martes, 2 de julio de 2013

¿CÓMO VES EL VASO MEDIO LLENO, MEDIO VACÍO O CON GANAS DE LANZÁRSELO A ALGUIEN?

Qué cosa tan repugnante es levantarse temprano en la mañana. Qué sensación tan insoportable cuando el artefacto cuadrado, diabólico, estruendoso y lleno de numeritos difusos, nos grita que ya es hora de abandonar tu dulce colchón, tu ergonómica almohada impregnada del aroma inigualable “Mimosín Bebé”, para enfrentar el nuevo día.

 

El nuevo día que trae consigo, una casa que amanece desordenada, una nevera desprovista de algunos víveres básicos, unos hijos que no contestan si quieren Toddy o cereal y una muchacha de por día, que últimamente llega después de las 10 de la mañana y es directo a desayunar, porque la “pobre”, salió a las 5 y no le dio tiempo.

 

Lo asombroso es, que a pesar de que pasaron 5 horas desde que “salió de su casa”, es directo a comerse par de arepas y un tobo de café con leche, mientras chatea y ve El Gordo y la Flaca por Venevisión Plus y a ti te ignora olímpicamente.

 

Pero resulta que en ese mágico interín, en el que los niños se van al cole a las 6.20 am y la mujer está por llegar (si, Willy) ves tu cama como una piscina olímpica y a ti encarnada en la mismísima Esther Williams a punto de zambullirse entre unas cálidas sábanas que hacen juego con tu pijama.

 

Así pues, que te vuelves a recostar “un ratito”, porque se supone que estás esperando a la susoBicha (sí con “B”), por lo que pones el despertador a las 8 en puntísimo.

 

Pero como si te hubieran inyectado una droga muy potente, caes de tal forma en los brazos de Morfeo que te vas con él de viaje hasta la Tierra de Nunca Jamás y al parecer ni el ruido del despertador, ni el del timbre del apartamento (que nunca sonó), te hacen abandonar a esta deidad onírica, de la que no quieres escapar jamás.

 

El timbre del teléfono te despierta abruptamente y cuando ves el reloj, que en vez de dar las 8.00, da casi las 9.30, pegas un brinco tal, que del tiro te da tortícolis, reuma y crees que un poco de paraplejia. El latigazo que sientes en todo el cuello, te tiene más tiesa que Ivana Trump. Total para nada, un equivocado.

 

Piensas en lo diabólico que se te presenta el panorama, cuando después de tanto esperar a la mitómana compulsiva y patológica que jamás llegó, te acuerdas que aún no le has comprado a tu hijo la bata blanca de laboratorio. La misma que hace más de dos semanas el niño te pidió, primero de boca, después por escrito (en papelitos que aterrizaron en la papelera) y en una última oportunidad con la nota intimidante de la profesora, quien prácticamente te dijo, de manera muy discreta, lo irresponsable que eres.

 

Que cuesta arriba se te hace el día, cuando después que llegas al sótano de tu edificio, medio tullida, te das cuenta, que el control remoto que tienes para abrir la puerta del estacionamiento, no responde y ni hundiéndole el botón primero y ni estrellándolo contra la pared después, es capaz de complacerte.

 

Encomendada a D-os esperas que alguien baje en ese momento, para que le dé un toque a su control y éste haga su trabajo, a diferencia del tuyo, que no da señales de vida.

 

Anhelas salir picando caucho por lo tarde que es y también para dejar de inhalar el monóxido de carbono que llevas respirando hace unos 12 minutos. Pero nadie se apersona.

 

Te das cuenta, que ya son las 11 de la mañana y no le has comprado la bata a tu hijo, dejaste la casa más arrevuelta que tus ganas y te titila en las sienes la advertencia del niño, quien antes de salir te repitió varias veces, que su clase de Biología era a las 11.45 am.

 

Pero los minutos siguen su marcha sin detenimiento. Hasta ahora nadie baja y la impotencia que sientes de verte atrapada y sin salida, es algo incontable.

 

Llamas como una endemoniada al vigilante para que por favor te abra, pero no hay rastros de su anatomía escurridiza, lo mismo haces con la conserje, pero de ella ni su espectro.

