viernes, 28 de marzo de 2014

DEBERÍAMOS HACER MENOS ADEMANES PARA QUE FUERAN "ADEMENOS"?

Esta historia trata sobre las personas que les encanta aderezar sus anécdotas con una importante dosis de ademanes. Cada palabra proferida debe tener una serie de movimientos que la cotejen, para que el relato cobre vida, según ellos.
Les narraré una simpática tragicomedia, para lo que espero sus comentarios.

Cuando hablaba con ella terminaba mareada.
Qué les digo mareada? Nauseabunda y con las sienes palpitando.
Eran tan marcados los ademanes, -cuando me contaba algo-, que perdía el hilo para concentrarme en sus manos y en el histrionismo que la caracterizaba.
La tildaban de excéntrica y supe -por comentarios de pasillo-, que más de uno le propuso interpretar cualquier obra de teatro que estuviese en boga, dándole obviamente el papel estelar y protagónico.
Cada palabra emitida, debía ser perfectamente acompañada por el compás de sus extremidades y cabeza, pues tenía esa manía de hacerse notar para que su puesta en escena fuera imbatible. Daba igual que estuviese con una sola persona o en grupo de 20. Menos importaba si era un grupo homogéneo, heterogéneo o con poco ingenio. Quería dejar su estela haciéndose notar con un conjunto de movimientos que validaran cada una de sus palabras. De hecho eran tan o más importantes que la misma jerga.
Su propósito era tornar su performance, en inédito e irrepetible.
Sin embargo como en toda historia, siempre hay dos lados que se contraponen; algo así como el yin y el yang.
Resulta que ese carácter indómito, esa extraña forma de hacerse notar cuando se apersonaba en los sitios, hizo que muchos la criticaran.
El camino que transitaba, tenía sus pro y sus contra.
Así como muchas condenaban su escandalosa personalidad,  otras la catapultaban a la fama queriendo emularla en cada uno de sus gráciles movimientos, (no eran tan gráciles, pero quienes la admiraban, los veían así).
Aleteaba sus manos, brazos y antebrazos mientras contaba cualquier historieta.
La meta era hacer estallar a su grupo de amigas, en una estruendosa risa, que con aplausos diera por terminada la primera parte del espectáculo.
Lo de ella era poner en marcha -toda su osamenta-, para así interpretar al pelo aquello que contaba. Exactamente como si estuviera en Broadway frente a un público entusiasta que aplaudía eufórico ante aquel despliegue corporal y facial.
Pero llegó el día, del almuerzo por el cumpleaños de su amiga Lula.
Ella se ufanaba de "acontecida" y parecía que siempre algo le ocurría.
Era la magia de su arrolladora personalidad.
Así fue, como antes de llegar al restaurante entró agitada y bastante desencajada.
Pudimos notar que también renqueaba. No era la de siempre, pero tampoco eso le restaría dotes al momento de acapararnos con su charming.
Cuando la tuvimos cerca, una exclamación grupal le dio la bienvenida. Después que una de ellas arrimó una silla -para que se sentara-, mi protagonista exclamó con un hilo de voz...
- No saben lo que me pasó. Cuando les cuente van a enloquecer.
- Qué te pasó?
Por qué cojeas? Te caíste? Te llamamos estos días, pero no nos caía tu celu.
Ya se oían las risitas nerviosas de lo que vendría a continuación, pero ella seguía impertérrita, por lo que sin arrugar la cara volvió a intervenir: "Antes de ayer me atracaron. Me robaron el celular y el reloj y a último momento la cartera".
Aunque se oyeron murmullos, una de las amigas saltó de su asiento, "No te creo. Seguro es otro numerito más de tu Stand Up Comedy. Te imploro que por favor no nos cuentes nada. Queremos una interpretación magistral de lo que supuestamente te pasó."
Otra la interrumpió. "Estás loca Chana? La acaban de atracar. Cómo crees que nos va a contar eso como si fuera gracioso? No ves que además está cojeando? O es otro de tus shows Valeria?
Cada una opinaba ante aquella confesión, condenando la declaración de quienes queríamos una interpretación impecable sobre lo ocurrido.
Pero ella se tomó aquel debate a pecho y comenzó a narrar su fatídica experiencia desde una perspectiva que no le permitía explayarse.
"Cuando salí de mi casa el lunes, vi que necesitaba gasolina. Me llegué a la bomba, les mandé mensajes a ti Chana y a ti Norma -a ver si terminábamos de organizarle el almuerzo a Lula-, pero como ninguna me respondió, comencé a llamarlas al celu.
