lunes, 25 de noviembre de 2013






SHOPPING…ESPÉRAME QUE ALLÁ VOY


Un tema que nos desconcierta, a una buena parte del universo femenino, es tener que dar explicaciones sobre en qué se nos va el dinero, que antes de ingresar en la billetera (o en la cuenta bancaria), ya emprende vuelo, sin escalas, sin demoras y a unas velocidades que superaría al mismísimo Concorde.

Aquellas que no devengan ningún sueldo y dependen al cien por ciento del novio, esposo, o del “peor es nada”, son las que lamentablemente tienen que rendir una justificación lógica, que compuesta por argumentos perfectamente comedidos y tan verosímiles como su gesto y actitud, deberán hacer juego con cada una de las palabras emitidas, al momento de ser escrutadas.

Si la dama en cuestión llega del centro comercial y el equipaje que trae consigo es alrededor de unas 6 bolsas surtidas, que van desde zapatos, ropa, accesorios e indumentaria en general, entre otras nimiedades, deberá buscar la forma de entrar a su casa, deseando tener el don sobrenatural de Jessica Alba en Los 4 Fantásticos y así poder desaparecer de ipsofacto y lograr pasar desapercibida, sin miedo a ser descubierta.

Pero una vez que aterriza de sopetón, ante su virulenta realidad y debe justificarse con muecas de puchero, ante un ser iracundo que está hasta las narices de sus abusos shopohólicos, es el momento entonces de ponerse más creativa que una campaña publicitaria de Graffitti en Navidad, e inventarle, una lista muy bien estructurada de excusas a su verdugo, que lo haga entender de una buena vez, por qué ella "necesita" todo aquello que ha comprado, en un dos por tres y sin estrés.

Una vez que ella trata de explicarle, valiéndose de todos los artilugios capaces de convencerlo y le describe para qué son cada una de las prendas adquiridas; se sobresalta de ver a una fiera enardecida, y jura, que de ahora en adelante, jamás volverá a ser tan transparente, por lo que se inventa una lista de gastos ineludibles que él deberá acatar sin arrugar el ceño.

Entre los muchos “gastos” que él deberá asumir, cuando un buen pellizco de la cuenta corriente de ambos, dé un bajón inesperado, se encuentran: la tintorería, el supermercado, la farmacia, de nuevo la tintorería, la carnicería, el pescadero, implementos para los niños (aunque él siempre los vea vestidos con las mismas 3 pinticas), de nuevo el supermercado, por supuesto que la carnicería y de ninguna manera, ella podrá volver a pronunciar oraciones como “me compré esta camisita que necesitaba, ni estos jeanes que estaban regalados, ni mucho menos estos zarcillos que costaban dos bolívares”.

Incluso cuando ambos estén de luna de miel y ella suponga que lo tiene en sus garras y que él la complacerá, ella jamás deberá dejarse tentar por sus ojitos de carnero degollado y su vocecita de Albin y Las Ardillas y confesarle que vió una cartera que tenía el 70% de descuento y que se la compró, ni que los tacones azul eléctrico que la flecharon en la vitrina, costaban menos que una Susy, porque el ogro atrapado en la botella (como la canción de la Aguilera), irrumpirá abruptamente para rugirle que está harto de su abuso y que es una gastadora compulsiva e impulsiva, que ni siquiera pide factura para recuperar el IVA.

Y es que la única manera viable de que ella pueda seguir manteniendo su extravagante tren de gastos, será echarle toda la culpa (de la desaparición misteriosa del dinero) a lo nombrado anteriormente, para lo que jamás deberá permitir, que se coleen sustantivos como cartera de lentejuelas, zapatos de plataforma, vestiditos playeros, ni accesorios de muerte.

Nunca, jamás, never, no existe, prohibido y peligro de muerte, como se le escape pronunciar alguna de esas palabras que la catapultarán 1000 metros bajo tierra y que serán referencia obligada, cuando en medio de una discusión, él quiera dejarla en mutis, sacándole en cara lo irresponsable y egoísta que es.

Ahora bien, hay un problema que se puede presentar en estos casos y es cuando el caballero que la mantiene (física, mental y socialmente), se da cuenta, que tiene una camisita que él jamás le vio, que los pantalones tubitos metalizados, aún tienen puesta la etiqueta, o que la cartera que está sacando de su forro con amor y cuidado, tiene que estar estrenándosela porque nunca se la había visto antes.

¿Qué se hace ante casos como éste, que son el detonante perfecto para hacer estallar una guerra civil en el dormitorio principal de su casa?

Me imagino que ya tienen la respuesta, porque para eso somos unas linces. Obviamente que hacerse la ofendidísima y decirle, con los mismos ojitos que pone el Gato con Botas en Shrek, que eso es más viejo que su abuelita, sólo “que como nunca me miras y poco caso me haces, por eso no me lo habías visto antes. Si aunque sea te importara un poquito, no me estarías preguntando si lo que tengo es nuevo, pues sabrías que ya me lo he puesto, por lo menos 12 veces; sólo que tú hobbie es ignorarme.

Imagínense que ella sea capaz de lograr, (después de aquel speech impecable), además de una nominación al Oscar como mejor actriz principal, algo mucho más atractivo. ¿Adivinaron?

Que él se sienta terriblemente mal, por no haberla visto con eso antes, que decida complacerla comprándole un mundo de cosas, que le pida perdón hasta que a ella le den arcadas y lo mejor de todo será, que una vez más nuestra protagonista se habrá salido con la suya, pero sobretodo con un armario llenito de todo aquello que ella ama con pasión desenfrenada, por eso Shopping…espérame que allá voy





QUE ALGUIEN ME EXPLIQUE

 

¿Por qué si antes podíamos pagar el ticket del estacionamiento en la comodidad de nuestro vehículo, amenizado con nuestro cd predilecto y ambiente climatizado, ahora decidieron, (sin consultarnos ni jota), que el ticket lo pagaremos, parados en una colota interminable, cargados de bolsas y rodeadas de niños enloquecidos, mientras esperamos que la insufrible cajera nos cobre chateando por celular o mirándose en un espejito de Badtz Maru?

Aquel que decidió, que eso representaba comodidad alguna para los extenuados consumidores, está tan equivocado como no tiene idea.

Después del tute, que ya supone entrar a las tiendas, entre otras diligencias impostergables, es obvio que lo que uno quiere es llegar al carro, lanzar ese montón de bolsas y sentarse temblando de felicidad por haber llegado a la meta, dando gracias a Dios, de culminar tan extenuante labor.

Y es que estemos conscientes, eso de ir a patear centros comerciales, es una labor titánica y más si vamos entaconadas y con el firme propósito de conseguir aquello que nos encomendaron.

