sábado, 27 de julio de 2013



"PORFA, TRÁEME UN VASO DE AGUA"

Si hay algo que provoca "el calentamiento global de mis propias entrañas", son las palabras "ya va", "ahora", "en un rato", "espera", "qué fastidio" y la ganadora irrefutable, (la que se lleva los vítores y aplausos), "pídeselo a mi hermano".
Me pregunto una y siete mil veces, por qué cada vez, que una le pide algo a los hijos, la deplorable verborrea que emana de sus bocas, siempre son respuestas negativas, que sin el más mínimo decoro, ellos desparraman  ante los frágiles oídos de una madre que sólo sabe proveer incondicionalmente.
Una, que lo que hace es atenderlos, llevarlos, traerlos, comprarles, mimarlos y cuidarlos, desde que son del tamaño de un merey, hasta que se convierten en el guacal de merey. 
Que si lo estoy echando en cara, pues absolutamente, además sin pizca de vergüenza. 
Me molesta abismalmente que los padres sólo estemos para aportar y suministrar todo tipo de bienes y servicios, y 
que cuando es nuestro turno de pedir, por ejemplo un triste vaso de agua, comienza entonces el vía crucis (por llevar a cabo lo encomendado), que me crispa, hasta los jugos gástricos que suben y bajan por mi sistema digestivo, en una rencilla que se traduce en ardor estomacal primero y que luego se convierte en malestar infinito.
Todo por qué? Por la pereza que les produce hacer favores, teniendo siempre a pedir de boca, las palabritas innombrables que deberían ser execradas de la Real Academia Española.
Aunque una quiera imponerse, volviendo a dar la orden (esta vez con un tono de molestia) de que te traigan lo solicitado, las excusas sin fundamento, son las que retumban entre las paredes de la casa, produciendo además un ruido estremecedor.
Te recriminas  una y mil veces, porque eso no puedes permitirlo, menos a estas alturas de la vida, donde tu hijo más grande, sigue siendo un niñato imberbe de 13 años.
Sin embargo, el modus operandi que usas para lograr tu cometido, pierde facultades irreversiblemente.
La paciencia por ejemplo, que antes tenías para enfrentarte y explicarles concienzudamente a tus hijos, el motivo por el que ellos también deben hacer favores, comienza a emprender vuelo (abandonándote cada día un poco más). 
Para colmo, tu esposo, en vez de ser tu aliado, (sólo en contadas ocasiones), se vuelve en tu contra, pidiéndote que te silencies porque "cada vez estás más exaltada y así el "amo de la tele", no puede ver su programación favorita, que obviamente es TODA la que transmiten.
Ahora el cambio de planes es inminente. 
Si creías que el enfrentamiento iba ser sólo con alguno de tus descendientes, lamento aclararte, que ya son dos las batallas, que tendrás que librar. 
La primera, con el que tuvo la desfachatez de decirte que le daba fastidio traerte un vaso de agua, y la segunda, con aquel que no apoya tu moción de acompañarte en esta aventura que cada día se vuelve más tormentosa como lo es la crianza.
Dejas pues, al niño tonto que aún no sabe lo que le espera, mientras te arremangas y te le cuadras al caballero que yace a tu lado de la cama, quien no tiene ni el más ínfimo  conocimiento de lo que se le avecina.
Así pues, que comienzas tu rocambolesca cháchara sobre su deber en apoyarte en cada uno de tus dictámenes. 
Que si lo molestas o no, te importa menos que matar al zancudo que siempre te despierta, cuando estás en lo mejor de tu sueño. 
Le explicas que eso de que los niños sean tan egoístas, que lo único que hagan sea pedir indefinidamente, es un tema que tendrán que solucionar entre ambos, hablando duramente con ellos.
El aparenta estar de acuerdo con cada palabra y después que finalizas, sólo es capaz de responder "Podemos seguir mañana?", tampoco hay que hacerse un coco mental por eso".
Te retumba en la cabeza la frase "un Coco Mental". Te quedas callada y te recreas imaginando, yéndote hasta Puerto Azul, para comprar media docena de cocos, (de los que venden en el kiosco), para después de llegar con ellos a la casa, lanzárselos uno a uno y finalizar diciéndole, "si yo me hago un coco mental, tú también te harás uno". Después que te deshaces de esa idea, (que lastimosamente no llevarás a cabo), le arrojas una mirada que duele más que pisarse el dedo meñique, con la puerta del carro, y vuelves a insistirle que deberán hablar con los niños para instarlos a que sean más altruistas. 
El decide apagar la tele, porque sabe que la cosa se está caldeando y después de llamar a los más grandes, les dice: "Niños, mamá y yo queremos hablar muy en serio con ustedes. Queríamos pedirles, que deberían dejar de exigir tanto, porque mamá ya está harta (y yo también, de lo intensa que se pone), de que no paren de molestarla con sus constantes peticiones, así que la próxima vez que quieran algo, me lo piden a mi directamente, y así nos evitamos todos, este mal rato. Si van a pedir algo, que no sea a ella."
Aún no decides, si prefieres inmolarlo, caerle a zapatazos, morderlo o incrustarlo dentro del televisor. 
El tipo no entendió "niente" del mensaje que tenía que haber entregado como emisor. No pretendías en lo absoluto que los niños dejaran de pedir, sino que que colaboraran un poco más, dando ellos también, en la medida que recibían. 
Esa era la premisa que enarbolaría aquella conversación, que entre ambos dirigirían. 
Pero no, él solo soltó lo que más fácil se le hizo, para dar por terminado aquello y volver corriendo a los brazos de su amor plano y cuadrado. 
La palabra que te define no es cólera, tampoco indignación, ni siquiera "enloquecida y fuera de los límites normales de cordura", la palabra que te define, no existe. No hay tal palabra, porque tu sentimiento de ofuscamiento, rebasa el concepto de cualquier sustantivo, pero lo que sí se va a dar, es una turbulenta acción, que lo hará arrepentirse de cada sílaba  proferida.
Así que te conviertes en el León de la Metro Goldwin Meyer y le gruñes, que eso no era para nada lo que tenía que decirles. 
Que sólo lo hizo para salir del paso y que si no le interesa educarlos y llevarlos por el buen camino, a ti sí. 
Que no vas a tolerar su indiferencia y su reincidente apatía, porque para eso, ambos dos, deberán asumir el rol de padres, que en casos como estos, es impostergable. Tanto le perforas el remordimiento, que finalmente se encierra con ellos en su cuarto y habla como hacía tiempo no lo hacía. Cómo lo sabes? Porque uno de los niños sale lánguido, agotado, exhausto y cuando le preguntas, qué le pasa, te responde: "Mamá, papá nos volvió locos. Lo peor es que se pone tan repetitivo, que oírlo hablar, es como escuchar una cadena en ruso. Quiero vomitar y si te preguntas donde está Andrés, se quedó dormido. Nos enloqueció. Sólo entendimos que debíamos colaborar más contigo y ayudarte, pero má, lo repitió TANTAS veces, que con tal de no tener otra conversación como esa, te JURO, que haremos lo que sea. Ya vengo, tengo náuseas."
Por lo menos te ahorraste un buen jarabe de lengua. 
El grande al parecer, entendió el mensaje y quedó tan aborrecido, que va a preferir hacer los favores, que volverse a chinchar con un discursito cansón de Resort de Disney. 
"Ok mi rey, entonces, como veo que ya entendiste tu misión, después que termines de "vomitar", porfa "tráeme un vaso de agua, los Pirulínes que están en la despensa y la laptop, que tengo un nuevo blog que escribir y lo quiero todo para ayer.
Gracias, te amo."

