martes, 12 de noviembre de 2013


¿ LAS COLAS DE CARACAS: DULCE O TRUCO?

 

Me da mucha risa, que cada vez que me voy a subir al carro, pienso en el tiempo que me demoraría en mi casa, maquillándome, desayunando, revisando mis e-mails o haciendo un montón de llamadas, por lo que decido muy convencida, “que eso mejor lo hago en el carro”.

Y es que las colas son tantas y tan largas, que el pie derecho se me entumece (por afincar el clutche) y me doy cuenta que el hormigueo que comienzo a sentir, es gracias a la inamovilidad que me adormece, hasta el mismísimo muñón.

La pregunta ganadora es, ¿para qué voy a perder tiempo en mi casa, quitándome el esmalte de uñas, desechando de mi billetera los miles de papelitos inútiles, revisando mis correos, pines, WhatsApp, haciendo y devolviendo llamadas telefónicas, si en las colosales colas en las que prácticamente vivimos, nos da chance hasta de contratar a la manicurista para que nos haga pies y manos y de paso nos ponga la keratina.

Si tuviésemos un toma corriente, hasta nos estiraríamos la peluca después del gym y nos haríamos rulos para los eventos especiales. Ahora que lo pienso, un éxito de taquilla.

Y es que las colas se han vuelto nuestra excusa mejor ponderada, cuando llegamos tarde a cualquier evento, aunque últimamente, esta evasiva, redundante, repetitiva y nada convincente, ha perdido su credibilidad. ¿Y cómo no? si hasta los más formales, utilizan este método gastado para escabullirse de responsabilidades, convirtiendo este pretexto en algo burdo y trillado.

Sin embargo, las mujeres no somos las únicas que deseamos ganar el tiempo perdido en las colas.

Justamente hoy me sorprendí, cuando vi a un caballero que iba muy ensimismado en su camioneta, con el espejo retrovisor a su gusto y una afeitadora eléctrica en mano, con la cual iba despojándose del vello facial. Avanzaba unos metros y de nuevo volvía muy dispuesto a concentrarse en su actividad.

Me preguntaba dónde caerían los pelitos, pero al parecer eso a él no le importaba. Estaba viendo aquello, como si se tratara de una película en tercera dimensión y como la cola avanzaba tan lento, vi el proceso de trasquilamiento en primera fila, pelo a pelo.

Cuando terminó su “vello” ritual, siguió con la segunda parte del mismo. Sacó una loción que se colocó en ambas manos, para después pasársela, en forma pareja, por todo el rostro.

Se volvió a admirar en el espejo, sonrió picarón y al cabo de unos minutos, que la cola seguía igual, el hombre sacó un sándwich y un juguito y muy gustoso se dispuso a comer. Me moría de risa. Era yo misma reencarnada en hombre.

Me puse a pensar que la gente se queja de las colas y no se dan cuenta, que sólo se inventaron para hacernos la vida más fácil y llevadera. ¿Ustedes saben lo que es estar en una cola, con la tranquilidad de poder realizar actividades, que en la casa u oficina, son prácticamente imposibles?

En la oficina nunca podemos concentrarnos, porque entre los teléfonos sonando, la gente hablando y gritándose, la puerta abriéndose y cerrándose para que entre el motorizado, después el cobrador, el asistente de Fulano, el ayudante de Mengano, el encargado de no sé quién, (que trajo cheques devueltos), díganme ustedes ¿cómo se concentra uno, en medio de ese vaivén de cuerpos, entrando, saliendo, interrumpiendo y saludando efusivamente hasta a las moscas? Imposible.

En la casa, menos que menos. Todo el mundo tiene hambre, pereza y cero ganas de colaborar. Una tiene que ser la proveedora de los más genuinos sentimientos altruistas, (al mejor estilo Walter Mercado), para que la casa no se convierta en una batalla campal.