Pero resulta, que debemos esperar minutos interminables, soportando un barullo enloquecedor y el cansancio de mantenerse de pie, recibiendo empujones, codazos y manteniendo la cartera tan apretada al cuerpo, que cuando por fin te la separas, extrañas aquel bulto, que prácticamente te incrustaste y por un momento creíste que era parte de tu abdomen.

Sin embargo, surge un detonante que nos hace aún más insufrible esta actividad impuesta desde hace unos pocos años, y es cuando de las 8 taquillas que deberían estar funcionando, solo hay una que trabaja. Increíble. Sólo una, que por supuesto, ni en tus sueños, está cerca de tu carro.

Resulta que esa taquilla furtiva, queda del otro lado del centro comercial, 4 niveles más arriba del piso donde estás estacionada y cuando por fin logras dar con ella, te paralizas de ver que en la cola, hay por lo menos unas 15 personas danzando, comiendo cotufas, hablando por celular y regañando a sus hijos, mientras les llega su turno de pagar.

Después que logras pasar esa etapa (como si estuvieras en un juego de Mario Bross), te diriges a tu carro, que ahora no tienes ni remota idea de donde fue que lo paraste.

Te acuerdas que solo tienes quince minutos para salir de ahí, pero ahora no te acuerda si bajaste o subiste y si fueron 3 o 4 pisos los que tuviste que transitar, para conseguir la escurridiza taquilla.

En ese lapso que ya no sientes ni los latidos del corazón, (porque crees que estás por atravesar el túnel, donde por poco verás la luz y todo ese cuento chino), te llama uno de tus hijos, para recordarte que le compres el juego de escuadras y la tijera punta roma, motivo por el cual habías planificado esa salida al centro comercial.

Quieres cortarte las venas, pero no tienes con qué, así que de nuevo te diriges a los pisos donde están los locales y aunque corres por tu vida, (para que esos quince minutos no se extingan), después que logras comprar lo encomendado, te diriges de nuevo al carro, pero concluyes que ya no te va a dar chance salir de ahí, porque ya tu tiempo, lamentablemente expiró.

Respiras hondo hasta casi atragantarte y con pies de plomo, te diriges de nuevo a la taquilla a repagar el dichoso ticket. Esta vez pasa, que la señorita, no tiene vuelto para tu billete de 50. Es algo inaudito, pero es lo que hay.

Te volteas resoplando como King Kong, mientras le preguntas a los que están detrás de tí, si tienen cambio para tu billete. Nadie responde, sólo los ves pasando delante tuya, haciendo como que buscan, pero te das cuenta que es una parodia, una tramoya, y mientras te chinchas viendo, que ellos sí logran cancelar su ticket, tú sigues ahí parada, con ganas de armar un berrinche infernal.

Cuando por fin logras salir de ahí, te preguntas una y mil veces, ¿por qué decidieron que el tema de pagar el ticket se volviera algo tan engorroso y complicado? ¿No era muchísimo más cómodo a lo antiguo? ¿Qué es eso de estar corriendo por todo el estacionamiento, inhalando CO2 y cargada hasta los teque-teques?

Sales de ahí y juras escribir un artículo en el correo de pueblo, quejándote por esta modalidad ridícula y cero cómoda de pagar los estacionamientos. Pero no lo haces. En vez de eso, escribes un blog y aunque nadie te dé una solución lógica, por lo menos ya drenaste parte de tu rabia... En serio, que alguien me explique...

 




SEÑORA PORFA: SI SALE ME COMPRA UNA TARJETICA MOVILNET

   

 Esos días de semana en los que te quedas en la casa en plan "relax", (tipo 3 de la tarde), y tienes en mente leer, meterte en internet, o en algunos casos aislados, tomar una recuperadora siesta, son días, en los que te encantaría creer que por nada del mundo dejarás de hacer lo que tienes planificado, aunque no sabes por qué, siempre te asaltan tus dudas.

Sabes que ese sería tu anhelo más ferviente, pero tienes un extraño Deja Vu, que es el que empaña tus propósitos, sin embargo te sacudes esas ideas de la cabeza y vuelves a retomar tu plan inicial.

Así es que te acomodas la laptop frente a ti, gradúas el aire acondicionado para que esté en perfecta consonancia con tu clima corporal y piensas, esbozando una sonrisa, que tus hijos están en sus múltiples actividades extracurriculares, lo que te permitirá disfrutar de tus interesantes quehaceres vespertinos, sin que nada ni nadie, te trunque los planes.

Pero pasa algo que te desconcierta.

Te suena el celular y es como si sonara la alarma de tu despertador a la 5.30 am un día domingo.

Se trata esta vez, de uno de tus hijos, que te llama para decirte que por favor lo vayas a buscar, porque se canceló su clase de básquet.

Tratas de negociar para que espere, hasta que se haga la hora de buscarlo, pero al parecer nada lo convence.

Lo chantajeas de mil maneras, para que te deje descansar y le prometes, desde llevarlo 3 días seguidos a comer sushi a su restaurante favorito, hasta ir a ver juntos la película en el cine, que hace semanas le prometiste.

Te vales de todos los artilugios jamás imaginados, con tal de que te deje unas horas tranquila, pero un: "No má, porfa búscame", es lo único que oyes por respuesta.

Das un leve manotazo en tu cama, (para drenar tu molestia) y resoplando más duro que los toros de Pamplona, decides que no te queda más remedio que ir por él.
Cuando apagas la compu y estás a punto de salir, la camaleónica mujer de servicio, "muy modosita ella" te dice que si le puedes comprar una tarjeta prepago Movilnet.

Un líquido que comienza a subirte como una ráfaga caliente por tu esternón, (en respuesta a la rabia por el giro de planes), se ve intensificado, con esta nueva petición.

No hay una sola vez, que salgas de la casa y ella no te pida algo.
Pasta dental, tarjetas prepago, desodorante, pan canilla, manzanilla, toallas sanitarias. Siempre necesita algo.

Ya le has lanzado la punta, de que por qué si tiene los fines de semana libre, no compra lo que necesita, pero mientras se da la vuelta y balbucea para sus adentros, lo único que te atreves a decir es, "ok, dime qué te hace falta".

Es insoportable tener que bajarte en todos los kioskos a preguntar si venden la escurridiza tarjetica y que solo recibas puras negativas, de boca de sus apáticos vendedores, así que cuando la consigues, desmantelas el kiosko.
Y es que si te apareces sin ella, adivinas que la cara de la mujer, acompañada de una actitud quejumbrosa, serán apenas el comienzo de una tarde salpicada de matices amargas, que te convertirán el día en el más insoportable de todos.
De solo adivinar lo que se te avecina, decides buscar de manera frenética la tarjeta; incluso más que el block cuadriculado que te pidió tu hijo hace 2 días, de hecho más que el pan para shabat que te solicitó tu mamá, aún más que la constancia de estudios que hace 5 días te encomendó tu esposo para la embajada americana.
Todo se puede postergar y siempre tienes la excusa perfecta, para acallar las quejas de tu familia, pero nunca para ella. De eso ni hablar.

