martes, 2 de julio de 2013

NUESTROS CINCO SENTIDOS, NOS TRAICIONAN CON EL TIEMPO?


 

El ruido de una pelota rebotando, es una cosa infernal. La televisión a todo volúmen, lo que no te deja ni hablar ni escuchar a los que tienes al lado, es algo insufrible. Los gritos de niños peleándose, lloriqueando y amenazándose, es un suplicio, por no decir un calvario extenuante.

El sonido de cornetas, motos acelerando, pick ups traqueteando y camioneros pregonando a destiempo, a través de un megáfono oxidado, el precio de papas, plátanos y tomates, definitivamente es un acto satánico.

Pero que a tu vecina le dé por colocar las sillas del comedor en el baño y la poltrona de la sala en la cocina y en definitiva hacer feng-shui con el mobiliario de su casa, un día domingo a las 6 de la mañana y entre col y col zapatear al ritmo de Lolita Flores (¿o sería Joaquín Cortéz?), es una cosa tan desquiciante, que no hayo la sentencia justa que la impute de todo pecado y falta, a favor de quienes tenemos el sueño “en la categoría peso pluma”.

Considerarte capaz de subir con una bazuca que la descuartice a ella y deje en añicos su apartamento, es un poco apresurado, pero pensarlo y relamerte de gusto si pudieras llevar a cabo tu maléfico plan, es algo que de sólo imaginar, te regodea de satisfacción.

Sin embargo hay algo en todo este asunto, que aún no he dicho.

¿Por qué si antes soportábamos relajados cualquier sonido en un decibel hoy por hoy intolerable, ahora no podemos aguantar ni que nos hablen en “sistema dactilológico”?, (porque hasta el croar de los nudillos nos aturde).

¿Qué pasa con nuestro golpeado reloj biológico, que si antes nos sentíamos enérgicos para salir, disfrutar entre amigos, bailar y aturdirnos del ruido ensordecedor, pero a la vez placentero de cuanta actividad extracurricular y social, ahora cuando sabemos del cumpleaños de “Wachiwachi” o de la despedida de “Chicho”, arrugamos el ceño, porque la pereza que nos invade es tal, que nostálgicos nos acordamos de nuestros años mancebos cuando éramos como el pimentón, por aquello de estar en todos los guisos.

Quiero recordarles, sin ánimos de ofender a nadie, que eso, queridos amigos cuarentones (por sólo referirme a los más lozanos), aunque me cueste decirlo y por ende teclearlo, tiene un adjetivo “descalificativo” al que se le llama V.E.J.E.Z, (Vitalidad, Energía y Juventud, En, Zozobra)

Una palabra que de leerla me pone los pelos de punta, me reseca la boca, me provoca fuertes palpitaciones, además de escozor en el cuerpo y por si fuera poco, visión borrosa.

Un término que encierra todo el cambio biológico, orgánico, somático, físico, mental y corporal al que nos vamos exponiendo con el pasar de los años y que hace estragos en nuestro ser de manera indetenible.

Botox, ácido hialurónico, ungüentos no comedogénicos, estiramiento facial, transversal, longitudinal, perpendicular y lateral, además de grumosas capas de crema marca “Forever Young”, pueden brindarnos momentáneamente la añorada juventud, pero no nos evitará estar conscientes del hecho de sabernos desprovistos de las principales facultades sensoriales, empezando por algunos de nuestros 5 sentidos.

Es por eso que al inicio de este blog, señalé lo molesto que se nos hace tolerar los irritantes ruidos que nos asaltan durante el día.

El sentido del oído, al que antes exponíamos a altos decibeles, hoy en día nos cobra todo el aturdimiento y perturbación que le impusimos a la tierna edad de los 18 años, cuando escuchábamos el cassette “Llena tu cabeza de rock 84”, mientras nos incrustábamos los nada ergonómicos walkie talkies a un volumen obsceno.

Para muchos es justo el efecto contrario, les da por no escuchar ni “jota”, salvo las tres últimas sílabas que se les vociferó unas 5 veces seguidas, por lo que prefieren asentir, haciendo creer que entendieron, cuando en realidad no tienen ni idea.

Lo “bueno” es, que a veces esa sordera degenerativa puede convertirse en nuestra cómplice. Prueba de lo mismo es, el cuento que hace poco una amiga me contó, cuando ella y su sexagenario esposo, a la salida del cine de un centro comercial capitalino, fueron abordados por un malhechor, que tenía todas las intenciones de robarles, (entre otras sutilezas delinquísticas) su vehículo. El antisocial se les acercó y en un tono amedrentador les pidió el carro, a lo que el esposo de mi amiga, le extendió un “cigarro”, porque escuchó la terminación “arro” y fue así como concluyó que eso era, lo que solicitaba el caballero furtivo.