miércoles, 17 de julio de 2013


PRIMERO ME QUITO LA VIDA…ANTES QUE EL PAREO

 

Ella tenía planeado ir a la playa, para escapar del mundanal ruido de la ciudad.
El hecho de huir en estampida de la inquebrantable rutina diaria, era algo que su familia nuclear le pedía a gritos, cuando se acercaba un puente o alguna otra fecha, que se prestaba para la ocasión.

Sabía que ese sería un plan inmejorable, pero siempre había algo que a ella le hacía interferencia, aunque no lo admitiese a viva voz.

Se preguntaba por qué el hecho de ir a la playa para despojarse de los demonios que la poseían en la semana, le chupaban cual sanguijuela, las buenas intenciones de romper con la cotidianidad.

Siempre la perseguía aquel rufián imaginario, como en toda historia, que le arruinaba el plan, de pasarla bien con su marido e hijos.

Esa sensación malévola, que le truncaba los planes de disfrutar de las bondades de la playa y de todos sus beneficios, no era más que su complejo de creer que no podía, (no debía) despojarse de su mega pareo, que la cubría de pies a cabeza y que era casi del ancho y largo del edredón de su cama king size.

El calor y la incomodidad que implicaba no dormir en su confortable cama, la enervaba de sobremanera, pero en realidad nada era tan perturbador, como el hecho de tener que estar semi vestida, enseñando más de lo que hubiese querido.

Su marido y su mamá le imploraban que dejara de ser tan ridícula, pero aunque ella les hacía creer que tenían razón y que si no se quitaba la cortina (que hacía las veces de pareo), no era por vergüenza, sino por frío, (con 38 grados), igual no existía fuerza humana, que le hiciera cambiar de parecer.

Sus hijos le imploraban que se bañara con ellos, pero ella buscaba la manera de salir invicta de cualquier propuesta, con tal de no tener que despojarse de su vestimenta playera.

Cuando hablaba de aquel tema, (tabú), con otras mujeres bajo sus mismas condiciones, sabía que no estaba sola. Por lo menos no tanto como se imaginaba.

Aunque algunas lo negaran rotundamente, en realidad lo que hacían era tratar de camuflar su secreto mejor guardado, aparentando una seguridad ficticia que a ella le costaba creer. Ninguna era tan transparente, como para desnudar su alma, (o su cuerpo), ante semejante situación.

Ella seguía creyendo, que la gran mayoría de las mujeres, con kilos de más, con evidentes revolveras, con flacidez a granel y con vientres fofos, que durante 9 meses portaron vidas humanas, no podían seguir manteniendo el mismo cuerpo, que una niña de 20.

Y sin embargo, por qué aun sabiendo eso, no lograba aceptar que ya era hora de dejar ser tan maniática y liberarse de una vez por todas, de ese yugo opresor que la minimizaba.

Si no estaba gorda, y la verdad se conservaba medianamente bien, por qué esa obcecada testarudez en no querer quitarse aquel trapo caluroso y aburrido, que hasta escozor le daba.

¿Quién le había dicho, que a la playa solo iban modelos con cuerpazos tallados en cincel y martillo? ¿Quién le metió en esa estrecha cabeza que tenía, que las mujeres tenían que estar 90-60-90 y no grasientas-contentas y sin cuenta?

Ella lo pensaba y lo meditaba, pero cuando se iba acercando el momento de ir a mostrar sus blancuzcas carnes, solía disfrazarse con atuendos que la cubrían de pies a cabeza, no importaba si iba en contracorriente con el resto de las féminas que desfilaban muy animadas sus regordetes cuerpos, que en lo absoluto eran esbeltos ni fibrosos.

Eran muy pocas, las que gozaban de una figura digna de portada de Urbe Bikini, y aunque ella criticaba en silencio, a aquellas que se pavoneaban con sus diminutos trajes de baños, (que dejaban entrever sus adiposidades), no tenía la capacidad de liberarse de ese complejo superlativo, que la cohibía más de lo normal.

