lunes, 25 de noviembre de 2013


BUENAS…ME DA CIEN KILOS DE PACIENCIA?

 

La impaciencia no es una ciencia

pero te lleva a la demencia.

La paciencia por otro lado,

más que nada, es un estado.

Es tener autocontrol

y no perder jamás la calma

aunque para mantener el rol

pierdas hasta el alma.

De eso se trata esta vez,

este blog que leerán

que la paciencia es el interés

por esperar sin desesperar.

 

Estamos en una época de la vida, en que TODO, lo queremos “para ayer”.

La impaciencia que nos embarga y en la que vivimos día a día, es un mal que está haciendo estragos, al punto tal que no soportamos, por ejemplo, cuando llamamos a casa de alguien y nos cae ocupado o cuando hablamos con algún operador que lejos de ayudarnos, nos hace repetirle nuestra petición varias veces.

Obviamente, que ante este comportamiento, nuestros nervios de punta, nuestra “falta de tiempo” y por ende la impaciencia, que se mete dentro de nuestras venas; invadiendo nuestras entrañas e introduciéndose en todo nuestro sistema digestivo, respiratorio y cardiovascular, hace de nuestra esencia, un monstruo insoportable, que no atina a esperar un segundo más, sin la solución inmediata y efectiva.

La locura desproporcionada con la que anhelamos las cosas, no sólo está apoderándose de nuestra capacidad física y mental, si no peor aún, está también apoderándose de nuestros hijos y de las generaciones más jóvenes, quienes al vernos tan intranquilos y “saltimbanquis” adoptan inmediatamente una actitud que creen la acertada porque definitivamente, así se desarrollan las cosas, en estos tiempos que corren.

Por más fáciles que nos hagan la vida, empresas de la talla de Apple, Google, Yahoo, Wikipedia, además de los increíbles dispositivos y gadgets que ya han invadido al mercado, “aparentemente” nunca tenemos el suficiente tiempo para culminar nuestras labores.

Nuestros hijos nos interrumpen miles de veces cuando nos ven hablando por teléfono. Es increíble que por más que les llamemos la atención y les supliquemos casi con lágrimas en los ojos y con ademanes desesperados que por favor nos dejen terminar, vuelven a insistir impaciente y enloquecidamente para que atendamos sin preámbulos, a sus “urgentes” peticiones.

Si les dices que les compraste un regalito, te succionan el alma y el corazón hasta que se los des en el momento. No existe la posibilidad de esperar hasta llegar a la casa para abrirlo y disfrutarlo. Todo es para YA.

Lo mismo pasa cuando se sientan a comer.

Quieren el plato de comida de una vez, la bebida, los cubiertos, la tv encendida con el canal que estaban viendo en su cuarto, (antes de que los llamaras a almorzar o a cenar).

Si te demoras un poco más de la cuenta, empiezan a inquietarse, a danzar en la silla, a hacer ruido con los cubiertos, con el vaso. No pueden creer, que el robot incansable, no les haya atendido de inmediato con todos los implementos necesarios para su satisfacción absoluta y garantizada.

Les dices que se levanten y ellos mismos tomen lo que necesiten: el vaso con agua, los cubiertos, (en caso de que alguno se hubiese omitido al momento de poner la mesa), pero son tan perezosos, que prefieren seguirte “taladrando el cerebro” para que “por favor” les sirvas el agua, le traigas la salsa y les des servilletas.

La pregunta ganadora es. ¿Qué podemos hacer para que la impaciencia cese, para que de alguna manera el atropellamiento que hay por realizar las cosas, evitar colas, llamadas en espera, perder kilos, que te atiendan en una tienda, que Google te de la respuesta, que el señor te mueva el carro en el estacionamiento y que el camarero te atienda y te traiga tu pedido, sean actividades que puedas ver resueltas de inmediato?

¿Cómo hacer para que la llamada tan importante que estás esperando, se dé en el momento que quieres? ¿Cómo evitar quedarte horas en un consultorio médico esperando a que te atiendan?

Absolutamente nada que no sea, seguir esperando y desesperando.

No hay solución ante este tema. Si la hubiese no estaría hablando de él ahora. Sólo queda hacerse la idea de que eso es lo que hay.

Peor es molestarse, enervarse, encolerizarse y exasperarse, para después obtener a cambio un pésimo humor, una mala sangre y una salud que seguro se puede ver afectada ante tanta intolerancia.

Ya para cerrar, tengo un refrán que es idóneo para la ocasión: “La paciencia no es el arte de esperar, es hacerlo, pero con la mejor de las disposiciones y de las actitudes.”

 

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