martes, 2 de julio de 2013

AUNQUE SALTES, GRITES O PATALEES…

 

Querido lector, empezaré este blog, comentándote sobre 3 sencillas afirmaciones, que antes de analizar, deberás razonar muy bien.

La idea es que saques tus propias conclusiones, pues si coinciden con las mías, sabré entonces que no soy la única que sufre de una inexplicable metamorfosis, que además de minar mi actitud, también perfora mi paciencia, succionándola por completo, hasta convertirla en locura patológica y desenfrenada.

Da la casualidad, que en mi caso, todas las afirmaciones se darán por el mismo motivo y lo que quiero es saber si ambos padecemos, las mismas alteraciones psicosociales, o solo soy yo, que me he vuelto insufrible.

Empecemos...
Resulta que estás en el carro muy relajada, y tienes en mente, dirigirte al colegio para buscar a tus hijos. Una vez que los tienes, e intercambian unos escuetos saludos, les insistes para que te cuenten, cómo les fue el día. Pero ninguno te dice nada sustancioso, en todo caso responden con monosílabos que dejan entrever su tedio y desgano y por más que insistes, impera el silencio y unos murmullos apenas audibles.


En ese preciso momento te suena el celular y como es lógico te dispones a atenderlo; es evidente que conversarás relajada, porque al parecer todos demostraron su letargo, y eso te será de gran ayuda, para que la conversación fluya sin gritos, ni peleas, ni ademanes violentos.
Aunque ninguno de los pasajeros, ha emitido hasta los momentos, una sola sílaba tónica, te percatas, iracunda, que bastó que dijeras un parco "aló" para que aquellos que estaban enmomiados, de pronto te comenzaran a caer, como dardos afilados, a preguntas y comentarios, que no entiendes por qué extraña razón, no hicieron en el momento que la quietud reinaba.


Y es que en menos de un minuto, como en un arrebato de frenesí, se les acumulan en sus tráqueas toda clase de preguntas, comentarios e impertinencias, que aunque hubieses podido atender con prontitud, ahora es imposible, por más que conviertan el carro en la sucursal del Cirque Du Soleil y ellos en mimos, arlequines o trapecistas, buscando llamar tu atención a cualquier precio.

Además de hacer caso omiso a tu llamada, albergan la esperanza, de que los satisfacerás con tu respuesta, la que debe ser de ipsofacto. Y es entonces cuando empieza el acribillamiento sanguinario y atropellado de preguntas: "Má, ¿qué hay de comer? Mañana tienes que llevarme a casa de Ilan. Sabes que saqué 16 en Lengua. El juego de futbol que ganamos fue gracias a mí. El sobrenombre que le pusimos a la profe de laboratorio es Jirafales, porque se llama Jiralda y además es gigante".

Esto, entre otras nimiedades, que te importan cero y aunque hubieses respondida gustosa, ahora te provocan unas incontenibles ganas de comprar pega loca y una engrapadora industrial para sellarles la boca.

Es posible, que cualquiera que sea el signo zodiacal que los caracterice “Urano estará retrógrado (pregúntame si entiendo) o Saturno regente” y es por eso que los tipos se ponen intensos y quieren saberlo todo, preguntarlo todo, comentarlo todo y hablar TODOS a la vez, justo en el momento que te suena el celular.

Por más ademanes que les hagas, y aunque interrumpas a tu interlocutor dejando escapar un insolente alarido que los inste a enmudecerse, siguen parloteando precipitadamente, sin oír nada de lo que dices.

Después que finalizas la llamada, (porque así no puedes), les vuelves a repetir la misma cancioncita gastada, de que tienen que esperar a que termines de hablar para empezarte a taladrar la cabeza y aunque ellos, aparentan estar muy afligidos, cuando les pides que hablen, tienen la desfachatez de responder "si má, a buena hora. Ya se nos olvidó".

Dices cosas para tus adentros, que es mejor no escribir y de nuevo el silencio lapidante se apodera del ambiente. Una vez más los instas a dialogar, pero ellos te susurran, que están cansados y que sólo quieren descansar.

De nuevo el celular te suena y cuando te dispones a atenderlo, se eyectan del asiento y te rugen que ya se acordaron de lo que iban a decirte. El mediano "que tienes una cita con la coordinadora", el grande "que tienes que comprarme cartulina para una exposición", y hasta el más chiquito, a quien dabas por rendido, "se espabila" para decirte que quiere que su cumpleaños sea de Plaza Sésamo con "un conchón pa' sartar".

Otra vez te ves aventándolos con las manos, como si estuvieras lidiando con un panal de avispas gigantes, y aunque bajes el celular, para ladrarles que se callen, no paran un minuto.

No tengo que decirles, estimados lectores, que cuando vuelves a ponerte el celular al oído...tu llamada se cayó.

Ya no quieres volver a repetir la misma cháchara sobre esperar a que termines, así que lo dejas pasar y concluyes, que ni hablaste con tus hijos, ni con tu mamá, ni con la amiga que te estaba contando el mejor cuento del año. 

Fue un trayecto virulento e irregular, que además de dejarte extenuada, te chupó la energía, cual sanguijuela.

La segunda situación, no menos insoportable que ésta, se desarrolla, cuando le das a cada uno de tus hijos, instrucciones precisas, exactas y puntuales de la hora y el lugar en donde deberán esperarte, a la salida del colegio.

Tan así es, que estás segura que en la armada americana, los generales brigadier en activo, no son tan estrictos con sus soldados.

Sin embargo y a pesar de lo firme de tu pauta, ellos infringen La Ley.

Después de varias intentonas fallidas, das por hecho, que decirles eso, es como instarlos a bañar, a estudiar, o a la peor de todas las obligaciones, lavarse los dientes.

Es impresionante, que si bien eres el emisor y ellos el ente receptor y tu mensaje es claro y diáfano, no entiendes, por qué ignoran tu desesperada solicitud, desacatando tu orden.

Te consta que cada palabra, fue previamente estudiada antes de ser emitida, así como pronunciada con su respectivo tono imperativo, por lo que no asimilas, por qué fue ignorada tu instrucción, además de execrada.

Si al principio te convertías en un collage de La Sayona, Hannibal Lecter, Freddy Krueger y Cruella de Vil, todos juntos, ahora, después de aceptar que lo que hacen es quedarse inertes, viéndote cómo te desdoblas en los personajes más villanos de Hollywood, decides resignada, que volverán a repetir el patrón, te pongas como te pongas.

Pasemos a la última acotación, la que deseo describir, para comprobar, que  aquellos padres que tenemos hijos con edades entre los 6 y 98 años, no estamos solos.

Es inaceptable, que los hijos nunca acepten, que se equivocaron, con respecto a un tema.

Ellos siempre te dirán, que tú eres la errada, la antigua, la pasé composé, la que no está al día y la que está desfasada, no importa si les demuestras, que posees un bagaje que los aventaja de sobra, aunque eso tampoco logre, que admitan su derrota.

Les repites aquel famoso refrán que tu madre, hasta el día de hoy te sigue martillando “más sabe el diablo por viejo, que por diablo” y aunque su testarudez sigue inmune, no soportas seguir discutiendo, (porque aquello te desgasta) y así es como dejas las cosas sin concluir. 

Las veces que has querido llegar hasta el final, terminas extenuada, embotada y te das cuenta, que la única vía que te queda, es cuando se casen, tengan hijos y pasen por lo mismo que tú.

Y finalmente mi conclusión es, que nosotros éramos exactamente iguales a su edad y así será por los siglos de los siglos, aunque saltes, grites o patalees.

 

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