lunes, 30 de septiembre de 2013

Será que invoco a "Shazzan" o a "Mi Bella Genio"?

Hay 3 órdenes puntuales, que una como madre, le impone a los hijos, que a menos que vengan acompañadas por una amenaza,
un chantaje, o una extorsión tipo película de gángster, es increíble, que ninguna de ellas es ejecutada la primera vez que una las vocifera.
La primera, (a la que particularmente le tengo una tirria indescriptible) es: "Porfa métanse a bañar".
Una orden sencilla, que una comienza dando, primero en un tono de persona apacible, -con pulsaciones y latidos de corazón normal-, pero que en la medida que se pronuncia, se va degenerando al punto, que diciéndola 12 veces -suplicando primero, y amenazando con quemarlos y lanzarlos carbonizados por las ventanas después-, es que finalmente la acatan.
Claro, la misma conlleva una logística engorrosa, que es llevarlos prácticamente empujados hasta las duchas y por poco calentarles el agua, no sea que se arrepientan en el ínterin.
Ese martirio, que te deja exhausta y con ganas de someterte a una cura de sueño permanente, te comienza a invadir desde que vas manejando en el carro, -a tan solo una cuadra de llegar a tu casa-, hasta que llegas, y ya desde el estacionamiento, empiezas a
maquinar con alevosía, qué historia electrizante usar esta vez, para que los niños accedan a bañarse sin tanto desgaste físico y verbal.
Una vez que logras, -que aunque sea uno de tus hijos entre a la ducha-, te sientes tan agradecida con la vida, que no sabes si reír o llorar.
El sentimiento de felicidad que te embarga, hace que te olvides que aún quedan más individuos a los que tendrás que implorarles que se bañen, se laven el pelo y los dientes, además de recordarles que traten de NO desmembrarse entre ellos, cuando empiece la tanda de peleas tipo "azotes de barrio", muy común en horas de la tarde.
Pero aún hay más, después que finalizas con esa escalofriante parte del pandemónium de tu rutina, te acuerdas que quedan 2 órdenes más a las que ellos tendrán que acceder y que de sólo pensar, te da retortijón estomacal.
La segunda, es que "por favor se sienten a comer."
Se supone que llegan famélicos de la calle y todo el camino te martirizan preguntándote, qué hay de cenar, porque si no ingieren nada en los próximos 20 minutos, tendrás que inyectarles suero intravenoso y por poco intramuscular. Pero una vez más, te sorprende que después que llegan a la casa, -y se van despojando cual Mickey Rourke y Kim Basinger de toda la indumentaria-,  se acuestan plácidamente a ver la tele, sin ánimo de merodear la cocina a esperar a que les sirvas.
Ahí es cuando emerge la segunda norma, -que desde unas cuerdas vocales gastadas, todavía son capaces de soltar un chirriante alarido-, que los insta a levantarse, para recojer el camino de ropa que fueron dejando y se instalen a comer.
No se supone que están a punto de perder la visión y caer en redondo por inanición? les preguntas a sabiendas que la respuesta será un murmullo.
Pero aquella segunda orden, que pronuncias suplicante, tampoco es acatada.
Por lo menos no a la primera, -ni a la segunda ni a la décima-, sólo cuando te conviertes en un mix de Godzilla y Freddy Krueger, es que aquella norma cobra vida y se materializa.
Aunque debo destacar, que de la manera en que se levantan, pareciera que estuvieran en medio de una procesión, pues sólo oyes "qué fastidio, tengo sueño, estamos cansados, entre otras".
Estás más que eufórica.
Dos de las tres peticiones son realizadas, aunque a duras penas, sin embargo eso no mitiga tu esperanza por saber que poco a poco, verás la luz al final del túnel.
Por fin, te queda la última, que es mandarlos a hacer tareas, o -en caso de no tenerlas-, pedirles que se duerman.
Esa sí cuesta. Es casi tan dolorosa, como tener que levantarte un domingo a las 3 de la mañana para llevar a un familiar al aeropuerto, (porque ya se lo prometiste).  Vaya promesa...
Sin embargo esa tiene dos lados.
Uno terrible, que viene dado por ser la última orden del día y como es lógico, la que das con el último suspiro, y otro lado, que es como el canto de las sirenas de Ulises, seductor y sublime, pues el hecho de saber, que por fin se van a dormir, y que habrás llegado a la meta, -llevando a buen término tu rutina-, es uno de los deseos que le pedirías a Shazzan o a Mi Bella Genio, si se te aparecieran.
Y es que lograr que se bañen, coman, hagan tareas y se vayan a dormir, son actividades extenuantes, que si bien es cierto que te pulverizan la energía y te sustraen las fuerzas, también te hacen entender que si eres madre, esos serán algunos de los "sencillos pasos" con los que lidiarás si tienes hijos entre 0 y 18 años.
Me imagino que ya después de esa edad, si te les plantas con esa carita de insoportable que pones, te mandarán a freír monos en salsa de ostras y mejillones.
Así que aprovechen ahora, que todavía son niños, (manejables y maleables), que después todo esto será, un dulce recuerdo del pasado, que seguramente, hasta echemos de menos.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