 

Como desde el sótano no hay señal para llamar por celular, el ícono en GSM y S.O.S te despiertan unas ganas incontenibles de estrellar el celular contra el piso, queriendo emular a “Ron Damón” en el Chavo, cuando se quita el sombrero y le salta encima, en respuesta a la buena tanda de cachetadas propinadas por Doña Florinda, pero lo piensas mejor y te contienes.

 

Los minutos tienen más prisa que tú, pasan a toda marcha y la clase de Biología que tiene tu hijo, empieza exactamente en 35 minutos.

 

Pero por fin ves la luz al final del túnel. Logras visualizar a tu malgeniado vecino, que justo ese día amas con locura y a quien atajas con ademanes de desquiciada, para pedirle suplicante, que por favor te abra la puerta.

 

Sin responderte, porque el hombre es un “able” (insoportable, intragable e inaguantable), sales a toda prisa, a punto de llevarte una de las columnas, porque sabes que el tiempo que te queda, deberás administrarlo muy bien, para atravesar la autopista y llevarte por delante a los muchos vendedores ambulantes de papitas y cd’s de Norkys Batista, como no se salgan del medio.

 

Llegas al centro comercial, lanzas el carro en el primer espacio libre que ves, subes dando zancadas todos los niveles, te presentas en la tienda de uniformes y escuchas de boca de la empleada, que la última bata que tenía, la vendió hace 12 minutos exactamente.

 

Te preguntas si Venevisión no tendrá por casualidad contratado a Moncho para que te persiga por toda la ciudad para convencerte de ser la protagonista de su programa Qué Locura.

Te metes en el carro resoplando como un simio, y con las mismas ganas de asesinar que tienen los maléficos de la serie Criminal Mind.

 

Finalmente llegas a la taquilla y te acuerdas que el “tickecito idiota”, ahora es prepago, así que descargas tu furia furiosa y furibunda y le das 20 golpes al volante, porque deberás hacer las mil maniobras para estacionar de nuevo e irte a cancelar en planta baja.

 

Ahora sí crees que de verdad eres parte de un programa de cámara indiscreta y que todo es una broma maquiavélica del destino. Ya no estás segura si es 29 de diciembre, martes 13 o viernes negro, la cuestión es que ya los 35 minutos pasaron volando, tu hijo se quedó sin bata por tu culpa infinita y sólo te provoca romper la dieta con la lata de Pirulines que te guiña el ojo desde el estante de Farmatodo, a lo que sin pensarlo, entras como una ráfaga a lo twister.

 

Dicho y hecho y sin despecho, te compras la lata, te comes los pirulines de 8 en 8, y después que te los devoraste cual Hannibal Lecter, de nuevo tu enemigo más sanguinario, el reloj, vuelve a acecharte para indicarte que ya es la hora de ir a buscar a los niños, por lo que decides huir en estampida, convencida que no puedes seguirle fallando a tu hijo.

 

Finalmente llegas al colegio con palpitaciones, e igual de torcida que cuando te dio el “pasmo omoplático”, pero después que llevas unos 20 minutos esperando a tu hijo donde siempre, un amiguito que aparece de la nada, te dice que él se fue a casa de Bololito, para terminar la maqueta de inglés sobre Egipto.

 

Te afloran los recuerdos matutinos cuando le escribiste la nota para autorizarlo y te convences de que ese día, deberías pasarlo por alto, borrarlo del calendario, tacharlo, extinguirlo, eliminarlo y cancelarlo.

 

Crees que lo más sano será, irte a tu casa y encerrarte en tu cuarto para quedarte en posición fetal, encendiendo y apagando la luz de tu mesita de noche, con lo que queda en el interior de tu lata predilecta.

Todo está en tu contra. Uno quiere deshacerse de ideas perniciosas, porque siempre debemos ver el vaso medio lleno y no medio vacío, pero es que esos días, el vaso provoca reventarlo contra la pared y agarrar los vidrios rotos e ir por la calle, para clavárselos al primero que nos diga "hola".

Ya por último les sugiero, que se tomen un vaso medio lleno de alguna infusión herbal. Que se relajen, lo saboreen con calma y disfruten cada sorbo, pero eso sí, háganlo en un vaso de plástico... porque uno nunca sabe.

 




 

 

 

 

 

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