La tarjetita de Movilnet de 60 Bs, para que la "madame" se encierre en su cuarto a charlar animadamente, no puede esperar, ni aunque se caiga el mundo.

Eso es algo que deberás hacer, y que será tu prioridad, aún por encima de cualquier necesidad básica.

Te preguntas de forma desesperada, cómo llegaste a ser tan complaciente con ella, cuando la fama que te has ganado a pulso, ha sido de indiferente, olvidadiza, despistada y hasta de irresponsable.

Es impensable que ella pueda lograr, que te tambaleen las piernas y el corazón te dé un vuelco abismal, ante cualquier petición que te haga.

Estás consiente que es inaceptable que ella te domine en cuerpo y mente, así que mientras vas manejando para buscar a tu hijo y analizas el comportamiento de esta mujer que te "coloniza", decides no darle nada y te haces el firme propósito de inventarle cualquier excusa, con tal de escabullirte.

Llegas sudando frío a tu casa, y antes de subir a tu apartamento, comienzas a practicar el speech con el que lograrás salir airosa de cualquier cara larga que te plante.
Juras no titubear, ni mucho menos justificarte.

Le dirás un escueto, "no te conseguí la tarjeta", pero no sabes, por dónde empezar, sin que aquello te arruine el simulacro.

Pero una vez que llegas, y te la topas cara a cara, sacas de tu billetera, una de las tantas tarjetas prepago, que al final POR SUPUESTO le compraste.

Era obvio que el cuadrito se te repetiría en el futuro más cercano, y que el disfraz ese de querer parecer más recia que Dwayne Johnson The Rock, tarde o temprano se te caería.

Sabías de antemano, que jamas le darías un NO por respuesta.

Se la extiendes derrotada, (sin mediar palabra) y una vez más te convences, de que ella ganó la batalla, de manera invicta.

Puedes con todo, menos cuando Kafka hace de las suyas y La Metamorfosis  se apodera de ella, transformándola de Bella en Bestia.

Sin embargo, no te quedas con eso.

Es una lucha contigo misma que casi nunca te deja complacida. Es como el Yin y el Yang, Gualberto y Barreto, Cruz y Raya, Thelma and Louise.

Es insufrible saber que ella te gobierna, y que cuando abre la boca, sales arremetiendo contra cualquier barricada real o virtual, con tal de complacerla.

¿Qué haces entonces para mantenerla contenta y que aquello tampoco parezca que le temes?

Ni idea. Me encantaría saberlo, pero no.

Si alguien me sabe explicar, con argumentos válidos y convincentes, cómo dar un no por respuesta, (a la persona que te hace todo en la casa) y que aquello no sea malinterpretado por ella, me gustaría que lo compartiera conmigo.

Ahora bien, si es más de lo mismo... "Si se pone brava, que se ponga", "que se aguante con tu respuesta", "si no le gusta que se vaya", entre otras disque soluciones, por favor pido que se abstengan de dármelas.

Ya esas me las sé de memoria, y aunque crea que son las únicas que funcionan, definitivamente me quedo como estoy.

Ya para finalizar, les recomiendo sopesar lo siguiente: es preferible sacrificar un poco, a cambio de tenerlas ahí.

Eso de dárnoslas de gallitas, de comportarnos como unas führer, para que a los 2 meses salgan despavoridas, no lo veo muy claro.

Si las amigas opinan que estás completamente "a sus pies" diles que sí y sígueles la corriente, pero entonces que no te sigan pidiendo con "cara de puchero" que por favor les consigas una persona que la ayude, “porque se están muriendo, por tener que hacerlo todo ellas solas”.

Ya sabes por qué no les duran y aunque eras "una de ellas", muérdete la lengua, a cambio de ciertas comodidades.

Una tarjeta Movilnet, entre otras nimiedades...no son fin de mundo!!!

 
¿POR QUÉ COMEMOS CHEETOS?

La siguiente historia, -basada en hechos reales-, aborda un tópico, que no deja de ser tan cierto, como la vida misma.
Es un tema con el que hay que lidiar, inclusive antes de adentrarnos en la época de la adolescencia de nuestros hijos, que aunque no es grave, de igual manera exaspera y hace aflorar sentimientos -de las madres hacia sus hijos-, de incomprensión y rabia desmedida.

El escenario se desarrolla, en una casa típica, con una familia típica, pero que tiene un singular detalle y es que la protagonista de mi relato, por circunstancias atemporales, no tiene quien la ayude en las tediosas labores del hogar. Sus episodios acontecen durante algún fin de semana extraviado en el calendario, por lo que ella, no cuenta con ayuda externa y deberá hacerlo todo sola, -para alimentar a su prole-. Asimismo, también deberá descartar cualquier posibilidad de salir a comer afuera, porque las calles están desoladas y tampoco hay nada abierto.

Así pues, que este será el cuadro con el que deberá toparse, ante las incidencias descritas.

- Má, tengo hambre.

- Hola mi vida, ok, pero por la hora que es, me imagino que querrás almorzar.

- Ehh, bueno sí, supongo. ¿Por qué? Qué hora es?

- Casi la una.

- Mmm, guao, dormí full.

- Sí, siempre es así cuando hay vacaciones, se duermen tarde y se levantan al mediodía.
Cuéntame, ¿qué te preparo? Hay hamburguesa con pan y papitas ralladas, pollo empanizado con arroz y fideos, pastel de maíz, ensalada. ¿Quieres un poco de cada?

- Sí porfa. Avísame cuando esté listo. Gracias má…

- Okey

Así es como el muchacho se sienta, come hasta la saciedad, repite un par de veces (lo que significa un total de 3 veces), se levanta satisfecho y agradecido por tan deliciosa comida casera, se dirige a su cuarto para descansar el atracón.

Esa misma acción se repite con cada uno de los miembros de la familia, que desafortunadamente no siempre tienen el mismo reloj biológico en cuanto a sentir apetito, por lo que cada uno come a su ritmo y ella deberá dedicarles su atención personalizada.

Pero finalmente, llega el momento más deseado, anhelado, soñado y fantaseado del día, (para la madre), que es, cuando después que termina de servir, volver a servir, calentar, recoger, limpiar, sacudir, lavar, enjuagar, restregar, secar, ordenar, guardar y dejar todo nuevo, se dispone arrastrada como una culebra, (lánguida de cansancio y con las pulsaciones en 50), a sentarse a comer su añorado plato de comida, el que vislumbra como si se tratara de George Clonney, invitándola a salir.

