miércoles, 4 de septiembre de 2013


SE RESERVA EL DERECHO DE ADMISIÓN 

Un hombre en la cocina, es como un elefante en una cristalería. 
Así mismo. De hecho no hay un símil que lo defina mejor.
Claro, me refiero a hombres inexpertos en las lides gastronómicas, que lo que causan con su presencia, -en este espacio de la casa-, es enervar a sus mujeres porque todo lo que hacen, toman, manipulan y se sirven, casi siempre tiene un final catastrófico.
Si por ejemplo el caballero va a servirse un vaso de jugo, le da igual dejar una aureola debajo del vaso, lo que lo delata de su fechoría. 
Si pica una fruta, un pedazo de ponqué, o abre una lata de whatever, las pistas que te llevan a pensar que él es el autor intelectual y material, de la "cochinadita aquella" son inequívocas. 
Y cómo lo sabes? porque los restos de comida que deja en la mesa y en el piso -de aquello que picó y se sirvió-, te llevan a pensar, que él es el "abominable hombre de las nueve", pues a esa hora de la noche, después que ya cenó, empiezan las idas y venidas a la cocina, la que deja más arrevuelta que la de Ramsay Gordon.
Es justo en ese momento, que deja de llamarse cocina, para convertirse en "cochina".
En lo particular, estoy por comprar en Amazon un cartelito que diga "Reservado el derecho de admisión", que deberá ser sujetado por un tipo recio con cara de asesino a sueldo.
No entiendo para qué entran, si igual tooooodo lo piden, y con eso me refiero a vasos de agua, café, galletas, más café, fruta (obvio que picada) y variados munchis, por lo que no deberían, -never and ever-, atravesar el umbral de la cocina. 
Estoy convencida que los maridos -y también los hijos-, deberían verla como si fuese un campo minado, que en cualquier momento puede hacer CABUM. 
Es preferible, que seas tú misma, la que tenga que ir mil veces, del cuarto a la cocina y surtirlo, que dejar que él pueda penetrar aquel espacio -que has cuidado al extremo-, para que por lo menos, lo que queda de noche, se mantenga impoluto y libre de residuos comestibles.
Cuando crees que ya nadie mas perpetrará aquel sitio, que después de cierta hora declaras inexpugnable, entonces viene tu marido, en un momento de descuido, e irrumpe nuevamente en ella. 
Ya desde el cuarto, cuando no lo tienes al lado y llamas y no contesta, adivinas que está haciendo de las suyas. Efectivamente compruebas tu hipótesis, cuando lo ves entrando al dormitorio, con una sonrisa de complacencia y un nuevo plato, de cualquier meriendita post cena, -lo que te da ganas de prenderte en llamas-.
No quieres ni imaginarte la "guarrerita española" en la que convirtió la cocina, cuando por ejemplo peló la fruta y dejó cascaras a la intemperie, o cuando al prepararse el café, dejó un montón de manchitas marrones, además de cereal desparramado (que se le cayó), -y que él ignoró-, al punto de pisarlo y dispersarlo por doquier.
Aunque quieras con todas las fuerzas de tus entrañas, hacerte la Willy Wonka, sientes que un hilo, (mejor dicho una guaya virtual), te jala desde las alturas, para hacerte saltar de tu cama e ir a inspeccionar el lugar antes de acostarte. 
No te gustaría imaginar si al día siguiente, pudieses toparte con una mancha negra, representada por minúsculas hormigas danzando alrededor de aquella migaja abandonada, que "uppps", a él se le escapó. Muerte súbita.
Quien lea esto, podría suponer que el nivel de manía patológica y por demás enferma, de quien persigue a los miembros de su familia para cerciorarse de que no dejen residuos, rebasa los límites normales, pero lo que no saben, es que gracias a esa especie de trastorno magnificado, es que la casa está impecable, al extremo que se podría comer en el piso. 
Que ellos vociferen que no les importa -si la casa estuviese menos limpia-, es palabrería hueca que pronuncian sin pensar. Lo dicen porque nunca lo han vivido, y aunque no te lo hagan saber, es obvio que les fascina morar en un ambiente limpio y ordenado.
En resumidas cuentas, deberemos buscar la forma de lidiar con aquel que entra y sale de la cocina, deja tazas sin lavar, una estela de gotitas de líquidos pringosos, y por si fuera poco, cuando le preguntas si dejó todo más o menos como antes, (y si cambió la bolsa de basura), entonces, el muy sobrado responde: "Quieres que contrate a la Fuller para lavar 2 tazas y un par de cucharitas? Tranqui que no es para tanto, te prometo que todo quedó como a ti te gusta. 
Si llegaras a ver, -esto crees que lo piensa aunque no lo dice- (maníaca depresiva, que deberías usar una camisa de fuerza con remaches en acero)...  algún tipo de alimaña, entonces no piso más tu cocina, después de las 3 de la tarde, para que te relajes y recobres la cordura y la paz.
Cuando efectivamente sales a escudriñar  -porque te late que no la dejó como quisieras -, te asombra ver que en verdad está mejor que antes. 
-Guao, qué belleza, -te dices para tus adentros-, cómo es posible que esta vez sí dejara la cocina tan limpia? Estás tan sorprendida, que para celebrar lo "inmaculado" de tu marido, abres un turrón de chocolate, para "ocasiones especiales" y cuando vas a botar la envoltura, te das cuenta, de que la basura está desbordada de todo tipo de desperdicios, goteando de líquidos viscosos y oliendo a mapurite muerto.
Es cuando no te queda más remedio que aceptar, que lo del cartel va, (con wachimán de cocinas incluido), pero cuando te asignen un nuevo cupo de dólares, y puedas gastártelos en Amazon o en eBay, o si la cosa se pone fea, en bolívares en Mercadolibre.

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