Así fue, como tomó una decisión que le haría cambiar favorablemente su eterno pensamiento obscurantista.

No estaba un hueso, eso estaba claro, no era fisiculturista y era innegable que le encantaba engullir como los buenos.

Odiaba la dieta en la misma proporción que odiaba los lunes, cuando sabía que ese era el día de comenzar una y bastante estricta por cierto.

Quería salir tranquila, sin sentirse abrumada por la vergüenza de tener mollas, que en traje de baño, no había manera de esconder.

Condenaba todo lo que sonara a régimen hipocalórico. Cualquier palabra que tuviese relación con adelgazamiento, pasar hambre, eliminar los carbo, ahogarse en 8 vasos de agua diarios y hacer una hora de cardio, le sonaban atronadoras.

Su plan era pues, vislumbrarse como la modelo de sus sueños, aunque aquella fantasía distara mucho de la realidad.

Era una  quimera, sin lugar a dudas, pero así como era de irreal, ella debía creérsela, y no obstante, también debía actuarla y asumirla, como si luciera igual que esos figurines, que hacen su entrada triunfal en las pasarelas más afamadas de Europa.

Pero cuando lo pensaba bien, también la acechaban preguntas que la dejaban sin respuesta: ¿Por qué tanta tontería? ¿qué pretendía en realidad? ¿Por qué esas locas ganas de sentirse admirada? ¿Qué era lo que buscaba?, si estaba casada y su marido la quería.

Ella no se quería tanto como su marido, ella no se aprobaba tanto como los suyos. Sin embargo, eso no amilanaba su deseo por adelgazar, en contra de todo pronóstico.

Entonces, al final de la larga lista de preguntas que no lograba responder, ella misma concluyó que aunque los demás le hicieran creer que así estaba bien, siempre la asaltaban las dudas. Unas dudas que la comenzaron a inquietar más de lo normal, por lo que decidió pues, que debía poner manos a la obra. No sabía por dónde empezar, pero buscaría la forma.

Y la forma fue, no hacer absolutamente nada de lo que tenía planeado, porque eso ya lo había intentado miles de veces, sin resultados favorables.

Por lo que siguió igual, comiendo igual, criticándose igual y con el mismo pareo gastado, de flecos descoloridos. Mentira, eso era lo único que cambiaría; el pareíto ese de Playa el Agua, por uno nuevo y todavía más largo.

Por eso su sempiterno lema sería: “Primero me quito la vida, antes que el pareo.”

 

viernes, 5 de julio de 2013

LOS MOUNSTROS SÍ EXISTEN Y CASI SIEMPRE SON CUADRADOS

Esos programas de televisión, donde aparecen obesos descomunales, personas desbordadas de carne y metros de piel que caen a lo largo y ancho de su anatomía, sinceramente me estremecen; sabemos que es muy triste ver a un individuo confinado a una cama sin poderse mover, asistido siempre por gente que lo atienda.

No es lo mismo estar algo excedidos de peso, y seguir haciendo nuestra vida, que depender al 100% de otra persona, hasta para hacer pipí.

Sin embargo, el hecho de saber que provocan un efecto de repulsión en los miembros que integran mi familia, me parece el "time out" perfecto, para dejar de ir y venir un promedio de 27 veces del dormitorio a la cocina y viceversa, para traer un sinnúmeros de abrebocas, pasapalos y merienditas, todas ellas, muy variopintas en cuanto a sabores y texturas.

He pensado muy en serio, ponerme unos de esos patines lineales y asumir, que si voy a hacer las veces de proveedora de sustancias comestibles (durante los fines de semana mayormente), me encantará tener la opción de escoger el medio de transporte, que dicho sea de paso, deberá tener un efecto adelgazante y tonificante.

Pero hay algo en todo esto, que me llama la atención.


Es increíble que aquellos que se quedaron boquiabiertos viendo aquel ser mórbido, siempre tienen la manía patológica de repetir que ahora SÍ se someterán a un régimen hipocalórico, porque se les hace impensable llegar a parecerse a este ser rechazado por la sociedad, pero sobretodo impedido al momento de llevar a cabo sus actividades regulares.

Los integrantes de mi núcleo, comprendido por un padre y 3 hijos, observan taciturnos, abrumados y casi diría yo estupefactos, a una persona que pesa lo inimaginable y con un dejo de tristeza aseguran, que a partir de ahora, "no volverán a comer más nunca en sus vidas".

El hecho de observar atontados, al hombre aquel, de repente les quita hasta las ganas de comerse, un inocente chicle sugar free, aunque en el fondo aseguro, que aquello es producto de un sentimiento efímero, que lamentablemente, pasará al finalizar el programa.
Siempre albergo la esperanza de que la aversión les dure un poco más de la cuenta y dejen de pedir "alimentos ricos en grasas monosaturadas e insaturadas" y a mí dejen de "saturarme" con sus constantes peticiones.

Pero acontece algo, que es lo que me hace perder el control.


Inmediatamente después que culmina el programa, el próximo que capturan, (después de un exhaustivo zapping), es el de "Man vs Food".

Nada más y nada menos, que el de un hombre (Adams), que desafía a los dueños de restaurantes, comensales y público en general, a comerse hasta el último bocado de los colosales platos de comida que le sirven, solo para comprobar que él ganará el reto y que esta vez "el hombre" vencerá a "la comida".

De eso se tratará este espacio televisivo, que tendrá a todos conmocionados, gritando a favor de su protagonista, para que rompa el récord y lo supere de lejos.

Platillos suculentos, aderezados con salsas exquisitas, carnes jugosas (que por la cara del protagonista), desprenden un aroma indescriptible, acompañantes crujientes, sazonados impecablemente por el chef, ensaladas frescas, variadas, apetitosas y de colores que saltan a la vista, harán las delicias de quienes son parte de aquel espectáculo dantesco, donde el tal Adams, aupado por su público, deberá ingerir en un lapso de una hora, la desproporcionada ración de alimentos, que podría suplir fácilmente, a un promedio 5 personas.