Se dirige a su cuarto y le dice a su esposo que ya es su turno de comer. Mientras se acomoda para sentarse, sin dejar de balbucear que le parece mentira estar a un paso “de ver su sueño, hecho realidad”.

Él le responde “qué bien”, mientras sigue ensimismado con la programación típica de los días festivos. Sin embargo, justo en el instante que está por hundirle el tenedor a una de sus porciones, entran como una ráfaga, dos de sus hijos, quienes la acorralan cada uno por un lado…

- Má ¿qué comes? Qué rico…me das porfa.

- Ay sí, yo también quiero…

Ella cree que es un chiste y se ríe entre nerviosa y asustada, ellos intercambian miradas dudosas y nuevamente el mediano interviene.

- Má, estaba divino lo que comimos. ¿Es eso que estás comiendo? ¿Nos das?

Ella cree que así debe sentirse la muerte; una especie de hecatombe física y mental que se apodera de toda su osamenta, llegándose a introducir en cada una de las rendijas de sus huesos, los que a pesar del desfallecimiento, le hacen expulsar una extraña fuerza, que la sacuden violentamente y exorcizándola de forma brutal, la empujan a vociferar un gruñido, que dejaría como un gatito, al propio Rey León.

- ¿QUEEEEEEÉ? NO ME DIGAN QUE OTRA VEZ TIENEN HAMBRE. NO LO PUEDO CREER.
DANYYYY, ESTOS ESTÁN COMO LOCOS. ME VOY DE AQUÍ, NO PUEDO COMER TRANQUILA.
NECESITO QUE ME DEJEN EN PAZ. SOCORRO, ALGUIEN QUE ME AYUDE… TENGO A UNOS DEPREDADORES POR HIJOS!!!

- Ya má, tranquila, tampoco es para tanto…no dijimos nada. Perdóoooooon. Guao, qué fiera te pones…

-¿A ustedes les parece normal, LES PARECE LÓGICO, que no termino de recoger, cuando de nuevo los tengo como unos sabuesos implorando por comida?

¿QUÉ ES ESO? NO ENTIENDO. No pueden verme un segundo tranquila, porque de nuevo quieren que los atienda y les dé comida. ¿QUÉ LES PASA? ¿QUÉ TIPO DE SOLITARIA TIENEN?… ¿CUÁNTOS ESTOMAGOS TIENEN? ¿SERÁ QUE SON RUMIANTES Y NO LO SÉ?

- Ya má, perdón. No dijimos nada, hazte la idea de que eso no pasó. Tranquila, no queremos nada.

Es entonces, cuando un esposo boquiabierto y desencajado por tanto escándalo, interviene aturdido.

- Sí mi vida, relájate. De verdad que no es para tanto. Estás fuera de ti. Tranquilízate, toma aire…

-Toma aire, toma aire… Lo que quiero es TOMAR UN MAZO y partírselos en la cabeza. Te parece normal que ellos tengan hambre otra vez? No sabes lo mucho que comieron. Tú porque no te enteras, viendo la tele indefinidamente. No he parado un sólo minuto, UNO SÓLO.

¿No sé si te has dado cuenta que hace más de dos horas que estoy desaparecida? ¿Sabes por qué? porque estoy internada en la cocina. Estoy segura que me puedo mover en ella con los ojos vendados sin golpearme. Cuando ya por fin creo que terminé, de nuevo aparecen estos famélicos a pedir comida.

Ya el esposo, a estas alturas, no responde, está en modo automático; la ve, pero no la oye, pues toda su atención está puesta en el programa que estaba viendo, por lo que ella se da cuenta y enmudece.
El vuelve su mirada inexpresiva a su gran amor cuadrado y ella desea inmolarlo.

Y así pasa otro día más, en que a pesar del malestar, de los gritos y del desbarajuste emocional, la madre ya no es la misma.

Este ser iracundo, que rugió de manera feroz y draconiana, ya no puede sentarse a comer.
Es obvio, el apetito se le evaporó, y a cambio de eso lo que siente es culpa, remordimiento y ganas de tomarse un litro de cianuro para caer desplomada. Se dejó llevar por uno de los peores pecados capitales y eso es imperdonable.

Que si lo piensa bien, la verdad no era para tanto…ERA PARA MÁS, pero como entre el dicho y el hecho hay mucho trecho, finalmente se levanta, lleva su plato sin tocar a la cocina, les vuelve a insistir a “los insaciables” para que le digan qué quieren, y aunque ellos se “hacen los duros”, terminan comiendo, ensuciando, repitiendo y así es, como al final del día, ella no probó bocado (no uno nutritivo) y en cambio de eso, se zampó la bolsa completa de Cheetos.





BUENAS…ME DA CIEN KILOS DE PACIENCIA?

 

La impaciencia no es una ciencia

pero te lleva a la demencia.

La paciencia por otro lado,

más que nada, es un estado.

Es tener autocontrol

y no perder jamás la calma

aunque para mantener el rol

pierdas hasta el alma.

De eso se trata esta vez,

este blog que leerán

que la paciencia es el interés

por esperar sin desesperar.

 

Estamos en una época de la vida, en que TODO, lo queremos “para ayer”.

La impaciencia que nos embarga y en la que vivimos día a día, es un mal que está haciendo estragos, al punto tal que no soportamos, por ejemplo, cuando llamamos a casa de alguien y nos cae ocupado o cuando hablamos con algún operador que lejos de ayudarnos, nos hace repetirle nuestra petición varias veces.

Obviamente, que ante este comportamiento, nuestros nervios de punta, nuestra “falta de tiempo” y por ende la impaciencia, que se mete dentro de nuestras venas; invadiendo nuestras entrañas e introduciéndose en todo nuestro sistema digestivo, respiratorio y cardiovascular, hace de nuestra esencia, un monstruo insoportable, que no atina a esperar un segundo más, sin la solución inmediata y efectiva.

La locura desproporcionada con la que anhelamos las cosas, no sólo está apoderándose de nuestra capacidad física y mental, si no peor aún, está también apoderándose de nuestros hijos y de las generaciones más jóvenes, quienes al vernos tan intranquilos y “saltimbanquis” adoptan inmediatamente una actitud que creen la acertada porque definitivamente, así se desarrollan las cosas, en estos tiempos que corren.

Por más fáciles que nos hagan la vida, empresas de la talla de Apple, Google, Yahoo, Wikipedia, además de los increíbles dispositivos y gadgets que ya han invadido al mercado, “aparentemente” nunca tenemos el suficiente tiempo para culminar nuestras labores.

Nuestros hijos nos interrumpen miles de veces cuando nos ven hablando por teléfono. Es increíble que por más que les llamemos la atención y les supliquemos casi con lágrimas en los ojos y con ademanes desesperados que por favor nos dejen terminar, vuelven a insistir impaciente y enloquecidamente para que atendamos sin preámbulos, a sus “urgentes” peticiones.