Cuando el bombero que me estaba echando gasolina, me dijo cuánto era, al momento que estaba por sacar la billetera, veo que el tipo le hace señas a otro que comienza a acercarse, por lo que me imagino lo peor.
Rápidamente  trato de encender el carro para largarme o por lo menos para cerrar el vidrio, pero el tipo acelera la marcha y se me planta del lado derecho para meter su cabezota por la ventana y decirme que le de el celular y el reloj y que lo quiere todo para AYER.
Le digo que no tengo celular, -ustedes saben que prefiero donar un órgano antes que dar el celular-, pero el infeliz del bombero le dice que claro que tengo, porque me vio hablando. Comienzo a tocar corneta para amedrentarlos - a ver si con el ruido salen pitados-, pero me doy cuenta que no hay un alma en la bomba.
Qué hice? Tenía que ponerme creativa y coronarme como la mejor actriz meritoria de un Óscar.
Me saco el reloj de la muñeca y lo lanzo en el carro, junto con el celular y la cartera, me bajo tratando de enfocarme en lo que estoy próxima a hacer y comienzo a llevar a cabo el paripé de que me va sobrevenir una convulsión mortal y por poco terminal. No está bien jugar con esas cosas, pero definitivamente tenía que espantarlos.
Empiezo por mis manos y mi cuerpo, a poner todo el empeño para que la actuación fuese de primera línea y ninguno pudiese dudar.
No saben las muecas que tuve que hacer, para que los tipos se quedaran gélidos, viendo como me desdoblaba en quien no puede reprimir su enfermedad.
- Osea Valeria, seguro te la comiste. Quién mejor que tú?
Risas iban y venían. Comentarios sagaces que aderezaban la historia.
- Seguro salieron despavoridos creyendo que te estaba dando algo.
- Shhhh. Déjenme terminar niñas...
Resulta que después de haber exagerado más de lo normal, después de haberme contorneado como una culebra con pica-pica, después de haber hecho movimientos dignos de los trapecistas del Cirque Du Soleil, siento que la cadera se me engarrota y en el peor segundo de mi vida, me quedo "1,2,3 pollito inglés" INMÓVIL, seca, tiesa, patitiesa, paralizada, completamente estática y por poco cuadrapléjica.
Ellos se quedan estupefactos, hasta que comienzan a decirse: "Pana, esto está feo, mejor nos arrancamos, antes de que la jeva caiga muerta".
Acababa de ganarme la estatuilla dorada. Los tipejos se habían comido el show y estaban por salir corriendo como unos cobardes que eran. Pero yo estaba que me moría. Lánguida de dolor.
Pero ahora viene la mejor parte. Saben ustedes lo que hacen los sucios?
Cuando están a punto de largarse, se dirigen a mi carro y se llevan mi celular y mi reloj, y a punto de culminar su huída, se devuelven para también llevarse la cartera.
Comienzo a dar gritos de desquiciada, suplicándoles que no me dejaran así, jurándoles que no me podía mover, que por favor me ayudaran y uno de los ratas dice "Pero y por qué no sigues con el "choucito" ese que nos estabas haciendo mami? No "ike" estabas "conmulcionando", doblando las manitos y el cuerpo, pa' que nosotros pensáramos que te estaba dando una vaina? Qué pasó?, de repente se te fueron las "conmulsiones"?A "ve" quien te va a "pará" del piso actriz chimba.
Para hacerles la historia corta, los tipos se largaron y me dejaron tirada en el frío pavimento con el umbral del dolor que me atravesaba el alma.
A todas estas no sabía qué era lo que más me dolía, si el engarrotamiento de la cadera, el haberme quedado sin mis cosas, o que no se creyeran mi show de que me estaba dando una moridera.
Eran casi las 7 de la noche y de hecho no había nadie cerca.
Sin embargo, la iluminación divina hizo que me acordara que uno de mis hijos había dejado su celular en la guantera, por lo que
como pude me fui gateando hasta el carro, llamé a Fredo, le expliqué lo que me había pasado, y ya lo demás es historia.
Heme aquí, más torcida que la Torre de Pisa, pero por lo menos a salvo.
Lo peor no es lo tullida que quedé, sino que tomé la decisión de que ahora en adelante -cuando les hable-, mi speech no será tan divertido.
Lamento decirles -queridas mías- que mi conclusión final es: "que prefiero las palabras aunque se las lleve el viento, (antes de que me sobrevenga
otro engarrotamiento)"

Dedicado a todos los que hacemos miles de ademanes mientras contamos algo.

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