Una vez más, los integrantes de mi staff familiar, se dejarán envolver por la magia de la televisión y si hasta hace unos minutos estaban a punto de tomarse un Primperan para evitar las náuseas, ahora todos muy emocionados me exhortan desbocados, a que les prepare unos imponentes sandwiches de embutidos variados, sazonados con todas las salsas que consiga y por supuesto con las más frescas verduras y vegetales (esto último sonó a cuña del Centralmadeirense).

Les dices que no han pasado ni 10 minutos, desde que te dijeron que les daba escalofríos llegar a ponerse como "el pobre señor de los mil kilos" y ahora en un tris, un apetito famélico aflora en cada uno de ellos, haciéndote saber que el hambre que les ruge desde las paredes de su estómago, pide comida a gritos.

Después que los apaciguas, cual encantadora de serpientes y haces que sus instintos asesinos cesen, tu hijo mediano te interrumpe, para enseñarte una nota en su agenda, donde deberás reunirte con la maestra, la coordinadora, la sicóloga y por poco, con la que hace las empanadas en la cantina, porque hace dos semanas que el niño no trae la bata de laboratorio y está como distraído.

La cita es a las 7.30 am por lo que deberás hacerle caso al despertador y levantarte de un tirón si quieres llegar a tiempo.


Y así es, como otro día más aseguras, que los monstruos que más te intimidan son cuadrados como la tele y sus programas insoportables, como el despertador y sus "sonadas en la mejor parte de tu sueño" y como la actitud de tu hijo cuando se "te cuadra" y te dice, que tienes una nota "en la cuadrada agenda del colegio".


Lo único que me falta, es agregar que este blog fue patrocinado por Wendys... Que cuadra contigo!!!

martes, 2 de julio de 2013

TODO EN ESTA VIDA...TIENE UNA RAZÓN DE SER

Aquell@s que se las saben todas más una, que se creen l@s dueñ@s de la verdad, que su palabra es la última y que parlotean con un desparpajo de manera altiva y presuntuosa. A toda esa gente que no tiene un poco de humildad, que carece de simpleza y que pisotean con ademanes, con muecas y finalmente con comentarios hirientes y tajantes a sus interlocutores, a todos ellos les digo sin tapujo, que me caen gordo. Que aunque no les importe lo que muchos opinemos de ustedes, deberían saber que son insoportables, insufribles e impertinentes.

Sería bueno que entendieran de una vez, que es contraproducente ir por la vida restregándoles a los demás mortales que son inaccesibles y bien sea por su físico, coeficiente intelectual, carrera universitaria, ingresos, percha o todas esas juntas (si es que son tan sortarios de gozar de tantos beneficios), que debería existir una ley que les prohíba ser tan petulantes y soberbios, multándolos en caso de infringirla.

¿A qué quiero llegar con todo esto?

La otra vez mi amiga Rita me comentó, que su hijo de 8 años, quien cursaba el mismo grado que el hijo de Doña Perfecta, ("Celina" para los efectos), se había hecho muy amigo del hijo de ella.

Los niños jugaban en los recreos, hacían trabajos en equipo, almorzaban juntos y un buen día, el hijo de mi amiga Rita, Tomy, le pidió a su madre, invitar a Eric a su casa.

Mi amiga aceptó encantada, pues su hijo se veía contento cuando se montaba en el carro y le contaba entusiasmado, lo bien que la pasaban juntos.

Sin embargo, cuando mi amiga fue a buscar a los niños, (según había acordado con Celina), vio que su hijo se encontraba solo y tenía una actitud quejumbrosa.

Se acercó para preguntarle y él respondió que Eric no podía ir, porque tenía cita con el dentista.

Rita le dijo que no se preocupara, que eso no quería decir que rechazaba su invitación y que ya se darían más oportunidades para invitarlo.

Se extrañó, pero no se lo hizo ver a su hijo. Si ella ya había quedado con la tal Celina, ¿por qué esta no le avisó, que el niño no iría? 

"Me di cuenta que mi hijo lloraba en silencio y que Eric se montaba en una camioneta con otros 10 niños, quienes entusiasmados gritaban" ¿Eric, qué película vamos a ver por tu cumple?"

Entonces entendí, que además de rechazar la invitación, (con una mentira trillada), también era su cumpleaños y Tomy no había sido invitado.

Pero lo peor fue, cuando mi hijo me dijo, que el mismo Eric le confesó que su mamá no quería que fuesen amigos, porque ella insistía "que no le gustaba nada ese amiguito tan poca cosa, que tiene una mamá tan mal vestida".

Yo la verdad no salía de mi asombro. Me preguntaba cómo se podía ser tan cruel y aunque traté de disimular, no podía dejar pasar aquello, que ya no sólo me ofendía, sino que estaba menoscabando la personalidad del niño.

No entendía el ensañamiento que ella pudiese tener en contra  mía o de mi hijo. Me preguntaba por qué se comportaba de esa manera, si ni siquiera la conocía bien y jamás habíamos tenido un impase.

Quise dejar pasar el incidente, pero al cabo de unos días, pedí hablar con la coordinadora del colegio. La verdad es que no pude aguantarme más y me planté para exponerle el motivo de mi rabia.

Le conté todo lo que había pasado entre mi hijo y el hijo de esta señora y después que la coordinadora Mercedes me escuchó muy atenta, me dio la razón.

Me dijo que nos reuniría a las dos para enfrentarnos y lograr que Celina me aclarara el motivo de su desprecio.

Llegó el día de nuestro encuentro. Yo llegué unos minutos antes de la hora pautada y esperé en el despacho de Mercedes a que llegara mi contrincante. Doce minutos más tarde, llegó Celina con un aire desenvuelto e irradiando una seguridad molesta.