A LA BIN A LA BAN A LA BIN BON BAN
LAS CLASES EMPEZARON
RA, RA, RA

Aunque este blog tenía que haberlo publicado hace un par de semanas, nunca es tarde, cuando la dicha es inmejorable.
Así es que con esta melodía pegajosa, empiezo mi blog de esta semana.
Y cómo no festejar dando saltos de felicidad por toda la casa? Cómo no celebrar con bombos y platillos, el hecho de que nuestros hijos por fin empezaron las clases?
Así como una está deseando que se terminen en julio, para dejar de levantarnos temprano, o ponernos con ellos a hacer tareas, maquetas, cartulinas (a las 10 de la noche), estudiar las partes de la flor, o dividir entre 2 dígitos con comas, también anhelábamos -de manera rabiosa-, que las clases empezaran de una vez y la casa fuera sólo para nosotras, -además de toda la mañana-.
De escribirlo, se me hace la boca agua.
Que no quede la menor duda de que los amamos, -eso no hace falta decirlo-, pero no me digan ustedes, que no era hora de que por fin pudiésemos salir libres y ligeras, y sin el "má, quiero hacer pipí, má, tengo hambre, má, cuánto falta para que nos vayamos a la casa, má estoy cansado".
Si comieron o no, si están aburridos o no, no te enteras, pues están en el cole, y eso te hace tan feliz, que de confesarlo me da "cosa".
Es una euforia indescriptible el hecho de ir en tu carro con el aire acondicionado en el nivel que te provoca, la radio en la emisora que te gusta, o escuchando tu cd predilecto, y no Steve Aoki, David Guetta o Thomas y sus Amigos.
De vez en cuando no molesta, pero sí cuando te lo imponen y ni siquiera te lo consultan, -lo hacen y punto-.
Y es que si te paras en la panadería a comprarte un café, el hecho de bajarte libre como el viento -y no con la pandilla-, teniendo que dar las instrucciones típicas para estos casos-, es algo que de vez en cuando, necesitamos hacer solas, para nuestra salud mental.
No siempre podemos estar repitiendo: "denme la mano, cuidado por donde caminan, pendiente de los carros, etc".
De hecho es agotador.
No quiero imaginarme, que algunas de ustedes, puedan ser de esas mamás, (que seguro las hay de sobra) que no está de acuerdo con esto, disque porque se cree la abnegadita y jamás se le pasó por la mente que los hijos en vacaciones son como un attachment. Aunque por otra parte, nos sentiríamos peor si los dejáramos en la casa solos y aburridos.
No creo que sea terrible querer desprenderse un poquito de ellos.
Me gustaría ver a esas "súper mamás", por un huequito, cayéndole a gritos al pobre niño, porque obviamente está exasperada y ya lo que quiere es meterle un sólo sopapo, para que la deje en paz dos minutos.
Que no me diga, que ella añora esos momentos con sus hijos, donde los tiene pegados con chicle, membrillo, pega loca y por poco con cemento.
Aquí entre nos, no le creo.
Me la imagino fuera de sí, y seguro rompiendo la dieta en mil pedazos, y matándose con el esposo (o la mamá), porque le dijeron "hola".
Obviamente que amamos a nuestros hijos, pero cada uno en lo suyo, los adoramos, pero no las 24 horas del día encaramados en nuestra cabeza.
Damos gracias a D-os por tenerlos, pero también necesitamos tiempo libre y eso es algo innegable, -si hablamos sin censura.
Antes de proseguir debo aclarar que este blog es únicamente para madres con hijos con edades comprendidas entre 0 y 15 años.
Ya después de esa edad, seremos nosotras las que les supliquemos que nos acompañen a hacer nuestras diligencias, porque será natural que para ese entonces, estén con los amigotes, y quién sabe si con novi@.
Ya no nos verán -como nos ven ahora-, con esa carita de querernos y necesitarnos. Creo que para ese momento, los papeles estarán invertidos ineludiblemente.
Nosotras anhelaremos estar con ellos, mucho más tiempo del que ellos quieran pasar con nosotras.
Por ende nos quejaremos, -porque el tiempo se nos fue volando- y nos daremos cuenta -muy tarde-, de que se hicieron grandes, así de repente.
Es por eso, que pensándolo bien, aprovechemos al máximo que son chiquitos y aún les somos indispensables. Pero eso sí, antes de salir con ellos a la calle, cerciórense de que hayan hecho número 1 y número 2, hayan comido, y el celular tenga suficiente batería para que se los puedas prestar y no se aburran mientras te acompañan.
Así podrás mantener las pulsaciones y el ritmo cardíaco dentro de los límites normales, y no los chantajearás de que te va a dar una hemiplejia por culpa "de lo mal que se portan".
Por eso digo, -sin que me quede nada-: "A la bin, a la ban, a la bin bon ban, las clases empezaron Ra, Ra, Ra.

