, con la satisfacción de saber, que el esfuerzo bien valió la pena. Pero resulta, que en esta segunda etapa, las cosas no siempre se daban como ella esperaba. Que ella tuviese la disposición, el tiempo, la paciencia y la concentración para explicarle a su hijo con el alma, el corazón y las entrañas, la materia que el niño tenía que administrar en el cerebro, no era suficiente en lo absoluto. Suministrarle ejemplos, gráficas, diapositivas, dibujos, explicaciones explícitas e información enriquecida y extraída de Internet y por poco de la NASA, podría en algunos casos no ser suficiente, y no porque el niño no entendiese. El tema era más engorroso de lo que ella se imaginaba. El hecho de que el niño lograra manejar aquella información aún mejor que la maestra, se había convertido en una manía patológica que a ella se le despertaba cada vez que estudiaban juntos. Volverse cada vez más y más exigente con su hijo, era como la obsesión que sienten las anoréxico-bulímicas, ante un plato de comida. Que el niño le jurara con lágrimas en los ojos, que entendía perfectamente todo lo que ella le iba enseñando, al parecer no era suficiente para una madre, que después de haber pasado por un episodio, en el que se desangró explicándole hasta la saciedad el tema que iría para el exámen, el disgusto que se llevó fue infinito, cuando el niño le enseño la prueba en la que había sacado un 3, en vez de un 5, como ella se esperaba. Sin embargo, superada esta segunda etapa, en que la madre gritó, se calmó, se volvió a irritar, se tranquilizó, se comió una lata entera de Pirulín y de nuevo volvió a encontrar la serenidad, se le hizo imperdonable esa primicia, en que su hijo solo fue capaz de traerle un 3, cuando lo que ella se esperaba era, que la felicitaran y le hicieran una estatua en El Paseo de Los Ilustres por el coeficiente intelectual de su hijo, "jamás visto en la historia" Pero se desanimó de tal forma, que aceptó que así se daban las cosas e irremediablemente pasó a la tercera etapa, que no era más que la aceptación de que su hijo no era el hijo perdido de Einstein ni de Newton, por lo que tuvo que asumir, que si le seguía explicando, dejando todas las tardes el corazón (con sus respectivas venas y arterias) encima de la mesa del comedor y seguía recibiendo al resto de los integrantes de la familia, convertida en una fiera enardecida, mejor sería entonces, dejar las cosas como estaban y evitar con ello una tirantez con su hijo, una exigencia consigo misma que la tenía nerviosa y consumida, una locura desatada que la estaba enfermando más de la cuenta, para lo que concluyó que lo más idóneo sería aceptar que aun cuando el niño le dijera que lo entendía todo, ella debía dividir ese "todo" entre 2 y quedarse con el resultado final. Lo más importante era hacer feliz a su hijo y a ella misma, aun cuando tuviese que encerrarse en su cuarto para darse 6 cabezazos contra la pared, porque el niño nunca lograría aprenderse que el estigma, el estilo y el ovario son las partes que conforman el pistilo de la flor y que éstas tienen reproducción sexual y asexual...cosa que ella, tampoco sabía.

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