Impecable de pies a cabeza, llevaba una cartera de diseñador y unos tacones que de verlos, me dieron vértigo.

Se sentó, pidió disculpa sin ver a nadie y con un aire de presunción dijo: "Mercedes, sabes que soy médico y no puedo perder tiempo con lo ocupada que estoy. Siempre digo que las ridiculeces por las que se pelean los niños, son justamente eso, nimiedades a las que no hay que prestarles atención. Odio a esos padres que se meten en cuanta rencilla escuchan de boca de sus hijos y pretenden que con eso, lograrán darles la seguridad y la autoestima que necesitan para crecer. Si supieran lo equivocados que están.

Claro, muchos de esos padres no tienen carreras universitarias y por supuesto carecen de sentido común para saber cómo educar a sus hijos."

Se dirigió a mí con despotismo y muy sarcástica me dijo: "Supongo que usted no es una de ellos."

Me quedé de una pieza y balbuceando le dije, que sólo quería saber el motivo de su crudeza, pero entonces ella me cortó y prosiguió diciendo: "Los niños se pelean y se arreglan en cuestión de minutos. Creo que lo mejor es no darles importancia a cosas que no lo merecen."

Mercedes y yo la escuchábamos atónitas e intercambiábamos miradas furtivas, pero una vez que culminó con su cátedra de Cómo educar a los hijos de forma intachable, Mercedes intervino: "Celina, que tal estás? Disculpa que te haya molestado. Por supuesto que sé que eres médico y me imagino lo apretada que tienes la agenda. La verdad es que Rita y yo te lo agradecemos de antemano. ¿Verdad Rita? Asentí algo turbada.

Pero esta reunión de hoy era inminente, porque Rita me contó, que tu hijo Eric, ha rechazado categóricamente a Tomy, alegando que eres tú, quien insiste en que no sean amigos, porque te disgusta lo poca cosa que es el niño.

A Celina se le había dibujado una mueca y apenas mascullaba palabras, pero entonces Mercedes prosiguió, "Disculpa Celina, no he terminado aún. Si bien es cierto que los desacuerdos que tienen los muchachos, deben resolverlos ellos mismos, también hay algunas cosas que no podemos pasar por alto, tomando en cuenta que somos una entidad educativa, seria y responsable, cuya prioridad es hacer respetar las normas de la institución, así como los deberes y derechos de nuestro alumnado.

Antes de que me interrumpas, pues ya estoy viendo las intenciones, quiero que me expliques, ¿cómo es posible que invitaras a todos los varones del grado, menos a Tomy? ¿A qué te refieres cuando dices que no te gusta el niño, o que es poca cosa?".

Celina interrumpía agitadamente y lo hacía con ademanes que evidenciaban su desespero por querer salir a flote del atolladero. Mercedes inclemente, se mantenía hablando sin gritar, pero en un tono firme y autoritario. Yo no le quitaba la mirada a ninguna y aunque quería intervenir, me callaba, porque no podíamos ser, dos contra una.

Celina seguía dando excusas sin sentido y señalando que algunos de esos argumentos no eran ciertos. Que lo más probable era, que todo fuese una confusión o una mala interpretación.

¿Qué hizo Mercedes entonces que a mí me dejó helada? mandó a llamar a ambos niños, para que expusieran sin edición, cómo se habían desarrollado las cosas. A mí me temblaba todo el cuerpo y las sienes me golpeteaban fuertemente.

No podía creer, que algo que pensé solucionar sin grandes aspavientos, terminara explayándose y saliéndose de control.

Por supuesto me alegraba, pero por otro lado, me daba mucha pena por Celina, que estaba roja de indignación y con la cara descompuesta.

Efectivamente los niños se presentaron en el despacho de Mercedes, acompañados de la secretaria.

Una vez adentro, Mercedes pidió que no le pasaran llamadas y nos solicitó encarecidamente, (pero dirigiendo su mirada de piedra hacia Celina), que por favor no interrumpiéramos la intervención de los niños, porque entonces se vería obligada a proseguir con el interrogatorio a solas con ellos y a grabarlos, si fuese necesario.

Después que yo asentí, (presa de nervios), vi que Celina se levantó de su asiento y le ladró a Mercedes que ella no estaba dispuesta a soportar que se pusiera en tela de juicio lo que había declarado; que si le quería creer su versión de los hechos, muy bien, pero que si no, le daba igual.

Mercedes supo que la tenía acorralada y después que le sugirió que tomara asiento, le dijo que su intención no era hacerle pasar un mal rato, pero que así como ella se sintió de incómoda, de la misma manera nos sentíamos mi hijo y yo.

Vi que la cara de Celina había cambiado y si hasta hace media hora tenía una actitud invencible, ahora se la veía hundida en el asiento reclinable, con la mirada caída, mientras rasgaba nerviosa, su inmensa cartera Prada.

Aunque Celina no pidió disculpas, sí vi que la burbuja inexpugnable en la que había entrado al despacho, poco a poco se desinflaba.

Mercedes llamó a la secretaria para que buscara a los niños.

Ya no hizo falta que ellos declararan; a Celina se le había caído el telón y quedaba al descubierto, la verdad sobre los hechos.

Cuando los niños salieron, Celina se puso de pie de un salto y dijo que la llamaban del consultorio y que se tenía que ir.

Por supuesto no se despidió de mí y a Mercedes le dijo "que le daba gusto que sólo quedaran 2 semanas para que terminaran las clases. Que estaba exhausta y que ojalá el año siguiente, a su hijo le tocaran amigos y madres menos complicados."

Me quedé estupefacta y no supe qué decir. Mercedes quien se había levantado para acompañarla hasta la puerta, se volvió a sentar con un gesto de irritabilidad y después que Celina salió, me dijo: "Qué lástima que la gente no cambia. Uno cree que van a aprender después de haber sido expuestos, pero sólo les dura un rato.

