domingo, 8 de diciembre de 2013

UN FINAL TIPO SEVEN







UN FINAL TIPO SEVEN

Se acuerdan de la película Seven, que se desarrollaba en torno a los 7 pecados capitales?
A continuación les relataré por qué escogí ese título para mi blog, que aunque nada tiene que ver con esa película, el final es tan deprimente como el film.

Para ella entrar a un centro comercial, era embriagador, era como una sensación de anestesia que la iba embelesando en la medida que se adentraba y comenzaba a aspirar el exquisito olor de aire condicionado, típico de las tiendas por departamentos.
No le interesaba los gritos de niños endemoniados, menos las caras largas del marido, que lo único que quería era contratar a algún sicario de la mafia rusia, para desaparecerla. Que el celular sonara y lo oyera timbrar, era lo mismo que si viera llover.
Le daba  completamente igual.
Estaba en modo "P.S.M.I" "Pregúntame Si Me Importa".
Era un momento de delirio, que la arrastraba poco a poco a un estado de paz mental y espiritual, que no alcanzaba ni en estado alfa.
Entraba a las tiendas y después de dejarse flechar, hasta por los maniquíes inexpresivos con cuerpos utópicos, sentía que su mundo, comenzaba a salir del letargo.
Si iba sola, tanto mejor, aunque después tuviese que enfrentar a su staff familiar con las mismas excusas trilladas de siempre, "Perdón si me escapé, pero necesitaba este bluejean (no importaba si era exacto a los 33 que tenía colgados), esta cartera era imperdible y la casualidad de conseguirle estos zapatos, era irrepetible".
Le reclamaban por haberse evaporado en un segundo, cuando se supone que los viajes en familia, son para estar todos juntos.
Ella respondía con monosílabos para dar por terminada aquella  verborrea que le daba hartazgo.
Si iban todos en cambote, la historia era distinta.
Marido e hijos, pedían su opinión sobre lo que se iban probando, pero a todos, respondía que les quedaba "espectacular y maravilloso" con tal de salir de ellos.
Era increíble que por primera vez no tenía criterio y además le encantaba no tenerlo.
Su personalidad se esfumaba y sólo quedaba la estela de una persona que estaba idiotizada ante cantidades ilimitadas de telas, texturas, hechuras, marcas, tallas, modelos, colores y un sin fin de estilos heterogéneos, que la llevaban a pensar, que ridículamente todo le fascinaba.
Cosas que jamás creyó que le llamarían  la atención, de repente la flechaban hipnotizándola a la primera.
La engatusaban, la envolvían y después que la enamoraban, después que por ellas perdía la cordura, se iba dando saltos hasta su "incondicional" proveedor para decirle, que necesitaba las 17 camisitas (que tenía apiñadas), los 6 pantalones y los zapatos y carteras que iban a juego y que eran innegociables. Antes de que él respondiera, -con una vena que se iba engrosando en la frente-, ella se daba media vuelta y se dirigía a la caja más cercana para pagar; era entonces cuando volvía a recobrar el sentido de la cordura.
Y en qué momento sucedía eso?
Cuando la sutil cajera le decía a sotto voce, el total de la cuenta, y ella no sabía si se refería a la deuda externa de algún país sudaca, o a la cuenta que efectivamente estaba por cancelar.
De repente se enfrentaba a una diatriba: sacar de su billetera uno de sus plásticos rectangulares, o... no había otra, esa era la opción que imperaba.
Así pues, que antes de que algún obscuro pensamiento pudiese arruinarle el momento, extendía su tarjeta y zaz, su sueño se convertía en realidad.
Una vez que culminaba su operación y se dirigía al punto de encuentro con su familia, se apoderaban de su mente, los mounstros que más la intimidaban, y a los que desde ya comenzaba a aventar.
Debía maquinar excusas trilladas y palabrería gastada, además de practicar caras que la hicieran parecer muy compungida, por todo aquello que adquiría en un tris.
Era un momento que debía enfrentar sola, pero muy segura  y autocrática.
Una vez que soltaba lo que se le atragantaba en la glotis, descubría que era más lo que elucubraba, que lo que sucedía a continuación.
Su esposo no se inmutaba, ni menos la condenaba a cadena perpetua.
Sólo la instaba a que le enseñara aquello que con recelo guardaba, para exclamar frases de halagos por tan acertada elección.
Aunque ella se sentía   sorprendida, se imaginaba todo, menos que la reacción fuese tan cortés y afable.
Un poco dudosa preguntaba -como al descuido-, si en verdad no le importaba que se hubiese perdido por tantas horas, además de haber gastado más de la cuenta.
Pero la respuesta, en vez de ser una que la dejara con un sabor amargo, era una que justificaba su avasallante compra compulsiva, la que disfrutaba a plenitud.
Estaba tan jubilosa -de que todo saliera a pedir de boca-, que de la felicidad, celebró comiendo todo lo que se le atravesaba. Compraba y comía, porque todo era parte de su euforia.
Engulló tantas galletas Milano (doble chocolate), bombones y donas Krispy Kreme, que al final, con tanta emoción y kilos de más, pues no le sirvió nada de lo que se compró.
Y es por eso que este blog tiene el mismo final, que la película Seven, cuando el guapo del protagonista muere, y dan ganas de irse a llorar al río.
Por eso el título...