martes, 2 de julio de 2013

¿QUÉ TIENE QUE VER ESTE BLOG CON LOS ÍNDICES BURSÁTILES DE LA BOLSA MUNDIAL?


 
Hay ciertas actividades, en nuestra rutina diaria, que están conformadas por los 2 lados de la moneda.

Ir a la peluquería, por ejemplo, tiene un lado maravilloso y uno escabroso.
Hacernos desriz, keratina, mechas, reflejos, highlitings, además de secarnos, plancharnos e incinerarnos la pelambrera, es el lado "lindo", pues sabemos que "nuestro marco de la cara", tendrá un buen ver y eso nos repotenciará la moral y el ego durante los próximos...3 días.
Sin embargo, el lado "Jorobado de Notre Dame", es cuando vamos a la pelu y tenemos que esperar horas, con una revista Vanidades del año 87, con Lucía Méndez en la portada, (dibujada con bigotes y un diente negro), para encima quedar descontentas, y por si fuera poco en bancarrota.

Hacernos manicura y pedicura, es grandioso. Lo imperdonable es, que después que sacaste con sumo cuidado las llaves y el dinero para pagar y te diriges muy contenta a tu carro, te acuerdas que el ticket del estacionamiento lo tienes guardado en el bolsillo trasero de tu bluejean. Como lógicamente, tu plan es mantener las manos impolutas, no tienes más salida que armarte de arrojo y pedirle al parquero de turno, que extraiga el ticket que tienes alojado en tu anatomía trasera, a lo que el hombre, (sin tener que pedirle por favor), accede inmediatamente.

Lo macabro es darte cuenta que de nada sirvió "la manoseadera" pues la "torpeza adrede" del hombre, te hace sacar tú misma el ticket, y por ende dañarte irremediablemente todas las uñas.

Otra acción que suena exquisita, aunque también tiene su Yin y Yang, es cuando estamos experimentando un suculento masaje corporal que incluye exfoliación, hidratación, relajación y por supuesto la utópica pérdida de grasa corporal "en tan solo 10 sesiones" y justo en la mitad del trance y de un deslizamiento de dedos viajeros que te consienten y te van despojando de dolores y estrés, te suena el celular para escuchar del otro lado, una agitada voz que te dice: "Hola Guaraira, es Ambrosia Pereira, la directora del colegio. Te llamo porque tu hija Saraí se partió el mentón, cuando cayó de bruces por una zancadilla que le hizo un compañerito, así que la estamos llevando en ambulancia a la clínica".

En ese momento, en el que recibes ese balde de agua fría y haces lo posible por salir de tu letargo, juras que esa llamada perturbadora es producto de alguien que te odia y te está viendo por un huequito.
Cuando por fin asumes, que en verdad esa llamada sí se dio, te incorporas enloquecida de la camilla y aunque medio desvirtuada por el trance del que estás siendo despojada, te vistes con dificultad, (por el cremero loco que no te facilita las cosas) y como puedes sales volando a la clínica a ver a tu "desmentada" hija.

Cuando por fin llegas, impregnada del aroma inconfundible de chicle importado "Extra", olor "Dencorub", te das cuenta, que lo del mentón fue tan solo un pequeño rasguño y aunque te alegras infinitamente por no haberte topado con Scarface, la sonrisa se te borra del rostro y te empieza a subir un rubor caliente y volcánico por haber sido arrancada de aquel lugar mágico, donde lo único feo, era el nombre de la masajista, Yelixeida.

Ahora que sabes que lo de la niña no fue nada y que todo fue "un amarillismo" obra de la llamada hiperbólica de la directora, concluyes que aunque estás contenta, también estás molestísima por tanta estupidez.  Al final te resignas repitiendo la frase que todo lo puede: "Eso es lo que hay".

Así sigues por la vida, hasta que te topas con otra actividad que a veces se torna truculenta; la de salir a comer o a tomar vinito con las amigas.

Son momentos que por lo general no deberían presentar indicios fatídicos, pero irremediablemente, siempre hay un detonante que los vuelve insufribles.

Cuando estás a punto de clavarle la primera cucharita a la "Créme Brulé de muerte lenta" una de las "amiguis" te aconseja (tan bella ella) que "mejor te tomes un té verde, porque con esos 4 kilos que te metiste, el postre estará de más".

Ese es el momento que juras, que "verde" es del color que se te tiñen las entrañas y decides entonces salir a encerrarte en el baño del restaurante con una bolsa de papel (como la de los aviones), para respirar varias veces y evitar un posible ataque de epilepsia o de esquizofrenia o de ambas dos. Pero entonces, una vez que sales del baño con una sonrisa encantadora, pides un Créme Brulé para llevar, además de varias tartaletas de Nutella y Arequipe y cuando de nuevo la sutil “amigui” te pregunta si es para tu marido e hijos, te das la vuelta y con mucho garbo le respondes “no, todo eso es para mí.”

Otra de las acciones más placenteras que podemos experimentar, es ir a comprar cualquier producto, (preferiblemente con fines "vestidísticos"). Sin embargo, una vez que nos dirigimos a la caja, nos embarga una extraña sensación que enturbia nuestra complacencia.

Un collage de imágenes vienen a nuestra mente, teniendo todas como factor común, la cara larga del marido, además de su repetida perorata, sobre lo poca vergüenza que somos, al seguir adquiriendo prendas de manera desenfrenada, cuando el armario y las tarjetas ya están atestados "de más de lo mismo".

Y es que pavonearnos por cuanto centro comercial exista, con el mero hecho de observar, acariciar y/o aspirar cualquier prenda femenina que caiga en nuestras manos, es algo que no tiene un calificativo lo suficientemente preciso para describirlo.

Sin embargo, el llegar a tener que dar explicaciones al individuo que te provee económicamente, es algo que pasa irremediablemente a la lista de "las cosas disgusting".

Actividades como ir al banco, sacarnos el pasaporte, renovar la cédula, o quedarnos horas en una consulta pediátrica, además de chincharnos en el tráfico, no podrán jamás tener un lado bueno.

Pero saber que los resultados de esas actividades, nos proveerán de satisfacción, es lo que las vuelve positivas, haciéndonos apreciar infinitamente, el tiempo que invertimos en ellas.

Entre las cosas buenas, regulares y malas, me quedo con todas, pues si sólo nos quedáramos con las buenas, llegaríamos a hastiarnos y a dejar de apreciarlas, dando por sentado, erróneamente, que la vida es una curva recta; cuando en verdad tiene picos tan altos y tan bajos, como los índices bursátiles Dow Jones y Nasdaq de Nueva York o el Nikkei de Tokio.

 

 

 

 

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