domingo, 15 de septiembre de 2013


CANDY CRUSH... 
I can't fight this feeling any longer

Ultimamente, al parecer, todo me atrapa. 
Ya no me queda voluntad para decir NO, a las cosas que  engordan,  me hacen perder tiempo, y de alguna manera, no me proveen de grandes beneficios.
En resumidas cuentas, me refiero al jueguito ese Candy Crush, que me domina al punto, de que ya no me importan, ni los gritos atronadores de mis hijos (por lo que alucino para que las clases empiecen), ni el hecho de dejar de ir al Gym, por entretenerme jugando toda una mañana. 
Eso si está mal.
Es impresionante, que cuando estoy muy concentrada jugando, los alaridos de los niños -aburridos, hastiados, y hambrientos-, aunque creo oírlos, en verdad no los oigo. Entienden a qué me refiero? Espero que sí, pues probablemente no estoy siendo muy explícita. Lo cierto es que incluso haciendo lo que más me gusta, como lo es escribir, también eso "lo finiquito en un tris", para volver a mi "adorado-embriagador-no me puedo despegar"-, jueguito Candy Crush.
Si bien es cierto, que escucho voces fantasmales -pidiéndome mil cosas por minuto-, es maravilloso descubrir, que estoy tan ensimismada en pasar de nivel, que sólo oigo murmullos a lo lejos, más no palabras, ni peticiones, ni menos reclamos de que "otra vez mamá está jugando y no nos oye". 
Me sorprende saber, que haya conseguido tal nivel de concentración. 
Sin embargo, después que caigo en cuenta, que debo "regresar", me pregunto quién habrá sido el/la tont@ que me habló de ese juego de los mil demonios? 
Quiero que sepa, que esta cómo loc@ y que eso no se le hace a la gente que uno quiere.
No quisiera creer que las personas dejamos de trabajar, de pensar y de salir a hacer nuestras diligencias (más urgentes), porque estamos poseídos por las imágenes chispeadas de caramelitos explotando, -en un fascinante espectáculo multicolor-, que es lo que nos atrapa desde el primer momento que lo jugamos.
Ese Candy Crush, es adictivo. 
Son caramelitos virtuales que seguro tienen alguna sustancia, -que aunque no probamos-, nos hace desearlos cada vez más. 
Y es que hablando por mí, sino paso el nivel 30 -que es en el que estoy atascada-, me siento morirrrrr. 
Cuando me sosiego y se me pasa la crisis, me pregunto si estaré normal? Pido 5000 vidas por minuto, porque las que te asigna el jueguito, son de apenas unos pocos movimientos que no dejan "bajar los ingredientes, ni eliminar toda la gelatina".
Qué cosa no? 
Si en algún momento supuse, que aquello me iba a relajar, me equivoqué, lo que hice fue estresarme, al punto de dormir soñando con  caramelitos explotando, para levantarme al rato, -sudando frío y con palpitaciones -, porque en mis pesadillas se me aparecía el genio diciendo que "no superé el nivel" y luego el pobre corazón -(llorando descompasado), solicitándome que le pidiera  más vidas a mis amigos de Facebook.
Quiero creer que no soy la única desquiciada, -en este mundillo virtual-, que además de estar "sometida", por las adicciones normales (galletas Milano), ahora también lo estoy por la saga acaramelada e infinita.
Aún cuando no fuese la única, y muchos de ustedes puedan estar pasando por lo mismo,  tampoco eso me consuela. 
No es normal, aletargarme toda una mañana, por quedarme como una sonsa, viendo la manera de juntar 3 caramelitos del mismo color, para conseguir 40.000 puntos en tan sólo un minuto.
Qué locura es esa? 
Quería que supieran, que si esto se les parece a un blog, en verdad no lo es. 
Es un sentimiento que me atormenta, y que quería compartir, sólo para saber, si al igual que yo, también están perdiendo la cordura. 
Me reniego a creer que soy la única que alucina con el tipo de bigotes -que da la orden antes de empezar-, el geniecillo diciendo que no superé el nivel-, o la niñita con cara compungida, -porque no lo pasé-. 
Muy pocas veces he visto a la niñita feliz. Conmigo particularmente, la pobre pasa más tiempo llorando que riendo. 
Pobre...
Después que termino, y el "corazón llorón" me da la mala, es hora de volver a mi vida normal y entender, que la saga Candy Crush, aunque me haga pasar un rato "tasty y sweet" me aleja de mi realidad y eso me hace Crush en el estómago. 
Para mal de males, cuando veo que no paso, me da un hambre atroz, lo que me hace devorar -en tiempo récord-, todo aquello que sea sweet, haga crush y sea delicious.
Sin embargo y ya para terminar, unas breves palabras.
Querido Candy:
quiero que sepas que quisiera odiarte , pero no puedo. 
He tratado de abandonarte miles de veces, pero siempre viene un idiota a hablarme de ti, lo que me hace recordarte con melancolía y un dejo de tristeza.
Sin embargo, sé que conseguiré la manera de apartarte de mí. 
Ya lo verás Crush, tarde o temprano lo lograré...




lunes, 9 de septiembre de 2013

Y QUÉ SALIDA ES ESA?