Si les dices que les compraste un regalito, te succionan el alma y el corazón hasta que se los des en el momento. No existe la posibilidad de esperar hasta llegar a la casa para abrirlo y disfrutarlo. Todo es para YA.

Lo mismo pasa cuando se sientan a comer.

Quieren el plato de comida de una vez, la bebida, los cubiertos, la tv encendida con el canal que estaban viendo en su cuarto, (antes de que los llamaras a almorzar o a cenar).

Si te demoras un poco más de la cuenta, empiezan a inquietarse, a danzar en la silla, a hacer ruido con los cubiertos, con el vaso. No pueden creer, que el robot incansable, no les haya atendido de inmediato con todos los implementos necesarios para su satisfacción absoluta y garantizada.

Les dices que se levanten y ellos mismos tomen lo que necesiten: el vaso con agua, los cubiertos, (en caso de que alguno se hubiese omitido al momento de poner la mesa), pero son tan perezosos, que prefieren seguirte “taladrando el cerebro” para que “por favor” les sirvas el agua, le traigas la salsa y les des servilletas.

La pregunta ganadora es. ¿Qué podemos hacer para que la impaciencia cese, para que de alguna manera el atropellamiento que hay por realizar las cosas, evitar colas, llamadas en espera, perder kilos, que te atiendan en una tienda, que Google te de la respuesta, que el señor te mueva el carro en el estacionamiento y que el camarero te atienda y te traiga tu pedido, sean actividades que puedas ver resueltas de inmediato?

¿Cómo hacer para que la llamada tan importante que estás esperando, se dé en el momento que quieres? ¿Cómo evitar quedarte horas en un consultorio médico esperando a que te atiendan?

Absolutamente nada que no sea, seguir esperando y desesperando.

No hay solución ante este tema. Si la hubiese no estaría hablando de él ahora. Sólo queda hacerse la idea de que eso es lo que hay.

Peor es molestarse, enervarse, encolerizarse y exasperarse, para después obtener a cambio un pésimo humor, una mala sangre y una salud que seguro se puede ver afectada ante tanta intolerancia.

Ya para cerrar, tengo un refrán que es idóneo para la ocasión: “La paciencia no es el arte de esperar, es hacerlo, pero con la mejor de las disposiciones y de las actitudes.”

 

jueves, 21 de noviembre de 2013

SERÁ UN BOICOT PARA VOLVERME LOCA?

Hablando por mí, me llegó un momento en la vida, en que no sé qué hacer cuando mis hijos se pelean, al punto de que ya no me quedan  amenazas, gritos, chantajes ni extorsiones -que no haya proferido por toda la casa -, para que dejen de lapidarse?
Al parecer lo de ellos es extraerse, desde tejido capilar, -en cantidades ilimitadas-, hasta trozos de epidermis que se les incrusta entre las uñas y que después la víctima usará en su defensa, para que yo arremeta contra su verdugo.
Juro imponerles castigos de la época colonial, como la pena de muerte, la decapitación o la horca, pues lastimosamente todo lo que digo (que les voy a hacer), les interesa cero.
Si creo que porque mi chantaje sea  severo, ellos dejarán de enfrentarse, estoy equivocada.
Tal vez los amedrente, pero no por eso dejarán de sacarse todas las mucosas extraíbles, acompañadas de palabras cargadas de odio, las que después me retumban en las sienes, provocándome unas ganas locas, de salir corriendo.
Aunque llegue un momento, en el que sólo desee encerrarme en mi cuarto y ponerme unos audífonos con música estridente, siempre me carcome la duda, -de que si los ignoro-, ellos puedan estar convertidos en caníbales salvajes, donde uno esté con una oreja colgando y el otro tenga el control del X-Box, empotrado en el cachete.
Así pues, que como ya llegué hasta la pared (y la atravesé), como ya no puedo más con esta situación y estoy hasta las narices de que se quieran y se odien, -con esa pasión desenfrenada-, decido pues hacer caso omiso a los encuentros  sanguinarios, que por lo menos una vez, cada 20 días, son parte de la rutina.
Esta vez, me hago el firme propósito de no hacerme más mala sangre, y aunque es una lucha interna que no me deja vivir, le hago saber a mi socio, -en estas lides-, que lo mejor será que ellos se maten y se revivan por su propia cuenta, a pesar de las secuelas.
El está tan de acuerdo con mi propuesta, que ante cualquier conato de pelea, me recuerda no intervenir y por ende dejarlos solos.
No está bien que a mis 40 y pico, el corazón me de un vuelco cada vez que los escucho en una pugna horripilante, y que sienta sonidos tamboriles que emanan de mi corazón, cuando les da por actuar como vikingos enardecidos.
Así es, como pasa otro día más, de "tensa calma", en los que no hay indicios, de llamar a los bomberos.
Pero como un deja vú -que me sobreviene de golpe-, como una premonición diabólica, comienzo a oír un dialecto que va tornándose en agresivo, por lo que jalada por una fuerza que me sustrae de mis actividades normales, empiezo a dirigirme, -de manera apresurada-, al terreno donde una vez más, se está librando una nueva batalla. Una guerra sin cuartel, que entre insultos, patadas, ademanes feroces y muecas de odio, me hace caer en cuenta, que si no intervengo con celeridad, alguno de ellos saldrá en camilla.
Sin embargo el alarido potente, -de una voz masculina-, hace que me detenga en seco.
Es mi esposo para recordarme, el trato que teníamos, sobre no inmiscuirnos en las matanzas de los niños, con la finalidad de lograr que ellos mismos, dominen su ira y por ende su manera de actuar.
"Hasta que yo no vea el ojo desprendido de uno de ellos -con sus respectivas venas y terminaciones nerviosas-, caminando hasta nuestro cuarto, no me muevo de aquí. No podemos seguir desgastándonos, cada vez que les suplicamos que dejen de asesinarse, y que los muy falsos nos digan que tenemos razón, -para verlos, -al cabo de una semana-, cayéndose de nuevo a trompadas.
Tú, dando alaridos de esquizofrénica y yo persiguiéndolos para que paren los insultos, (con el corazón bombeándome a mil).
Como veo que eso no resulta, y cada vez nos afecta más a ti y a mi, pues esta vez no moveré un dedo, hasta que por cansancio o por dolor supremo, estos tipos paren la pelea."
Mientras mi esposo me habla y me retiene de separarlos, ya no los oigo más.
De hecho se enmudecen y el silencio me abruma de tal forma, que me acerco a su cuarto para constatar que no hay ninguno mutilado, ni acuchillado, ni con la cabeza semi desprendida del tronco. Efectivamente están muy relajados -viendo la tele-, y hasta conversan amigablemente. Es impresionante la facilidad que tienen para amistarse, después de aquel tsunami de palabrotas indecorosas.
Cuando les pregunto si estuvieron peleando, me dicen que sí, sin entrar en detalles..."pero como vimos que ni tú ni papá se acercaban, nos cansamos de pelear y nos pusimos a ver la tele"...
"QUEEEEEEEÉ???" -Pego un aullido de loba herida, pero como no hay respuesta, vuelvo a insistir: "NO ENTIENDO, ESTÁN LOCOS O QUÉ LES PASA?"
... Mutis
Sé que si sigo insistiendo, el desenlace puede ser funesto, por lo que yo misma me doy mis posibles respuestas.
a.-) Estoy tan cansada, que todo lo que veo y escucho es producto de mi imaginación.
b.-) Moncho está escondido, filmándome, para un nuevo capítulo de Loco Video Loco.
c.-) Tengo la excusa perfecta para matarlos yo misma, si ellos no lo lograron.
d.-) Todas las anteriores.
Efectivamente, como ya no sé si el cansancio me tiene viendo visiones, doy  media vuelta, me voy a mi cuarto y antes de que mi marido me pregunte nada, destapo un Magnum de Almendras, (sólo para casos extremos), y me lo devoro, con la mirada acusadora de él, -no porque me lo comí sin respirar-, sino porque por primera vez en mi vida, no le di a probar.
Y me pregunto, será que estos tipos nos quieren hacer un boicot -para que enloquezcamos-,
o en realidad esto que me pasó es normal, y la desfasada soy yo?
Y si en verdad tienen un plan maquiavélico PORQUE ME QUIEREN VOLVER LOCA???
Estaré a la espera de sus comentarios...





