martes, 2 de julio de 2013

D.I.E.T.A.S

Desgracia

Inventada

Erróneamente

Tentándonos

A

Sucumbir
 

Hablando con varias amigas sobre la agoniosa tarea que implica empezar y mantener un régimen de dieta hipocalórico, llegué a la conclusión, de que sí bien es cierto, que son muchos los detonantes que nos impiden llegar a nuestra meta, comprendí finalmente que la única vía para poder alcanzar nuestro nirvana, será consumiendo la ventiúnica zanahoria repartida a lo largo de 24 horas y que será mejor masticar unas sesenta veces por aquello del “efecto llenura”.

Muchas de estas mujeres comentaban, que adjudicaban su fracaso, a la ausencia de paz en sus vidas, a la falta de equilibrio entre cuerpo y mente, al estrés de su día a día y a la rutina en general, siendo ésta última, el principal arma mortífera, capaz de truncar la intención de someternos a una dieta certera.

Algunas interrumpían aquella cháchara hueca y simplona, asegurando que eso no era más “que falta de voluntad y punto” (a lo que yo estaba de acuerdo) y de nuevo el primer grupo se imponía diciendo, que esa merma de arrojo, se debía al hecho de tener que lidiar con una rutina, que cual espectro, se nos aparecía cada día, para que agotadas tuviésemos que repetir el discursito cansón a nuestros hijos, de que se metieran a bañar, se fueran a dormir, hicieran sus tareas, estudiaran, arreglaran su cuarto, no pelearan entre ellos, además de hacer mercado, ir a la tintorería, a la farmacia, y pelear con el pescadero, entre otras actividades.

Ellas seguían conversando y concluían, que esos eran algunos de los muchos motivos que nos cercenaban la voluntad de comenzar un régimen de dieta, dando por ganador sinequanon al suscitado por la mujer de servicio, cuando nos decía de manera estrepitosa “señora tengo que hablar con usted”.

Reconocíamos que aunque tales circunstancias, tenían solución a corto o mediano plazo y tampoco eran fin de mundo, (no, ni pa qué), no nos cabía la menor duda de que eran los culpables de restarnos la energía, de chuparnos la fuerza y en definitiva de succionarnos la tranquilidad esencial, para poder finalizar el día en santa paz y sin ganas de saltar al vacío.

Según algunas de ellas, estos succionadores por excelencia, uno proporcionado por los hijos (y la rutina en general) y el otro por el humor azaroso de la verduga de la casa, “son sin lugar a dudas, uno de los detonantes más peligrosos con el que nos topamos en nuestro día a día, pues sin miramiento derriban, nuestras ya menguadas ganas de empezar una dieta, que dicho sea de paso, se compone de pechuga de pollo disecada y la cantidad exacta de 7 vainitas sin sal”.

Quise saber, ¿por qué ellas le achacaban a estos elementos la culpa infinita de romper en mil añicos la voluntad de llevar a cabo una dieta hipocalórica?, ¿por qué no se buscaban a otros chivos expiatorios a quien soltarles la ausencia de fuerza? y supuse que era porque los otros motivos, tan exasperantes como éstos, casi siempre tienen una solución asertiva, mientras que estos impulsos perniciosos y condenables, escapan de nuestras manos y son los culpables de hacernos sucumbir sin remedio, a la ingesta deliberada de alimentos calóricos, que a la final actúan como pacificadores de las ansias locas y del descontrol irracional.

Sin embargo, en un arrebato de furia, una de las ponentes señaló “que por supuesto que había un mar de sucesos que nos empujaban a romper la dieta y a comer enloquecidamente, como por ejemplo cuando nos chocan el carro después de estar un mes en el taller, o cuando vemos espantadas que la peluquera nos dejó los reflejos color Naranjita Hit”.

Sin embargo estos últimos indicadores, aunque también son irreversibles y colaboran a que nos hundamos en nuestro propio fango compuesto a base de triglicéridos y colesterol (del malo), definitivamente no lo son tanto, como la rutina originada por los deberes que no podemos soslayar.

Y es que según testimonios de estas mujeres, la crianza de los niños, atender al marido, tener la casa impoluta, pero sobretodo dormir tranquilas a sabiendas de que tenemos a una mujer de servicio que yace bajo nuestro mismo techo, son los verdaderos causantes, que harán de nuestro plan alimenticio, una vorágine epicúrea, que nos envolverá con un halo divino si lo culminamos estoicamente o por el contrario, se convertirá en un vía crucis, que nos hará desfallecer, (en términos famélicos) si nuestro corre-corre sufre de anomalías.

El hecho de irnos a acostar para enfrentar el nuevo día, sabiendo que contaremos con una mujer que a la mañana siguiente estará ahí para atendernos, no como nos gustaría, pero que estará ahí, físicamente visible y audible nos hará recobrar la paz ensoñada que dábamos por pérdida y la otrora felicidad de irnos a la cama esbozando una sonrisa tan placentera, que nadie jamás podría entender, aunque se lo explicáramos en versión “para Dummies”.

El inconveniente se presenta, cuando al cabo de 2 semanas, este personaje sin corazón ni sangre en las venas, nos suelta que se tiene que ir “para siempre”, porque la Lopna le va a quitar a sus hijos, (aunque nos dijo que era estéril), o porque su abuela de 103 años, acaba de dar a luz morochos y ella tendrá que criarlos.

Y así es, como de nuevo la rutina, acechando cual monstruo de 9 cabezas (como la Hidra), irrumpe en nuestra dieta vertiginosamente y decidimos, empachadas de los niños, del carro que se nos accidentó y de la ausencia física, mental, espiritual, social, deportiva y cultural de la mujer de servicio, zamparnos en 3 bocados, la olla de espagueti con salsa bechamel, (todo esto de pie y con la cartera puesta), los 2 tubos de Oreo Tipo Americano y el cereal de peloticas marrones que los niños dejaron, ya hecho un caldo marrón y grumoso.

Entonces me doy cuenta, con un dejo de nostalgia, que esta historia que se repite en una y cada una de las mujeres que habitamos la Tierra, la galaxia, la litosfera, la estratósfera y la mesósfera, se convierte en nuestro modus vivendi. No importa que siempre haya una que levante la mano y diga que eso no es con ella; lo más probable es que el resto de las mujeres “standard” herviremos de cólera, al sabernos parte del grupo de las desdichadas que todos los días de sus vidas, deberemos lidiar con el peso y sus nefastas consecuencias.

 

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