Cuando por ejemplo mi esposo y yo, tenemos planeado ir al cine, el primer holograma virtual que se me aparece, más allá de la película, la hora en que la pasan y los actores, son las gloriosas cotufas recién hechas, que empiezo a saborear en el mismo instante en el que adquiero las entradas. Saladitas y tan ligeras, que además de exquisitas, le atribuyo el plus de que no engordan, o por lo menos no tanto como otros snacks. 
Qué suerte! -exclamo desde que me monto en el carro-, "saborearé unas ricas cotufas, mientras disfruto viendo la peli, que puede ser de Cantinflas o del Llanero Solitario, -me da igual-, en realidad lo que me importa, no es ver, sino masticar." 
Efectivamente llegamos al centro comercial, y mucho antes de llegar al área de los cinéfilos, empiezo a dar grandes bocanadas de aire, que vienen aderezadas con el inconfundible olor de cotufitas. 
Una vez ahí, nos repartimos las actividades: mi esposo va a buscar las entradas y yo hago la kilométrica cola para comprar los munchis, que en caso de que la película sea mala, por lo menos nos harán más divertida la función. 
La cola es lenta, aburrida, y me da la impresión de que la gente que está pidiendo, no ha cenado hace una semana. 
Ellos no quieren cotufas, lo de ellos es perros calientes, hamburguesa, club house y por poco milanesa de pollo con puré y ensalada, además de brownies con helado. 
Sólo en caso de que quedaran fallos, entonces rematarían con unas cotufas. 
Guaooo qué hambruna! 
A veces pienso que algunos de mis vecinos de cola, son los participantes de  Robinson, La Gran Aventura ( se acuerdan del reality show?) y como están llegando de la expedición, por eso están famélicos. 
Por fin se llenan hasta el techo de mucha comida chatarra, hasta que llega mi turno. 
Pongo mi mejor sonrisa y pido dos cotufas en combo, -además de un Ping Pong-, el que me encanta entremezclar en el tobo, para poder reafirmar contundentemente, por qué engordo con esa facilidad.  
Pago, guardo las chuches en la cartera y comienzo a dirigirme con sumo cuidado a la sala de cine. Subo poco a poco las escaleras, -porque mi asiento está en la penúltima fila, por lo que soy muy cuidadosa de pasar aquel trecho, hasta lograr acomodarme.
Una vez que llego, me siento y reparto los snacks. 
Soy tan feliz, que agradezco a la vida ese momento de paz añorada con mi esposito, sin gritos ni regaños (ya saben a qué me refiero). 
Es entonces, cuando me dispongo a comer muy gustosa mis ricas cotufas, hasta que desafortunadamente, un codazo no previsto, -del equis que tengo al lado-, hace que vuelque el tobo entero, convirtiendo mi sueño en una pesadilla.
Medio escucho murmullos de disculpas del tipo aquel, pero en medio del caos, lo que hago es escudriñar el tobo, al que sólo le quedan 7 tristes cotufas en el fondo.
Qué expresión ponzoñosa, creen ustedes, que sea la adecuada para un momento como este? no la escribiré porque el relato se tornaría vulgar. 
La cuestión es que el corazón junto con las cotufas se me caen al piso, y después de recoger -sólo el corazón y acomodármelo -, decido entonces volver por más. 
Mi esposo hace mil intentos para convencerme de que me quede con sus cotufas, (o peor aún que las compartamos), pero adivina, que por la mueca de desagrado que pongo, lo mejor es lo que hizo, revisar su celular y hacerse el loco.
El lema que impera en estos casos es no insistir, porque la poquísima paciencia que me queda, podría ser "inflamable".