viernes, 15 de noviembre de 2013



UN PAR DE ESCARABAJOS PROTAGONIZAN MI BLOG

Se jactaba de día y de noche, de que su casa estabas impoluta las 24 horas del día, los 365 días del año-.
No existía la posibilidad, de que un sólo día, ella no le pasara escoba y coleto a todo el apartamento, e incluso llegara a los lugares más recónditos y difíciles de abarcar.
Esa necesidad imperiosa que tenía de despojar la casa del polvo y la pelusa que por accidente, no fueran removidos, quizás para otros era algo enfermizo menos para ella.
Si sus amigas se quejaban, de que las mujeres que tenían contratadas, estaban cada vez más holgazanas, ella muy ufana intervenía -para decir con convicción-, que ese no era su problema.
Y es que ella misma se encargaba de asear y de chequear que todo se encontrara en su santo lugar y que cada centímetro que pisara, estuviese completamente libre de suciedad, polvo, o cualquier partícula que mancillara el ambiente.
Así pues, mientras ella hacía las veces de "máquina limpiadora compulsiva", siendo cada vez más intensa, un buen día, que llegó a su casa, se consiguió, con un caminito negro, infinito y movedizo, que le llamó poderosamente la atención.
Quiso acercarse con la duda de que eso pudiese ser producto de su imaginación. No era posible que en aquel espacio rondasen alimañas que le descuadrasen los sentidos, cuando en su familia se quejaban de que su obsesión por la limpieza había sobrepasado los límites normales.
Le refutaban infinidad de veces, que ni siquiera daba tiempo de que las cosas se ensuciaran. "Esa manera que tienes de mantener todo impecable, es insoportable, -le decía su esposo-. De la noche a la mañana, se te soltó un tornillo y ya lo que nos falta a los niños y a mi, es levitar cuando entremos a la casa. Sentimos que cuando pisamos -tu amado piso al que cuidas más que a nosotros-, nos pones caras de..."
Ella ignoraba todo tipo de comentarios y seguía muy entretenida haciendo su minuciosa limpieza.
Efectivamente, esa vez que entró a su casa, se topó con un país entero conformado por unas cinco mil hormigas, muy derechitas todas, haciendo una cola infinita alrededor de algo -al parecer pringoso- que era lo que las tenía dispuestas a seguir ahí.
Rápidamente consiguió un trapo húmedo, y las barrió a todas de una sola mano, después que con desagrado, lavaba el pañito y limpiaba de nuevo la zona infectada para ejecutar la misma acción.
Aquel paño se llevó las miles y millones de hormigas que
murieron ahogadas y atrapadas por esa tela verde absorbente, lo que en parte, le devolvía la felicidad que se vio empañada. Después que limpió, enjabonó y roció veneno para asesinar insectos rastreros, pudo lograr tranquilizarse. Nunca jamás, desde que ella se encargaba de la limpieza exhaustiva de su apartamento, se había topado (de manera tan brusca), con un camino integrado por tantas y tantas hormigas que danzaban alrededor de una migaja de brownie, que en un descuido, fue abandonada al azar y nadie se ocupó de recoger.
Ya aquello no importaba, había liberado su cocina y se disponía entonces a leer o escribir algo ameno para contrarrestar los efectos que aquello le provocó.
Cuando entró al baño, para verificar que todo estuviese "perfectamente impoluto", pegó un chillido descomunal; un escarabajo gigante, aunque muerto y patas arriba, yacía en el piso cerca del desagüe.
Qué asco, se dijo enseguida, QUÉ ASCOOOOOOO! Fue lo que repitió miles de veces, mientras temblaba de repugnancia.
Por qué me encuentro esto? si está todo limpio, impecable, brillante.
Sin pensarlo, fue a buscar la escoba, la pala y con toda las ganas arrevueltas, recogió al bicho aquel y lo lanzó por el bajante.
De nuevo se dirigió al baño, porque su inspección no había sido completada.
Sin embargo, cuando abrió las puertas de la ducha, se le pusieron los pelos de puntas, cuando 2 escarabajos del tamaño de su meñique, correteaban alrededor de aquel espacio semi húmedo, en un intento por escapar sin que los apalearan. Ante tal visión bizarra, fue corriendo a buscar el insecticida y cuando se devolvió para matar a aquellas alimañas no las vio más.
Ni la una ni la otra aparecían por ningún lado.
Buscó enloquecida por todo el baño, pero no había rastros de ninguno de esos 2 invertebrados.
Qué debía hacer? Salir de su casa para siempre y vivir en otra parte? Cómo iba a sobrellevar el hecho de saber que aquellas dos rondaban por su apartamento y ella ignorase donde se escondían.
Buscó miles de veces, pero no dio con el paradero de ninguna.
Se le pasaron las horas, hasta que llegaron de la calle, los integrantes de su familia.
Esta mujer, que puso todo su empeño en atrapar a las fugitivas aquellas, le contó con pelos y señales, (y antenas y patas) su búsqueda implacable (parte I) a su esposo y a sus hijos.
Los niños se volvieron locos -después de haber escuchado atentos la historia-, tan así que no querían ni moverse de su cuarto.
A duras penas se bañaron rápido y comieron, pendientes de que aquella visita non grata, irrumpiera en cualquier momento.
El esposo le restó importancia, por lo que buscó un rato y después ya no lo hizo más.
Cuando después de bañarse se acostó, (para ver la tele), quiso como siempre molestar miles de veces a su esposa para que le trajera todas las merienditas infinitas (que por lo general piden los maridos después de la cena), pero ella le refutó que no iría a la cocina, de imaginar que pudiese toparse con ese par.
El callaba y cedía, aceptando que tenía razón. Después de las 9 de la noche, nadie más entró a la cocina, -a comer a deshoras y a dejar todo sucio-. Afortunadamente nadie se hizo Taco ni dejó todo pringoso y desparramado. No se oyeron pisadas a destiempo y así fue como todos cayeron, dejándose vencer por el sueño y por el par de escarabajos que nunca existieron y que sólo fue un cuento muy bien fraguado, para que todos se durmieran temprano y ella entonces pudiese tener el momento idóneo de escribir sin interrupciones ni gritos.
Cualquier tema inventado, incluso sobre un par de escarabajos, eran inmejorables para por lo menos, -un sólo día en su vida-, no tener que quedarse limpiando hasta las 12 de la noche.
Aquellos escarabajos virtuales que ella se inventó y que convirtió en los protagonistas estelares de su próximo blog, además de divertirla -mientras leía el relato-, la hicieron descansar antes de la hora acostumbrada y eso sí era un logro merecido.
Con respeto a las hormigas, esas sí existieron, así como el bicho aquel, que aunque fallecido, le dio la bienvenida cuando abrió la puerta del baño.
Aún la pobre delira con el hecho de no entender, de donde habrían salido todos ellos, aunque ahora que lo piensa, siempre es bueno que hasta los insectos más desagradables, hagan acto de presencia.
Por lo menos aportan ideas para inventar nuevas historias.
Es por eso que dedico este blog a los menos afortunados, ellos también merecen unas palabras de cariño, (obvio, después de exterminarlos).

