martes, 27 de agosto de 2013


CRÓNICA DE UNA VISITA A LA EMBAJADA

 

Mientras él revisaba los pasaportes de cada uno de los miembros de su familia, se percató con asombro, que todos estaban al día, pero no así, la visa de su primogénito.

Debía de moverse con celeridad y dirigirse a la embajada americana, si quería conseguir la renovación de aquel preciado salvoconducto, que les permitiría cruzar océanos y atravesar latitudes.

Ese era el plan, cuando culminaran las clases escolares, lo que además representaba un momento ansiado, porque no solo la pasarían juntos en familia, sino que también conseguirían ampliar su argot cultural, pues visitarían ciudades que no conocían, lo que generaba un sentimiento de euforia en los integrantes del clan.

Efectivamente, le dieron el día y la hora, además de infinidad de requisitos que debía reunirÉl le comentó a su consorte que ella debía acompañarlo, hasta que llegó el día y ambos padres se ataviaron, para presentarse a la hora acordada.

Apenas si desayunaron, se enrumbaron hacia aquel imponente complejo, altamente custodiado, para lograr el sello húmedo, que después de infernales colas, sería el único leit motiv bien justificado, para tanto ajetreo.
Se colocaron en la larga fila que desde la calle comenzaba a formarse, y muy lentamente se fueron adentrando.

El hecho de permanecer tediosas horas, hasta lograr atravesar la barrera inexpugnable, era considerado todo una odisea.

Los recibieron con una rígida alocución, que trataba de cada uno de las normas a las que debían apegarse, si deseaban llegar a la meta.

Gente en la fila que murmuraba, se quejaba del calor, hablaba con sus compañeros y hacían chistes inertes, era lo que abundaba, mientras este par oía muy atento, las indicaciones que daba una empleada bastante malgeniada.

Una vez que culminó esta primera parte, siguieron en esa cola desordenada, hasta que llegaron a la primera parada. En ella debían decir para qué estaban ahí, además de enseñar algunos de los documentos que traían consigo.

El aburrimiento, el cansancio y el apetito que se empezaba a desatar, como consecuencia de la hora, no ayudaba para nada.

En ese interín, en que la inclemencia del astro sol no cesaba, una mujer de unos treinta y pico, al parecer algo mareada, se dejó caer en la primera silla que encontró a su paso. Aunque no presentaba indicios de malestar, (ni su color de piel se tornaba cetrino), se desmayó abruptamente.

Era como si de la nada hubiese perdido el sentido y cayera desplomada.

Entre varios quisieron levantarla, pero los esfuerzos fueron fútiles.

Con tanto jaleo, un par de rubias charlatanas y bulliciosas, lograron pasar delante de las personas que estaban en la colosal fila, pero alguien que las tuvo cerca durante el trayecto, se percató que habían avanzado más de la cuenta, así que armó un gran revuelo, hasta que retrocedieron a su lugar de origen.

Aquello desencadenó toda una trifulca que se iba tornando cada vez más agresiva, pero la mujer que yacía “semi inconsciente”, se levantó de golpe y muy decidida fue a sumarse a la algarabía que se estaba formando, para gritar eufórica, que dejaran en paz a sus hermanas.

Alegaba que todo había sido un juego inocente, por una apuesta que habían hecho.

Fue entonces cuando un par de guardias, con actitud de insolentes, las tomaron bruscamente del brazo para sacarlas de ahí. Ellas se ofuscaron enfrentándoseles, pero cualquier conato de intento era en vano.

Las 3 mujeres salieron acompañadas por aquellos caballeros mal encarados, que prácticamente forcejearon con ellas, hasta que abandonaron el recinto.

Los comentarios y las habladurías no se hicieron esperar.

Si bien los protagonistas de mi historia, estaban asombrados por aquel episodio, rápidamente se repusieron del trance.