En ese momento concluyo que el problema no es la cola abismal, tampoco los empujones de la gente, ni que la cajera no tuviera vuelto, el problema es, volver a salir, considerando que ya las propagandas se están terminando y que en cualquier momento empieza mi peli. El otro gran problema es que no cené y que tengo un hambre voraz, así que de pensar que me atragantaré  de todas las cochinaditas que compré, me hacen caer en cuenta que lo más sano será comer cotufas para apabullar el apetito. 
Y ese es el motivo ganador, para salir de la sala, y volver a hacer la insoportable cola.  
Trato de convencer a uno de los chicos que trabaja detrás del mostrador, explicándole lo que me ocurrió. Estoy convencida, que para que mi performance sea un éxito de taquilla, deberé hacer un convincente puchero, que me haga ver lo triste y compungida que estoy por todo aquello. 
Después que esta persona se apiada de mi suplicante verborrea, me da un nuevo tobo de cotufas. 
Muy feliz me dispongo de nuevo a subir las escaleras, hasta llegar a mi puesto; pero lamentablemente, una vez más, (parece que el destino esa noche se ensaña contra mí), me tropiezo con una bandeja que está en la mitad del camino y de nuevo, se me vuelven a caer las cotufas, las que salen desparramadas por todas partes. 
Por un momento creo ser el doble de Mister Bean y que si hubiera un concurso de imbéciles, lo ganaba sin dudar.
No puedo creerlo. 
Otra vez me quedé sin las cotufas que estuve saboreando, desde que compré las entradas.
Pronuncio un improperio para mis adentros, además de decirle al inteligente que puso su bandeja fuera de la fila, que me muero de la rabia por lo que me acaba de pasar, pero que no se preocupe. 
No está bien  perder la compostura, así que una vez más, voy por ellas.
Me dirijo al muchacho, -con quien hablé la primera vez-, y aunque este cree que lo estoy engañando, -adivino que en el fondo le da igual-, (la empresa no es de él y no se va a poner a discutir por eso), por lo que me vuelve a refilar mi tobo, sin arrugar el ceño. 
Le agradezco  desde lo más profundo, y de nuevo me dispongo,
ya algo aburrida, a subir con mis cotufas. 
Me digo, "A la tercera, la vencida", y así es como llego a mi puesto, sin que se me caiga ni media.
Mi esposo está en estado de conmoción y aunque se ríe, me ayuda a acomodarme. 
Me perdí la cuarta parte de la peli y el trata de explicarme de qué va, la gente empieza a silenciarnos -porque es obvio que molestamos- pero después que más o menos tengo el hilo, y que me está gustando,  -horror-, la cinta empieza a tener fallas de sonido e imagen. 
Hasta que de repente, escuchamos un ensordecedor sonido, como de corto circuito, y la pantalla se pone negra. PUEDEN CREERLO???
La gente comienza a vitorear, que les devuelvan su plata, que si las chucherías que compraron, que si el ticket del estacionamiento, -por poco exigen la gasolina del carro que pagaron para llegar hasta ahí-. 
Hasta que luego de un rato que encienden las luces, -y no hay movimiento de reanudar la película-, aparece una señorita aclarando, que hay fallas en el sistema y que por favor nos dirijamos a la salida para firmar nuestros tickets y sellarlos para una próxima función.
Muchos se quejan, se enfurecen, piden hablar con un supervisor, y como siempre los comentarios que no faltan: "por eso estamos como estamos", pero a la final, por más quejas, no se logra nada. Nos quedamos sin peli que ver, con un tobo inmenso de cotufas y la cartera explotando de chuches. 
Cuando llego a mi casa, después de esa salida infructuosa, sólo me falta ponerme en posición fetal, mientras enciendo y apago la luz de mi mesita de noche, a la vez que me pregunto: "Y qué salida fue esa?
al parecer la propia para escribir un blog... 