De antemano te digo Rita, que esto no se va a quedar así. La voy a volver a enfrentar y ella tendrá que dar la cara, para que este tipo de situaciones no queden impunes."

La miré ahogada de emoción y no tuve palabras para agradecer su gesto y aunque no fue mucho lo que le dije, ella intuyó, que yo estaba infinitamente agradecida.

Sin embargo no fue ella, quien le daría la estocada final a Celina.

Resulta que al cabo de unas 2 semanas, después de aquella reunión, me fui a la farmacia antes de llegar a mi casa, para comprar unas cosas de última hora. No era tarde, pero ya estaba oscureciendo.

Cuando terminé de hacer la interminable cola para pagar y me dirigía a mi carro para guardar las bolsas, distinguí a Celina, que acababa de estacionar su vehículo algo retirado del mío y se disponía a salir de él.

No sé por qué me mantuve impertérrita dentro de mi carro, mientras la observaba salir de su camioneta. Pero en cuestión de segundos, aparecieron un par de hombres, que salieron a su encuentro y comenzaron a forcejear con ella, para que ésta cediera y los dejara ingresar a su Lexus.

Creo que le apuntaban y la empujaban bruscamente hacia adentro.

No había nadie en el estacionamiento y yo estaba conmocionada viendo aquello. De hecho me parecía inaudito y estaba paralizada del miedo.

 

En 2 minutos, estaban los hombres dentro del carro y uno de ellos maniobrando para hacer retroceso, dejando escapar un ruido infernal de cauchos, para esfumarse y tomar directo hacia la Cotamil.

No podía creerlo, no salía de mi asombro, me era impensable lo que veía.

Memoricé la placa del carro, así como el color y el modelo. Repetía como una loca en voz alta, las letras y los números que conformaban el rectángulo de aluminio. Temblando, logré sacar de la guantera un bolígrafo que tenía y anoté en mi mano, lo que repetía con la respiración entre cortada.

No recuerdo ver, si habían otras personas que ingresaban ó salían de la farmacia, pero con el corazón bombeando y a punto de estallar, me fui volando, casi en contra vía, hasta la alcabala que se encontraba al pie de la Cotamil.

Bajé la ventana y vociferando le dije al par de oficiales, lo que acababa de presenciar.

Les dije la placa, el color del carro y el modelo, suplicándoles celeridad.

Ellos pidieron mis datos completos y aunque al principio dudé atemorizada, me dieron su palabra, de que sólo le revelarían mi identidad a la víctima.

Les creí. De hecho llegué a pensar, que Celina les daría una jugosa recompensa, si lograba salir airosa de aquella situación.

Inmediatamente radiaron a todas las unidades y aunque los minutos se volvían eternos, después de un rato supe, que lograron detenerlos justo en la salida de la Urbina tomando en cuenta las características que les proporcioné.

Celina vivió un susto terrible y la innegable experiencia de ser por poco, víctima de un secuestro, que no llegó a concretarse.

¿Cómo supe con tanto detalle todo eso? porque ella misma me llamó esa noche para contármelo.

Lo único que hacía era llorar desconsoladamente, mientras escuchaba de cerca a su esposo tratando de calmarla, pero Celina sólo repetía "es Rita, la mujer de la que te hablé, que conocí en el colegio, durante una reunión con la coordinadora."

De nuevo se acercó al auricular y me dijo: no puedo creer lo mal que me porté contigo. "No sé cómo disculparme, no tengo palabras."

Le temblaba la voz. Me la imaginé sumamente apenada y diminuta agradeciendo, por no tenerme en frente.

Quise calmarla. Le dije que descansara y que no pensara más en eso. Le pedí que no se preocupara y entonces ella siguió contándome, cuando los oficiales le dieron el nombre y el apellido de la “amiga” que le había evitado un desenlace tan amargo.

Ellos me contaron que llegaste gritando y les dijiste que me habían secuestrado. La interrumpí diciéndole que ella también hubiese hecho lo mismo, si se hallara en mi posición.

Después de volverme a dar las gracias y de pedirme perdón, no supe qué decir.

No estaba segura, si su reacción se debía a lo conmocionada que estaba, o tristemente volvería a ser la misma pedante de siempre.

Lo que sí se me hace increíble, son las vueltas que da la vida y como Dios te pone pruebas inusitadas.

Pensaba en ambas desveladas y seguro llenas de incertidumbres.

La una, por haber escapado de una de las peores experiencias jamás vividas y la otra por haber entendido, que todo en esta vida…tiene una razón de ser.

 

 

“EL ME MINTIÓ” DE AMANDA MIGUEL




Cuando el día llegaba a su fin y se acercaba la hora en que todos los miembros de su staff familiar, se disponían a dormir, a ella se le desgarraba el alma, de imaginárselos acomodándose entre las frías e impecables sábanas de sus camas, mientras a ella todavía, le tocaba hacer un tour por la casa, dando largas zancadas de un lado a otro, para terminar con las diligencias, que eran impostergables.

Veía a su esposo, quien yacía plácidamente en la cama, ingiriendo de a sorbitos un tibio café con leche acompañado de galletitas, mientras ella, seguía vestida con la misma ropa de todo el día, salvo por los tacones, que había lanzado al azar, en cualquier rincón de la sala.

Y es que por más que quisiera emular aquella actividad, que de lejos la tentaba, a ella le quedaba: acomodar el uniforme de sus hijos, preparar los bolsos para las actividades extracurriculares, revisar cuadernos y firmar cuanto papel con membrete le engraparan, seleccionar certeramente el menú que se prepararía para el almuerzo y la cena del día siguiente, guardar la ropa planchada, preparar su bolso para el gimnasio y dejar un mínimo de 3 cheques previamente firmados para personajes tan variopintos como el plomero, el carnicero y el técnico de la nevera.