¿Cómo se puede entonces, hacer llamadas, enviar e-mails, responder pines, leer el libro que tenemos en la mesita de noche, comernos un munchi, si todos están como enloquecidos?

Es por eso que el carro, cuando una está sola, es el lugar por excelencia para poder desarrollar actividades que se nos hacen interminables, cuando nos encontramos acechados por aquellos, que no nos dejan culminar nuestras faenas.

Pero retomando mi historia, en la que observaba al caballero que no se resignaba a quedarse inactivo en la cola, supe pues, que gracias a él, mi trayecto se me estaba haciendo entretenido.

También deduje que no era la única. A punto estaba de bajarme del carro y decirle, “Hola Fulano, ¿sabes que hago exactamente lo mismo que tú cuando estoy en cola? Obviamente no me afeito, pero sí me maquillo, hablo por celular, depuro mi billetera, me unto mis cremas, me pongo perfumito, leo correos y me como uno que otro snack que llevo en la cartera. Quiero que sepas que no estás solo y lo más importante es, que ambos somos parte de esta corriente que seguro se está imponiendo en Venezuela con más arraigo que en cualquier otro país del mundo. ¿Sabes por qué? porque las colas en nuestro país, son parte de su idiosincrasia, es una particularidad que lo identifica; algo así como el Miss Venezuela o los helados de cebolla y queso manchego que venden en Mérida. Por eso.

Deberíamos saber, que ahora las colas no serán en vano, tendrán un motivo de ser y el tiempo perdido en casa, podremos recuperarlos favorablemente en la comodidad de nuestro vehículo. ¿Te imaginas que seamos pioneros, implementando esta modalidad de hacer las colas más llevaderas y menos aburridas?”

Es más, en mi digresión quise proponerle un business al fulano, en el que lo instaba a patentar la idea y…mm, eh, este y…. bueno, después que lo pensé bien, no me bajé a decirle nada; me cerraría el vidrio en la cara, creyendo que era una loca de carretera (nunca mejor usado este cliché).

La cuestión es que puse primera y arranqué. “Lastimosamente” la cola empezaba a aligerarse. Yo no quería dejar de ver aquella programación en vivo, que me hacía tan llevadera mi desquiciante cola, pero no me quedó más remedio que avanzar y cuando vi que nos alejamos unos metros, traté de buscar por el retrovisor, al compañero fortuito que me había hecho en la Cotamil, hasta que el destino de nuevo nos juntó, esta vez él, en el canal lento y yo en el rápido.

Quería ver, qué otra actividad tendría planificada mi compañero de cola, para mantenerme sin quitarle la vista.

Por unos minutos comencé a aburrirme, porque empezó a hablar por celular. Se reía un poco estruendoso y hacía ademanes que evidenciaban que su imagen varonil, corría peligro. Parecía un poco más recio, pero no. Nada de eso. Aunque la verdad era, que su condición me importaba cero. Lo que no quería, era perderme ni medio segundo, aquel reality show.

Al cabo de unos minutos, en los que de nuevo la cola avanzaba, quería saber si mi “peli” tendría algún desenlace inesperado o si el inquieto personaje de la cola, seguiría su trayecto sin más nada que ofrecerme.

Ya había hecho todas mis diligencias “colísticas”, así que estaba libre y necesitaba de otro pasatiempo porque me resistía a exasperarme.

Sin embargo, después que avancé unos metros, distinguí nuevamente la camioneta del sujeto, por lo que hice lo imposible por tratar de colocarme al lado, pero… “no puede ser”, me dije en voz baja, “cerró la ventana y el vidrio era completamente ahumado”. No puedo creer que la función se me terminó.

Y si le da por cantar I will survive acompañado de un performance cual Divine y me lo estoy perdiendo…Noooo. “Porfa abre la ventana”, le suplicaba desde mi carro, claro él no me oía...o sí.

Efectivamente, comenzó a bajar el vidrio y entonces lo que vi… ¿qué era eso? No entiendo nada. No daba crédito a mis ojos. ¿Qué estaba pasando?