miércoles, 4 de septiembre de 2013


SE RESERVA EL DERECHO DE ADMISIÓN 

Un hombre en la cocina, es como un elefante en una cristalería. 
Así mismo. De hecho no hay un símil que lo defina mejor.
Claro, me refiero a hombres inexpertos en las lides gastronómicas, que lo que causan con su presencia, -en este espacio de la casa-, es enervar a sus mujeres porque todo lo que hacen, toman, manipulan y se sirven, casi siempre tiene un final catastrófico.
Si por ejemplo el caballero va a servirse un vaso de jugo, le da igual dejar una aureola debajo del vaso, lo que lo delata de su fechoría. 
Si pica una fruta, un pedazo de ponqué, o abre una lata de whatever, las pistas que te llevan a pensar que él es el autor intelectual y material, de la "cochinadita aquella" son inequívocas. 
Y cómo lo sabes? porque los restos de comida que deja en la mesa y en el piso -de aquello que picó y se sirvió-, te llevan a pensar, que él es el "abominable hombre de las nueve", pues a esa hora de la noche, después que ya cenó, empiezan las idas y venidas a la cocina, la que deja más arrevuelta que la de Ramsay Gordon.
Es justo en ese momento, que deja de llamarse cocina, para convertirse en "cochina".
En lo particular, estoy por comprar en Amazon un cartelito que diga "Reservado el derecho de admisión", que deberá ser sujetado por un tipo recio con cara de asesino a sueldo.
No entiendo para qué entran, si igual tooooodo lo piden, y con eso me refiero a vasos de agua, café, galletas, más café, fruta (obvio que picada) y variados munchis, por lo que no deberían, -never and ever-, atravesar el umbral de la cocina. 
Estoy convencida que los maridos -y también los hijos-, deberían verla como si fuese un campo minado, que en cualquier momento puede hacer CABUM. 
Es preferible, que seas tú misma, la que tenga que ir mil veces, del cuarto a la cocina y surtirlo, que dejar que él pueda penetrar aquel espacio -que has cuidado al extremo-, para que por lo menos, lo que queda de noche, se mantenga impoluto y libre de residuos comestibles.
Cuando crees que ya nadie mas perpetrará aquel sitio, que después de cierta hora declaras inexpugnable, entonces viene tu marido, en un momento de descuido, e irrumpe nuevamente en ella. 
Ya desde el cuarto, cuando no lo tienes al lado y llamas y no contesta, adivinas que está haciendo de las suyas. Efectivamente compruebas tu hipótesis, cuando lo ves entrando al dormitorio, con una sonrisa de complacencia y un nuevo plato, de cualquier meriendita post cena, -lo que te da ganas de prenderte en llamas-.
No quieres ni imaginarte la "guarrerita española" en la que convirtió la cocina, cuando por ejemplo peló la fruta y dejó cascaras a la intemperie, o cuando al prepararse el café, dejó un montón de manchitas marrones, además de cereal desparramado (que se le cayó), -y que él ignoró-, al punto de pisarlo y dispersarlo por doquier.