Una vez, que el reloj apresuraba su marcha, y ella veía con desgano que se acercaban, las 11 y rápidamente las 12 de la noche y todavía muchas de las faenas no llegaban a su fin, le entraba el diablo (con trincho incluído) y las sienes le palpitaban con fuerza, susurrándole, que otra noche más, ella sería como siempre, La última de los Mohicanos.

Después que terminaba de recorrer la casa un promedio de 37 veces, del cuarto a la cocina, de la cocina a la sala, de ahí a los cuartos de los niños y por fin era su turno de irse a acomodar en “el sobre”, brotaba cual murmullo, la petición afable de su esposo, (al que ella consideraba completamente sumergido en brazos de Morfeo), quien le pedía un vaso de agua y una fruta, “porque con el repiqueteo que tienes caminando de acá pa´ llá, no he podido pegar ojo”.

Ella quería imaginar, que aquello era una mala pasada de su imaginación y que como estaba tan exhausta, escuchaba voces fantasmales que a estas alturas de la noche, todavía le pedían favores y la instaban a traer y a llevar todo tipo de provisiones. Pero no, resultaba que esa voz somnolienta, tan real como el agotamiento que sentía, se imponía retumbando y haciendo eco en el silencio de la casa, para solicitar lo encomendado, con el fin de retomar el sueño perdido, acompañada de unas “gracias mi vida, te amo.”

Ella hubiese deseado tener a mano un zapato de tacón de aguja y la puntería certera de saber que si lo lanzaba, aterrizaría en cualquiera de los ojos saltones que la miraban complacidos, pero algo de conciencia, le impedían aquella acción truculenta y en cambio lo que musitaba era un “guao, juraba que ya estabas dormido… uff, qué pesado eres”.

A cambio de eso, ella le pedía un único favor a su marido, que era lavar el plato y el cuchillo, una vez que terminara de ingerir su munchi, porque ella no lo iba a esperar, ya que estaba abatida y necesitaba dormirse de una vez.

El prometía hacerlo y ella entonces se dejaría llevar por la maravillosa sensación de sueño, que la envolvería por completo, de pies a cabeza, en tan sólo 10 minutos.

Sin embargo, ¿cuál sería su sorpresa?, que a la mañana siguiente, cuando ella se levantara para empezar su cruel rutina, se encontrara repugnada, con que el plato de cáscaras de manzana, nunca fue depositado en el fregadero, y que gracias a eso, la mesita de noche de su marido, era recorrida por hormiguitas minúsculas que caminaban en zigzag, alrededor de diversas gotas pringosas de fructuosa, lo que le despertaban unas ganas incontenibles de asesinarlo.

Aquello, no sólo le provocaba una aversión estomacal, también tuvo que aceptar, inmensamente dolida, que él la había engañado desvergonzadamente y que ella jamás volvería, a ser la misma de siempre.

Eso, además de tenerla contra el piso, la convertiría en una mujer fría, calculadora e impía. Tatareaba con desenfreno y a capella, la polémica canción ochentosa de Amanda Miguel… El me mintió.

Descubrió, que ya no era suficiente con ser la última en irse a dormir, ahora debería hacer las veces de wachimana de su familia y de que los platos de las diversas merienditas, fueran llevados al fregadero, los televisores y computadoras estuviesen apagados, así como las luces de todas las mesitas de noche.

¿Cómo soportaría vivir con esa verdad agoniosa? ¿Cómo enfrentaría la vida, sabiendo que su marido era un ser despiadado, que rompía sus promesas, sin ningún pudor?

Por supuesto no se quedó callada y le echó en cara lo abusador e indolente que era. El trató de defenderse, aludiendo que el sueño lo había vencido inevitablemente. Ella juró tomar represalia y no descansar hasta hacerle entender, lo espantoso que era dejar a la intemperie, un plato de desechos, aludiendo que aquellas alimañas minúsculas, podrían haber invadido su cama, y si eso ocurría, el cataclismo sería insoslayable.

El la miraba sorprendido y no entendía que aquello pudiese ser tan grave. Se preguntaba si su mujer, estaría rayando en la locura patológica de tener todo impoluto, o aquello en realidad, merecía tal despliegue de revuelta.

El juró por su vida, no volver a cometer tal infracción. Ella no supo si creerle, pero lo vigilaría muy de cerca. Después que él ingiriese alguno que otro bocadillo nocturno, ella se haría la dormida, a ver si él, por motus propio, se dirigiría a la cocina, a lavar lo que ensuciara, porque si no era así, “ayayai Maracay”...   

Finalmente, cuando el sol se ocultaba, las actividades cesaban y la casa se reducía al sonido de los aires acondicionados y a una que otra tos esporádica, era hora de entablar una seria conversación con Dios, donde le agradecería con el alma, haber hecho entrar en razón a su marido.

Jamás irse a dormir, dejando al descuido, residuos de líquidos o sólidos de cualquier sustancia comestible y por supuesto, no tener que volver a tararear más nunca, la canción que le provocaba un sentimiento de malestar indescriptible...“El me mintió de Amanda Miguel”.

D.I.E.T.A.S

Desgracia

Inventada

Erróneamente

Tentándonos

A

Sucumbir
 

Hablando con varias amigas sobre la agoniosa tarea que implica empezar y mantener un régimen de dieta hipocalórico, llegué a la conclusión, de que sí bien es cierto, que son muchos los detonantes que nos impiden llegar a nuestra meta, comprendí finalmente que la única vía para poder alcanzar nuestro nirvana, será consumiendo la ventiúnica zanahoria repartida a lo largo de 24 horas y que será mejor masticar unas sesenta veces por aquello del “efecto llenura”.