De repente, los carros de atrás y de los lados, comenzaron a tocar corneta de manera desesperada pero estaba fuera de mí. Completamente inmersa y atónita. El nivel de estupefacción era tal, que creo haber visto a más de uno que me adelantaba poseído y seguro me insultaba con ademanes y demás.

Resulta ser, que cuando el showman bajó la ventana para apreciarse en el espejo retrovisor de su lado derecho, ya no era un él, era un ella.

El tipo, mejor dicho la tipa, tenía puesto 8 kilos de maquillaje, una peluca de bucles dorados y enroscados y una torerita de lentejuelas plateadas, mientras se miraba en el retrovisor y se limpiaba la mancha de pintura de labios que tenía estampada en los dientes, a la vez que hablaba por celular y se reía estruendosamente.

Los demás carros que al igual que yo observábamos idiotizados aquel Cirque Du Soleil, rodeamos a la “drag queen” imprevista, que se acababa de revelar ante nuestros ojos.

No faltaron quienes le tocaron corneta, le lanzaron besitos y la, lo piropearon. ¿De verdad se comerían el cuento de que se trataba de una mujer muy atractiva y no de un hombre disfrazado? Noooo.

La cosa es que yo sí sabía que él/ella/whatever era un hombre con pelo en pecho. Seguro pretendía, al bajar la ventana, la aprobación del público imprevisto que se acababa de constituir.

La única que sabía la verdad absoluta sobre los hechos era yo. Nadie lo insultó ni se metió con él. En todo caso lo halagaron y le lanzaron los mil y un piropos, porque en verdad aquella beldad, estaba más divina que Beyonce.

Yo, que no salía de mi asombro, me dejé atrapar por él, gracias a la mega cola, el hombre se había maquillado, vestido, afeitado y seguro entaconado y depilado.

Puedo dar fe, que lo hizo mejor que cualquiera de las féminas que conozco. Y yo pregunto… ¿no se supone que “las reinas del arroz con pollo” en esas lides, deberíamos ser nosotras? Qué vergüenza. Qué dirían nuestras madres si nos vieran tan desvalidas.

Mientras yo me ponía el rímel manejando y fijo me introducía el aplicador entero en el ojo, me pintarrajeaba tan mal los labios, que pareciera que me los hubiese pintado montada en una montaña rusa en Bush Garden, o hacía malabarismo para que la sombra me quedara pareja y no se viera como un hematoma propinado por un marido abusivo de esos que pasan en Home and Health, el hombre aquel, estaba hecho un primor y la destreza que había usado para que su maquillaje fuera impecable, me tenía perpleja.

Yo que juraba que me la estaba comiendo y que era un ser prodigioso, porque me medio maquillaba, enviaba uno que otro mensaje y anotaba un par de teléfonos todo con una mano. Qué engañada de pacotilla.

Así fue como en un tris, le perdí la pista a aquel hombre que se había convertido en mi nuevo héroe. Después analicé, que este tema del tráfico debería ser nuestro escape y el momento ideal para relajarnos y pensar “que eso es lo que hay”.

Que el resto se insulte, se tire el carro, baje las ventanas para estirar su dedo del medio acompañado de muecas y ademanes no muy amistosos, debería hacernos reflexionar y pensar, que la mala sangre que se hacen muchos cuando se sienten atrapados, el colapso nervioso que hace estragos en sus vidas cuando ven que los minutos pasan a toda prisa, la exaltación verbal y física que adopta la mayoría cuando no conciben que salieron a las 5 y media de la tarde y son casi las 7 de la noche y no van ni por la mitad, es una realidad inamovible que lamentablemente no tiene una solución inmediata, a menos que quieran empezar a disfrazarse de su personaje favorito…

Pero debo hacerles una última confesión. El día que me pasó todo esto, fue justamente hoy, 31 de octubre. ¿Tienen idea qué cae en esta fecha? ...

 

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