martes, 2 de julio de 2013

“EL ME MINTIÓ” DE AMANDA MIGUEL




Cuando el día llegaba a su fin y se acercaba la hora en que todos los miembros de su staff familiar, se disponían a dormir, a ella se le desgarraba el alma, de imaginárselos acomodándose entre las frías e impecables sábanas de sus camas, mientras a ella todavía, le tocaba hacer un tour por la casa, dando largas zancadas de un lado a otro, para terminar con las diligencias, que eran impostergables.

Veía a su esposo, quien yacía plácidamente en la cama, ingiriendo de a sorbitos un tibio café con leche acompañado de galletitas, mientras ella, seguía vestida con la misma ropa de todo el día, salvo por los tacones, que había lanzado al azar, en cualquier rincón de la sala.

Y es que por más que quisiera emular aquella actividad, que de lejos la tentaba, a ella le quedaba: acomodar el uniforme de sus hijos, preparar los bolsos para las actividades extracurriculares, revisar cuadernos y firmar cuanto papel con membrete le engraparan, seleccionar certeramente el menú que se prepararía para el almuerzo y la cena del día siguiente, guardar la ropa planchada, preparar su bolso para el gimnasio y dejar un mínimo de 3 cheques previamente firmados para personajes tan variopintos como el plomero, el carnicero y el técnico de la nevera.

Una vez, que el reloj apresuraba su marcha, y ella veía con desgano que se acercaban, las 11 y rápidamente las 12 de la noche y todavía muchas de las faenas no llegaban a su fin, le entraba el diablo (con trincho incluído) y las sienes le palpitaban con fuerza, susurrándole, que otra noche más, ella sería como siempre, La última de los Mohicanos.

Después que terminaba de recorrer la casa un promedio de 37 veces, del cuarto a la cocina, de la cocina a la sala, de ahí a los cuartos de los niños y por fin era su turno de irse a acomodar en “el sobre”, brotaba cual murmullo, la petición afable de su esposo, (al que ella consideraba completamente sumergido en brazos de Morfeo), quien le pedía un vaso de agua y una fruta, “porque con el repiqueteo que tienes caminando de acá pa´ llá, no he podido pegar ojo”.

Ella quería imaginar, que aquello era una mala pasada de su imaginación y que como estaba tan exhausta, escuchaba voces fantasmales que a estas alturas de la noche, todavía le pedían favores y la instaban a traer y a llevar todo tipo de provisiones. Pero no, resultaba que esa voz somnolienta, tan real como el agotamiento que sentía, se imponía retumbando y haciendo eco en el silencio de la casa, para solicitar lo encomendado, con el fin de retomar el sueño perdido, acompañada de unas “gracias mi vida, te amo.”

Ella hubiese deseado tener a mano un zapato de tacón de aguja y la puntería certera de saber que si lo lanzaba, aterrizaría en cualquiera de los ojos saltones que la miraban complacidos, pero algo de conciencia, le impedían aquella acción truculenta y en cambio lo que musitaba era un “guao, juraba que ya estabas dormido… uff, qué pesado eres”.

A cambio de eso, ella le pedía un único favor a su marido, que era lavar el plato y el cuchillo, una vez que terminara de ingerir su munchi, porque ella no lo iba a esperar, ya que estaba abatida y necesitaba dormirse de una vez.

El prometía hacerlo y ella entonces se dejaría llevar por la maravillosa sensación de sueño, que la envolvería por completo, de pies a cabeza, en tan sólo 10 minutos.

Sin embargo, ¿cuál sería su sorpresa?, que a la mañana siguiente, cuando ella se levantara para empezar su cruel rutina, se encontrara repugnada, con que el plato de cáscaras de manzana, nunca fue depositado en el fregadero, y que gracias a eso, la mesita de noche de su marido, era recorrida por hormiguitas minúsculas que caminaban en zigzag, alrededor de diversas gotas pringosas de fructuosa, lo que le despertaban unas ganas incontenibles de asesinarlo.

Aquello, no sólo le provocaba una aversión estomacal, también tuvo que aceptar, inmensamente dolida, que él la había engañado desvergonzadamente y que ella jamás volvería, a ser la misma de siempre.

Eso, además de tenerla contra el piso, la convertiría en una mujer fría, calculadora e impía. Tatareaba con desenfreno y a capella, la polémica canción ochentosa de Amanda Miguel… El me mintió.

Descubrió, que ya no era suficiente con ser la última en irse a dormir, ahora debería hacer las veces de wachimana de su familia y de que los platos de las diversas merienditas, fueran llevados al fregadero, los televisores y computadoras estuviesen apagados, así como las luces de todas las mesitas de noche.

¿Cómo soportaría vivir con esa verdad agoniosa? ¿Cómo enfrentaría la vida, sabiendo que su marido era un ser despiadado, que rompía sus promesas, sin ningún pudor?

Por supuesto no se quedó callada y le echó en cara lo abusador e indolente que era. El trató de defenderse, aludiendo que el sueño lo había vencido inevitablemente. Ella juró tomar represalia y no descansar hasta hacerle entender, lo espantoso que era dejar a la intemperie, un plato de desechos, aludiendo que aquellas alimañas minúsculas, podrían haber invadido su cama, y si eso ocurría, el cataclismo sería insoslayable.

El la miraba sorprendido y no entendía que aquello pudiese ser tan grave. Se preguntaba si su mujer, estaría rayando en la locura patológica de tener todo impoluto, o aquello en realidad, merecía tal despliegue de revuelta.

El juró por su vida, no volver a cometer tal infracción. Ella no supo si creerle, pero lo vigilaría muy de cerca. Después que él ingiriese alguno que otro bocadillo nocturno, ella se haría la dormida, a ver si él, por motus propio, se dirigiría a la cocina, a lavar lo que ensuciara, porque si no era así, “ayayai Maracay”...   

Finalmente, cuando el sol se ocultaba, las actividades cesaban y la casa se reducía al sonido de los aires acondicionados y a una que otra tos esporádica, era hora de entablar una seria conversación con Dios, donde le agradecería con el alma, haber hecho entrar en razón a su marido.

Jamás irse a dormir, dejando al descuido, residuos de líquidos o sólidos de cualquier sustancia comestible y por supuesto, no tener que volver a tararear más nunca, la canción que le provocaba un sentimiento de malestar indescriptible...“El me mintió de Amanda Miguel”.

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