martes, 12 de noviembre de 2013


¿ LAS COLAS DE CARACAS: DULCE O TRUCO?

 

Me da mucha risa, que cada vez que me voy a subir al carro, pienso en el tiempo que me demoraría en mi casa, maquillándome, desayunando, revisando mis e-mails o haciendo un montón de llamadas, por lo que decido muy convencida, “que eso mejor lo hago en el carro”.

Y es que las colas son tantas y tan largas, que el pie derecho se me entumece (por afincar el clutche) y me doy cuenta que el hormigueo que comienzo a sentir, es gracias a la inamovilidad que me adormece, hasta el mismísimo muñón.

La pregunta ganadora es, ¿para qué voy a perder tiempo en mi casa, quitándome el esmalte de uñas, desechando de mi billetera los miles de papelitos inútiles, revisando mis correos, pines, WhatsApp, haciendo y devolviendo llamadas telefónicas, si en las colosales colas en las que prácticamente vivimos, nos da chance hasta de contratar a la manicurista para que nos haga pies y manos y de paso nos ponga la keratina.

Si tuviésemos un toma corriente, hasta nos estiraríamos la peluca después del gym y nos haríamos rulos para los eventos especiales. Ahora que lo pienso, un éxito de taquilla.

Y es que las colas se han vuelto nuestra excusa mejor ponderada, cuando llegamos tarde a cualquier evento, aunque últimamente, esta evasiva, redundante, repetitiva y nada convincente, ha perdido su credibilidad. ¿Y cómo no? si hasta los más formales, utilizan este método gastado para escabullirse de responsabilidades, convirtiendo este pretexto en algo burdo y trillado.

Sin embargo, las mujeres no somos las únicas que deseamos ganar el tiempo perdido en las colas.

Justamente hoy me sorprendí, cuando vi a un caballero que iba muy ensimismado en su camioneta, con el espejo retrovisor a su gusto y una afeitadora eléctrica en mano, con la cual iba despojándose del vello facial. Avanzaba unos metros y de nuevo volvía muy dispuesto a concentrarse en su actividad.

Me preguntaba dónde caerían los pelitos, pero al parecer eso a él no le importaba. Estaba viendo aquello, como si se tratara de una película en tercera dimensión y como la cola avanzaba tan lento, vi el proceso de trasquilamiento en primera fila, pelo a pelo.

Cuando terminó su “vello” ritual, siguió con la segunda parte del mismo. Sacó una loción que se colocó en ambas manos, para después pasársela, en forma pareja, por todo el rostro.

Se volvió a admirar en el espejo, sonrió picarón y al cabo de unos minutos, que la cola seguía igual, el hombre sacó un sándwich y un juguito y muy gustoso se dispuso a comer. Me moría de risa. Era yo misma reencarnada en hombre.

Me puse a pensar que la gente se queja de las colas y no se dan cuenta, que sólo se inventaron para hacernos la vida más fácil y llevadera. ¿Ustedes saben lo que es estar en una cola, con la tranquilidad de poder realizar actividades, que en la casa u oficina, son prácticamente imposibles?

En la oficina nunca podemos concentrarnos, porque entre los teléfonos sonando, la gente hablando y gritándose, la puerta abriéndose y cerrándose para que entre el motorizado, después el cobrador, el asistente de Fulano, el ayudante de Mengano, el encargado de no sé quién, (que trajo cheques devueltos), díganme ustedes ¿cómo se concentra uno, en medio de ese vaivén de cuerpos, entrando, saliendo, interrumpiendo y saludando efusivamente hasta a las moscas? Imposible.

En la casa, menos que menos. Todo el mundo tiene hambre, pereza y cero ganas de colaborar. Una tiene que ser la proveedora de los más genuinos sentimientos altruistas, (al mejor estilo Walter Mercado), para que la casa no se convierta en una batalla campal.

¿Cómo se puede entonces, hacer llamadas, enviar e-mails, responder pines, leer el libro que tenemos en la mesita de noche, comernos un munchi, si todos están como enloquecidos?

Es por eso que el carro, cuando una está sola, es el lugar por excelencia para poder desarrollar actividades que se nos hacen interminables, cuando nos encontramos acechados por aquellos, que no nos dejan culminar nuestras faenas.

Pero retomando mi historia, en la que observaba al caballero que no se resignaba a quedarse inactivo en la cola, supe pues, que gracias a él, mi trayecto se me estaba haciendo entretenido.

También deduje que no era la única. A punto estaba de bajarme del carro y decirle, “Hola Fulano, ¿sabes que hago exactamente lo mismo que tú cuando estoy en cola? Obviamente no me afeito, pero sí me maquillo, hablo por celular, depuro mi billetera, me unto mis cremas, me pongo perfumito, leo correos y me como uno que otro snack que llevo en la cartera. Quiero que sepas que no estás solo y lo más importante es, que ambos somos parte de esta corriente que seguro se está imponiendo en Venezuela con más arraigo que en cualquier otro país del mundo. ¿Sabes por qué? porque las colas en nuestro país, son parte de su idiosincrasia, es una particularidad que lo identifica; algo así como el Miss Venezuela o los helados de cebolla y queso manchego que venden en Mérida. Por eso.