Aunque quieras con todas las fuerzas de tus entrañas, hacerte la Willy Wonka, sientes que un hilo, (mejor dicho una guaya virtual), te jala desde las alturas, para hacerte saltar de tu cama e ir a inspeccionar el lugar antes de acostarte. 
No te gustaría imaginar si al día siguiente, pudieses toparte con una mancha negra, representada por minúsculas hormigas danzando alrededor de aquella migaja abandonada, que "uppps", a él se le escapó. Muerte súbita.
Quien lea esto, podría suponer que el nivel de manía patológica y por demás enferma, de quien persigue a los miembros de su familia para cerciorarse de que no dejen residuos, rebasa los límites normales, pero lo que no saben, es que gracias a esa especie de trastorno magnificado, es que la casa está impecable, al extremo que se podría comer en el piso. 
Que ellos vociferen que no les importa -si la casa estuviese menos limpia-, es palabrería hueca que pronuncian sin pensar. Lo dicen porque nunca lo han vivido, y aunque no te lo hagan saber, es obvio que les fascina morar en un ambiente limpio y ordenado.
En resumidas cuentas, deberemos buscar la forma de lidiar con aquel que entra y sale de la cocina, deja tazas sin lavar, una estela de gotitas de líquidos pringosos, y por si fuera poco, cuando le preguntas si dejó todo más o menos como antes, (y si cambió la bolsa de basura), entonces, el muy sobrado responde: "Quieres que contrate a la Fuller para lavar 2 tazas y un par de cucharitas? Tranqui que no es para tanto, te prometo que todo quedó como a ti te gusta. 
Si llegaras a ver, -esto crees que lo piensa aunque no lo dice- (maníaca depresiva, que deberías usar una camisa de fuerza con remaches en acero)...  algún tipo de alimaña, entonces no piso más tu cocina, después de las 3 de la tarde, para que te relajes y recobres la cordura y la paz.
Cuando efectivamente sales a escudriñar  -porque te late que no la dejó como quisieras -, te asombra ver que en verdad está mejor que antes. 
-Guao, qué belleza, -te dices para tus adentros-, cómo es posible que esta vez sí dejara la cocina tan limpia? Estás tan sorprendida, que para celebrar lo "inmaculado" de tu marido, abres un turrón de chocolate, para "ocasiones especiales" y cuando vas a botar la envoltura, te das cuenta, de que la basura está desbordada de todo tipo de desperdicios, goteando de líquidos viscosos y oliendo a mapurite muerto.
Es cuando no te queda más remedio que aceptar, que lo del cartel va, (con wachimán de cocinas incluido), pero cuando te asignen un nuevo cupo de dólares, y puedas gastártelos en Amazon o en eBay, o si la cosa se pone fea, en bolívares en Mercadolibre.