Muchas de estas mujeres comentaban, que adjudicaban su fracaso, a la ausencia de paz en sus vidas, a la falta de equilibrio entre cuerpo y mente, al estrés de su día a día y a la rutina en general, siendo ésta última, el principal arma mortífera, capaz de truncar la intención de someternos a una dieta certera.

Algunas interrumpían aquella cháchara hueca y simplona, asegurando que eso no era más “que falta de voluntad y punto” (a lo que yo estaba de acuerdo) y de nuevo el primer grupo se imponía diciendo, que esa merma de arrojo, se debía al hecho de tener que lidiar con una rutina, que cual espectro, se nos aparecía cada día, para que agotadas tuviésemos que repetir el discursito cansón a nuestros hijos, de que se metieran a bañar, se fueran a dormir, hicieran sus tareas, estudiaran, arreglaran su cuarto, no pelearan entre ellos, además de hacer mercado, ir a la tintorería, a la farmacia, y pelear con el pescadero, entre otras actividades.

Ellas seguían conversando y concluían, que esos eran algunos de los muchos motivos que nos cercenaban la voluntad de comenzar un régimen de dieta, dando por ganador sinequanon al suscitado por la mujer de servicio, cuando nos decía de manera estrepitosa “señora tengo que hablar con usted”.

Reconocíamos que aunque tales circunstancias, tenían solución a corto o mediano plazo y tampoco eran fin de mundo, (no, ni pa qué), no nos cabía la menor duda de que eran los culpables de restarnos la energía, de chuparnos la fuerza y en definitiva de succionarnos la tranquilidad esencial, para poder finalizar el día en santa paz y sin ganas de saltar al vacío.

Según algunas de ellas, estos succionadores por excelencia, uno proporcionado por los hijos (y la rutina en general) y el otro por el humor azaroso de la verduga de la casa, “son sin lugar a dudas, uno de los detonantes más peligrosos con el que nos topamos en nuestro día a día, pues sin miramiento derriban, nuestras ya menguadas ganas de empezar una dieta, que dicho sea de paso, se compone de pechuga de pollo disecada y la cantidad exacta de 7 vainitas sin sal”.

Quise saber, ¿por qué ellas le achacaban a estos elementos la culpa infinita de romper en mil añicos la voluntad de llevar a cabo una dieta hipocalórica?, ¿por qué no se buscaban a otros chivos expiatorios a quien soltarles la ausencia de fuerza? y supuse que era porque los otros motivos, tan exasperantes como éstos, casi siempre tienen una solución asertiva, mientras que estos impulsos perniciosos y condenables, escapan de nuestras manos y son los culpables de hacernos sucumbir sin remedio, a la ingesta deliberada de alimentos calóricos, que a la final actúan como pacificadores de las ansias locas y del descontrol irracional.

Sin embargo, en un arrebato de furia, una de las ponentes señaló “que por supuesto que había un mar de sucesos que nos empujaban a romper la dieta y a comer enloquecidamente, como por ejemplo cuando nos chocan el carro después de estar un mes en el taller, o cuando vemos espantadas que la peluquera nos dejó los reflejos color Naranjita Hit”.

Sin embargo estos últimos indicadores, aunque también son irreversibles y colaboran a que nos hundamos en nuestro propio fango compuesto a base de triglicéridos y colesterol (del malo), definitivamente no lo son tanto, como la rutina originada por los deberes que no podemos soslayar.

Y es que según testimonios de estas mujeres, la crianza de los niños, atender al marido, tener la casa impoluta, pero sobretodo dormir tranquilas a sabiendas de que tenemos a una mujer de servicio que yace bajo nuestro mismo techo, son los verdaderos causantes, que harán de nuestro plan alimenticio, una vorágine epicúrea, que nos envolverá con un halo divino si lo culminamos estoicamente o por el contrario, se convertirá en un vía crucis, que nos hará desfallecer, (en términos famélicos) si nuestro corre-corre sufre de anomalías.

El hecho de irnos a acostar para enfrentar el nuevo día, sabiendo que contaremos con una mujer que a la mañana siguiente estará ahí para atendernos, no como nos gustaría, pero que estará ahí, físicamente visible y audible nos hará recobrar la paz ensoñada que dábamos por pérdida y la otrora felicidad de irnos a la cama esbozando una sonrisa tan placentera, que nadie jamás podría entender, aunque se lo explicáramos en versión “para Dummies”.

El inconveniente se presenta, cuando al cabo de 2 semanas, este personaje sin corazón ni sangre en las venas, nos suelta que se tiene que ir “para siempre”, porque la Lopna le va a quitar a sus hijos, (aunque nos dijo que era estéril), o porque su abuela de 103 años, acaba de dar a luz morochos y ella tendrá que criarlos.

Y así es, como de nuevo la rutina, acechando cual monstruo de 9 cabezas (como la Hidra), irrumpe en nuestra dieta vertiginosamente y decidimos, empachadas de los niños, del carro que se nos accidentó y de la ausencia física, mental, espiritual, social, deportiva y cultural de la mujer de servicio, zamparnos en 3 bocados, la olla de espagueti con salsa bechamel, (todo esto de pie y con la cartera puesta), los 2 tubos de Oreo Tipo Americano y el cereal de peloticas marrones que los niños dejaron, ya hecho un caldo marrón y grumoso.

Entonces me doy cuenta, con un dejo de nostalgia, que esta historia que se repite en una y cada una de las mujeres que habitamos la Tierra, la galaxia, la litosfera, la estratósfera y la mesósfera, se convierte en nuestro modus vivendi. No importa que siempre haya una que levante la mano y diga que eso no es con ella; lo más probable es que el resto de las mujeres “standard” herviremos de cólera, al sabernos parte del grupo de las desdichadas que todos los días de sus vidas, deberemos lidiar con el peso y sus nefastas consecuencias.