Deberíamos saber, que ahora las colas no serán en vano, tendrán un motivo de ser y el tiempo perdido en casa, podremos recuperarlos favorablemente en la comodidad de nuestro vehículo. ¿Te imaginas que seamos pioneros, implementando esta modalidad de hacer las colas más llevaderas y menos aburridas?”

Es más, en mi digresión quise proponerle un business al fulano, en el que lo instaba a patentar la idea y…mm, eh, este y…. bueno, después que lo pensé bien, no me bajé a decirle nada; me cerraría el vidrio en la cara, creyendo que era una loca de carretera (nunca mejor usado este cliché).

La cuestión es que puse primera y arranqué. “Lastimosamente” la cola empezaba a aligerarse. Yo no quería dejar de ver aquella programación en vivo, que me hacía tan llevadera mi desquiciante cola, pero no me quedó más remedio que avanzar y cuando vi que nos alejamos unos metros, traté de buscar por el retrovisor, al compañero fortuito que me había hecho en la Cotamil, hasta que el destino de nuevo nos juntó, esta vez él, en el canal lento y yo en el rápido.

Quería ver, qué otra actividad tendría planificada mi compañero de cola, para mantenerme sin quitarle la vista.

Por unos minutos comencé a aburrirme, porque empezó a hablar por celular. Se reía un poco estruendoso y hacía ademanes que evidenciaban que su imagen varonil, corría peligro. Parecía un poco más recio, pero no. Nada de eso. Aunque la verdad era, que su condición me importaba cero. Lo que no quería, era perderme ni medio segundo, aquel reality show.

Al cabo de unos minutos, en los que de nuevo la cola avanzaba, quería saber si mi “peli” tendría algún desenlace inesperado o si el inquieto personaje de la cola, seguiría su trayecto sin más nada que ofrecerme.

Ya había hecho todas mis diligencias “colísticas”, así que estaba libre y necesitaba de otro pasatiempo porque me resistía a exasperarme.

Sin embargo, después que avancé unos metros, distinguí nuevamente la camioneta del sujeto, por lo que hice lo imposible por tratar de colocarme al lado, pero… “no puede ser”, me dije en voz baja, “cerró la ventana y el vidrio era completamente ahumado”. No puedo creer que la función se me terminó.

Y si le da por cantar I will survive acompañado de un performance cual Divine y me lo estoy perdiendo…Noooo. “Porfa abre la ventana”, le suplicaba desde mi carro, claro él no me oía...o sí.

Efectivamente, comenzó a bajar el vidrio y entonces lo que vi… ¿qué era eso? No entiendo nada. No daba crédito a mis ojos. ¿Qué estaba pasando?

De repente, los carros de atrás y de los lados, comenzaron a tocar corneta de manera desesperada pero estaba fuera de mí. Completamente inmersa y atónita. El nivel de estupefacción era tal, que creo haber visto a más de uno que me adelantaba poseído y seguro me insultaba con ademanes y demás.

Resulta ser, que cuando el showman bajó la ventana para apreciarse en el espejo retrovisor de su lado derecho, ya no era un él, era un ella.

El tipo, mejor dicho la tipa, tenía puesto 8 kilos de maquillaje, una peluca de bucles dorados y enroscados y una torerita de lentejuelas plateadas, mientras se miraba en el retrovisor y se limpiaba la mancha de pintura de labios que tenía estampada en los dientes, a la vez que hablaba por celular y se reía estruendosamente.

Los demás carros que al igual que yo observábamos idiotizados aquel Cirque Du Soleil, rodeamos a la “drag queen” imprevista, que se acababa de revelar ante nuestros ojos.

No faltaron quienes le tocaron corneta, le lanzaron besitos y la, lo piropearon. ¿De verdad se comerían el cuento de que se trataba de una mujer muy atractiva y no de un hombre disfrazado? Noooo.

La cosa es que yo sí sabía que él/ella/whatever era un hombre con pelo en pecho. Seguro pretendía, al bajar la ventana, la aprobación del público imprevisto que se acababa de constituir.

La única que sabía la verdad absoluta sobre los hechos era yo. Nadie lo insultó ni se metió con él. En todo caso lo halagaron y le lanzaron los mil y un piropos, porque en verdad aquella beldad, estaba más divina que Beyonce.

Yo, que no salía de mi asombro, me dejé atrapar por él, gracias a la mega cola, el hombre se había maquillado, vestido, afeitado y seguro entaconado y depilado.

Puedo dar fe, que lo hizo mejor que cualquiera de las féminas que conozco. Y yo pregunto… ¿no se supone que “las reinas del arroz con pollo” en esas lides, deberíamos ser nosotras? Qué vergüenza. Qué dirían nuestras madres si nos vieran tan desvalidas.

Mientras yo me ponía el rímel manejando y fijo me introducía el aplicador entero en el ojo, me pintarrajeaba tan mal los labios, que pareciera que me los hubiese pintado montada en una montaña rusa en Bush Garden, o hacía malabarismo para que la sombra me quedara pareja y no se viera como un hematoma propinado por un marido abusivo de esos que pasan en Home and Health, el hombre aquel, estaba hecho un primor y la destreza que había usado para que su maquillaje fuera impecable, me tenía perpleja.

Yo que juraba que me la estaba comiendo y que era un ser prodigioso, porque me medio maquillaba, enviaba uno que otro mensaje y anotaba un par de teléfonos todo con una mano. Qué engañada de pacotilla.

Así fue como en un tris, le perdí la pista a aquel hombre que se había convertido en mi nuevo héroe. Después analicé, que este tema del tráfico debería ser nuestro escape y el momento ideal para relajarnos y pensar “que eso es lo que hay”.

Que el resto se insulte, se tire el carro, baje las ventanas para estirar su dedo del medio acompañado de muecas y ademanes no muy amistosos, debería hacernos reflexionar y pensar, que la mala sangre que se hacen muchos cuando se sienten atrapados, el colapso nervioso que hace estragos en sus vidas cuando ven que los minutos pasan a toda prisa, la exaltación verbal y física que adopta la mayoría cuando no conciben que salieron a las 5 y media de la tarde y son casi las 7 de la noche y no van ni por la mitad, es una realidad inamovible que lamentablemente no tiene una solución inmediata, a menos que quieran empezar a disfrazarse de su personaje favorito…

Pero debo hacerles una última confesión. El día que me pasó todo esto, fue justamente hoy, 31 de octubre. ¿Tienen idea qué cae en esta fecha? ...