Mi amiga sospecha hasta el día de hoy, que el tipo quedó tan anonadado con la reacción del esposo “tapia”, que no fue capaz de insistir más en su requerimiento, por lo que sólo fue capaz de tomar el cigarro y encima dar las gracias bastante turbado por lo sucedido.

En cuanto a la vista, este es otro de los sentidos que más rápido nos traiciona, pues a partir de los cuarenta, estamos afincando y haciendo insoportables gestos con los ojos que nos delatan, dejando al mismo Mr. Magoo, con una visión 20/20.

El sentido del gusto no, porque pareciera que ese es el único que se desarrolla por minutos. A estas alturas de la vida, lamentablemente todo nos sabe a gloria y hasta alimentos que desde que tenemos uso de razón despreciábamos categóricamente, como las partes innombrables del pollo o el paté de fois gras, (en mi caso particular), hoy de nuevo parecieran ser bienvenidos.

Para confirmar dicha teoría, quiero compartir lo que hace poco escuché: “que el amor más sincero que podemos sentir, en un momento de desfallecimiento famélico, es hacia la comida. ¡Qué verdad tan grande!

En cuanto al sentido del olfato, puedo aseverar que ese es un sentido que se mantiene igual y que a decir verdad, ni nos va ni nos viene.

El sentido del tacto, también nos da un poco igual, aunque eso de tener que palparnos adherencias en forma de rollos de carne en la parte baja de la espalda y en el derriere, además de la papada, es un sentido que al igual que la vista o el oído, desearíamos que con el pasar del tiempo fuese perdiendo facultades, pero que muy por el contrario se fortalece como el sentido del gusto, que en vez de amilanarse, nos hace saber de sobra que todo lo que toquemos, palpemos y descubramos en nuestro cuerpo, puede ser usado en nuestra contra.

Está muy bien que todos nuestros sentidos se mantengan alerta, para que apreciemos y captemos las muchas señales que nos llegan, pero me pregunto ¿por qué si la vista o el oído, que son dos de nuestros sentidos más imprescindibles, se van deteriorando con el pasar de los años, los otros sentidos, que no deseamos bajo ningún concepto que se maximicen, están más alertas que nunca?

¿Por qué si antes hacíamos una especia de restricción con ciertos alimentos que no nos gustaban, ahora nos fascinan cosas que jamás creímos volver a probar?

Por eso insisto en que este sentido, no sólo se desarrolla, sino que se vuelve muy poco elitesco.

Ya para finalizar, debemos tener muy en claro, que a pesar de que los sentidos son 5, deberíamos añadirle uno más que es el sentido de la intuición, el que se desarrolla lamentablemente, cuando uno de los 5 empieza a enchumbarse.

Lo extraño es que éste último, se arma de tal fortaleza (para anular las fallas del que se va deteriorando), que el trabajo que hace, supera inclusive al del original, molestando por ende a las personas que tienen que lidiar con quienes al parecer, se las saben todas, gracias a una repentina intuición.

Entre ese minúsculo y consagrado grupo de personas, nos encontramos las mujeres. Las únicas capaces de adivinar de manera casi celestial, lo que está pasando por la cabeza de nuestro interlocutor.

Independientemente de los años, y si éstos nos roban facultades, jamás seremos desprovistas de ese don natural que Dios dispuso solo para nosotras.

Si todavía tienen dudas y creen que los años nos malogran algunos de nuestros sentidos más relevantes, den gracias a la vida, que para eso contamos con la intuición, la mejor manera de hacerle frente a las vicisitudes y sus triquiñuelas, cuando la vista y el oído a veces nos traicionan.

Ya para finalizar, y con intenciones de colocarle la cereza marrasquino al helado, quiero que sepan, que si el resto de los mortales va perdiendo capacidades histriónicas con el transitar apresurado del tiempo, nosotras, “las del sexo débil”, estamos más afinadas y puntiagudas que nunca. Prueba de lo mismo es, que mujeres como Joan Rivers, la conductora del programa Fashion Police, es una de las pocas damas, bastante entrada en años, con una picardía y una astucia no vista. Otra de ellas es la archifamosa Oprah Winfrey, o Chelsea Handler del programa Chelsea Lately.

Claro, seguro también hay caballeros con un nivel de perspicacia e intuición impresionantes, como por ejemplo… Para mi próximo blog se los tendré sin falta.

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