Avanzaron unos pocos metros, mientras las horas seguían su marcha.
Una vez que siguieron alineados, e intercambiaban comentarios insípidos, solo les quedaba resoplar y disertar sobre cualquier tontería. Atisbaron a lo lejos personas que salían serias y consternadas y eso les preocupaba.

Ya les habían dicho que no estaba fácil conseguir la aprobación de aquel documento. La seguridad estaba pertinaz y sería un viacrucis obtener lo que ansiaban.

Tenían un récord impecable, por lo que no había razón para dudar.

Las charlas con sus vecinos se fueron acortando; estaban sumidos en la desesperación por obtener el beneplácito de aquellos empleados fisonomistas, dueños del poder que les confería la embajada de conceder la aprobación de la visa, a quienes ellos considerasen.

A unos pasos de  entregar sus documentos, vieron a varios de sus compañeros fortuitos, que salían abrumados por una negativa e irreversible respuesta.

Algunos eran padres que iban a colegiar a sus hijos en reconocidas universidades americanas, otros pedían traslado por cuestiones laborales, estaban los que deseaban mudarse de país, (por lo que era obvio), y se encontraba esta pareja, que solo deseaba renovar la visa.

Después que escucharon fatídicos comentarios de pasillos, palidecieron.

Ya no importaba las muchas horas que habían pasado en la cola, tampoco el dinero que habían invertido para obtener aquello, mucho menos ese episodio chabacano que presenciaron boquiabiertos, del calor ni se acordaban. Lo devastador era, lo que no querían ni elucubrar.

Con pasajes comprados, reservaciones de hoteles hechas y algunos espectáculos previamente pagados, resultaba enloquecedor que ellos pudiesen pertenecer al grupo de los "no aprobados", o lo que podía ser interpretado, como "los no admitidos, los rechazados y en definitiva los que se perderían de ver "O" del Cirque du Soleil, y los Blue Man.”

Castañeaban ante cualquier desenlace funesto, hasta que les tocó su turno. 

Era el momento de conseguir la victoria aplastante o sumirse en la más cruel de las derrotas.

Ya habían sido testigos de las muchas interrogantes que les hacían a sus homólogos de fila. 
"¿En qué trabaja? ¿Cuánto gana? ¿Cuál es el propósito de su viaje? ¿Tiene familiares en los Estados Unidos? ¿Viajó el año pasado? ¿En qué fecha?"

Todas estas preguntas, eran elaboradas con un inconfundible acento americano y una mirada escrutadora, que escaneaba cada uno de los movimientos y palabras de sus despavoridas víctimas.

Este par saludó escueto aunque cordial. Extendieron sus pasaportes como representantes de un menor, además de la gruesa carpeta que contenía el resto de los documentos.

Sin embargo, lo que pasó en lo sucesivo fue tan escabroso como inesperado.

Aquel empleado flemático, inmutable, que se mantenía detrás de un mostrador frío, de unos 45 años, ojos azules intensísimos, de tez blanca, pelo rubio, de finos rasgos, parco y serio, rechazó sin mediar palabra los documentos que el padre le había extendido por la ventanilla, además de hacer caso omiso, a la carpeta arrugada que contenía lo solicitado.

Solo colocó muy taimado su sello de "Aprobado" en el pasaporte del niño, y con un ademán los despedía, mientras llamaba al próximo de la fila.

Estos ingenuos, inmersos en aquel letargo del que no lograban despertar, le insistían para que fisgoneara entre sus cosas, pero este solo los instaba a abandonar el lugar, ya que la sala estaba repleta de gente y el tiempo apremiaba.

Salieron más que complacidos, anonadados y eufóricos.

Habían conseguido atravesar el umbral de lo infranqueable, y no sabían por qué estaban tan felices si aquella actividad no era una novedad en lo absoluto.

Entendieron finalmente que SÍ había motivo para festejar.

Tenían que haber ido con su hijo a esa cita en la embajada, y ese fue el pequeño detalle que a ellos se les escapó, pero no solo se les escapó a ellos, también a la embajada, y eso era lo que convertía aquel suceso, en una crónica digna de un blog.

 

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