lunes, 25 de noviembre de 2013

¿POR QUÉ COMEMOS CHEETOS?

La siguiente historia, -basada en hechos reales-, aborda un tópico, que no deja de ser tan cierto, como la vida misma.
Es un tema con el que hay que lidiar, inclusive antes de adentrarnos en la época de la adolescencia de nuestros hijos, que aunque no es grave, de igual manera exaspera y hace aflorar sentimientos -de las madres hacia sus hijos-, de incomprensión y rabia desmedida.

El escenario se desarrolla, en una casa típica, con una familia típica, pero que tiene un singular detalle y es que la protagonista de mi relato, por circunstancias atemporales, no tiene quien la ayude en las tediosas labores del hogar. Sus episodios acontecen durante algún fin de semana extraviado en el calendario, por lo que ella, no cuenta con ayuda externa y deberá hacerlo todo sola, -para alimentar a su prole-. Asimismo, también deberá descartar cualquier posibilidad de salir a comer afuera, porque las calles están desoladas y tampoco hay nada abierto.

Así pues, que este será el cuadro con el que deberá toparse, ante las incidencias descritas.

- Má, tengo hambre.

- Hola mi vida, ok, pero por la hora que es, me imagino que querrás almorzar.

- Ehh, bueno sí, supongo. ¿Por qué? Qué hora es?

- Casi la una.

- Mmm, guao, dormí full.

- Sí, siempre es así cuando hay vacaciones, se duermen tarde y se levantan al mediodía.
Cuéntame, ¿qué te preparo? Hay hamburguesa con pan y papitas ralladas, pollo empanizado con arroz y fideos, pastel de maíz, ensalada. ¿Quieres un poco de cada?

- Sí porfa. Avísame cuando esté listo. Gracias má…

- Okey

Así es como el muchacho se sienta, come hasta la saciedad, repite un par de veces (lo que significa un total de 3 veces), se levanta satisfecho y agradecido por tan deliciosa comida casera, se dirige a su cuarto para descansar el atracón.

Esa misma acción se repite con cada uno de los miembros de la familia, que desafortunadamente no siempre tienen el mismo reloj biológico en cuanto a sentir apetito, por lo que cada uno come a su ritmo y ella deberá dedicarles su atención personalizada.

Pero finalmente, llega el momento más deseado, anhelado, soñado y fantaseado del día, (para la madre), que es, cuando después que termina de servir, volver a servir, calentar, recoger, limpiar, sacudir, lavar, enjuagar, restregar, secar, ordenar, guardar y dejar todo nuevo, se dispone arrastrada como una culebra, (lánguida de cansancio y con las pulsaciones en 50), a sentarse a comer su añorado plato de comida, el que vislumbra como si se tratara de George Clonney, invitándola a salir.

Se dirige a su cuarto y le dice a su esposo que ya es su turno de comer. Mientras se acomoda para sentarse, sin dejar de balbucear que le parece mentira estar a un paso “de ver su sueño, hecho realidad”.

Él le responde “qué bien”, mientras sigue ensimismado con la programación típica de los días festivos. Sin embargo, justo en el instante que está por hundirle el tenedor a una de sus porciones, entran como una ráfaga, dos de sus hijos, quienes la acorralan cada uno por un lado…

- Má ¿qué comes? Qué rico…me das porfa.

- Ay sí, yo también quiero…

Ella cree que es un chiste y se ríe entre nerviosa y asustada, ellos intercambian miradas dudosas y nuevamente el mediano interviene.

- Má, estaba divino lo que comimos. ¿Es eso que estás comiendo? ¿Nos das?

Ella cree que así debe sentirse la muerte; una especie de hecatombe física y mental que se apodera de toda su osamenta, llegándose a introducir en cada una de las rendijas de sus huesos, los que a pesar del desfallecimiento, le hacen expulsar una extraña fuerza, que la sacuden violentamente y exorcizándola de forma brutal, la empujan a vociferar un gruñido, que dejaría como un gatito, al propio Rey León.

- ¿QUEEEEEEÉ? NO ME DIGAN QUE OTRA VEZ TIENEN HAMBRE. NO LO PUEDO CREER.
DANYYYY, ESTOS ESTÁN COMO LOCOS. ME VOY DE AQUÍ, NO PUEDO COMER TRANQUILA.
NECESITO QUE ME DEJEN EN PAZ. SOCORRO, ALGUIEN QUE ME AYUDE… TENGO A UNOS DEPREDADORES POR HIJOS!!!

- Ya má, tranquila, tampoco es para tanto…no dijimos nada. Perdóoooooon. Guao, qué fiera te pones…

-¿A ustedes les parece normal, LES PARECE LÓGICO, que no termino de recoger, cuando de nuevo los tengo como unos sabuesos implorando por comida?

¿QUÉ ES ESO? NO ENTIENDO. No pueden verme un segundo tranquila, porque de nuevo quieren que los atienda y les dé comida. ¿QUÉ LES PASA? ¿QUÉ TIPO DE SOLITARIA TIENEN?… ¿CUÁNTOS ESTOMAGOS TIENEN? ¿SERÁ QUE SON RUMIANTES Y NO LO SÉ?

- Ya má, perdón. No dijimos nada, hazte la idea de que eso no pasó. Tranquila, no queremos nada.

Es entonces, cuando un esposo boquiabierto y desencajado por tanto escándalo, interviene aturdido.

- Sí mi vida, relájate. De verdad que no es para tanto. Estás fuera de ti. Tranquilízate, toma aire…

-Toma aire, toma aire… Lo que quiero es TOMAR UN MAZO y partírselos en la cabeza. Te parece normal que ellos tengan hambre otra vez? No sabes lo mucho que comieron. Tú porque no te enteras, viendo la tele indefinidamente. No he parado un sólo minuto, UNO SÓLO.

¿No sé si te has dado cuenta que hace más de dos horas que estoy desaparecida? ¿Sabes por qué? porque estoy internada en la cocina. Estoy segura que me puedo mover en ella con los ojos vendados sin golpearme. Cuando ya por fin creo que terminé, de nuevo aparecen estos famélicos a pedir comida.

Ya el esposo, a estas alturas, no responde, está en modo automático; la ve, pero no la oye, pues toda su atención está puesta en el programa que estaba viendo, por lo que ella se da cuenta y enmudece.
El vuelve su mirada inexpresiva a su gran amor cuadrado y ella desea inmolarlo.

Y así pasa otro día más, en que a pesar del malestar, de los gritos y del desbarajuste emocional, la madre ya no es la misma.

Este ser iracundo, que rugió de manera feroz y draconiana, ya no puede sentarse a comer.
Es obvio, el apetito se le evaporó, y a cambio de eso lo que siente es culpa, remordimiento y ganas de tomarse un litro de cianuro para caer desplomada. Se dejó llevar por uno de los peores pecados capitales y eso es imperdonable.

Que si lo piensa bien, la verdad no era para tanto…ERA PARA MÁS, pero como entre el dicho y el hecho hay mucho trecho, finalmente se levanta, lleva su plato sin tocar a la cocina, les vuelve a insistir a “los insaciables” para que le digan qué quieren, y aunque ellos se “hacen los duros”, terminan comiendo, ensuciando, repitiendo y así es, como al final del día, ella no probó bocado (no uno nutritivo) y en cambio de eso, se zampó la bolsa completa de Cheetos.




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