martes, 1 de abril de 2014

"TIENES UN PEREJIL EN EL DIENTE"

Es maravilloso quedar con amigas para ir a comer, no importa el motivo. 
El hecho de pasar un par de horas, para reír, compartir y degustar, además de suculentos platillos, los más estrafalarios dimes y diretes, es un acto, que de imaginar, me llena de euforia. 
Pero hay algo, que aunque suene inerte, es tan relevante como el chisme en cuestión. 
Mientras las distinguidas comensales se van acomodando, (a la vez que pican de aquí y de allá), me percato con resquemor, que una de ellas, Adriana, es la infeliz portadora de un notorio perejil impregnado de clorofila, el que se adhiere como un tatuaje a uno de sus dientes frontales.
Esta ingenua, -ignorante de aquel resplandor verde-, no tiene ni idea de lo que acaba de iniciar. 
Y es que mientras ella sigue riendo, (e intercambiando banalidades), no se entera que es epicentro de miradas escrutadoras y comentarios pertinaces. 
Sin embargo, una vez que culmina tan opíparo almuerzo, y después que cada una cancela, Adriana se dirige a su carro, ajusta el asiento y el retrovisor (que seguro fue manipulado por algún gnomo) y vislumbra, que una partícula esmeralda, es parte de su anatomía bucal. 
Se le hace inadmisible, que ninguna de las socialité, le sugirieran ir al baño a despojarse del hierbajo, por lo que "verde de rabia" llama a la "disque amiga", que más confianza le tiene, (Nita), para reclamarle por no haberle dicho que fue el "hazmerreír de la concurrencia".
Sin embargo, Nita, lejos de pedir disculpas, se hace la "Willy".
Adriana ofuscada insiste, y su contraparte responde, que no se dio cuenta, que deje la tontería y más aún la intensidad "Osea, tampoco eres tan importante para que todas estemos pendientes de tu diente cubierto por una capa verde y mohosa de aliño."
Esta comprende que lo mejor es no hacer de aquello una batahola y aunque se corroe  de rabia, decide hacer mutis.
La protagonista de mi historia imagina que aquel episodio es caso perdido y aunque no quiere  darlo por cerrado, sí maquina con alevosía, alguna treta que tenga como meta, la venganza de quienes se rieron de aquel hecho, que pudo ocurrirle a cualquiera. 
Es así como Adriana de nuevo coincide con las amigas con quienes compartió una tarde frívola, y jura vengarse en lo sucesivo.
El primer paso, será actuar con mucho aplomo; sabe que la venganza es un plato que se come frío, así que observa con detenimiento a varias de las féminas y empieza entonces su trabajo de investigación exhaustiva.
Pero después de una mirada inquisidora, concluye que no hay nada malo con ninguna de ellas. 
De hecho todas están impolutas y por más que les busca algún detalle, ve decepcionada que no hay tal.
También se da cuenta, que aquel trabajo absurdo de investigación la tienen alejada de la charla amena, -amén de las risas y comentarios que se realizan en su ausencia-. Entiende que aquello de vengarse está muy bien, siempre y cuando se dé de manera natural, y no forzando la situación, -como ella pretende-. 
Es cuando decide unirse a la comitiva que disfruta de la velada, se pone al corriente de la conversación y escucha con detenimiento, que están hablando de una fulana a quien el marido engaña descaradamente, siendo la pregunta -que flota en el ambiente-, si decirle o no a la víctima, que es una cornuda en potencia.
Algunas opinan que lo más sano será no inmiscuirse, considerando la gravedad de la circunstancia; sin embargo Nita, quien lidera el debate, asevera que de ninguna manera podría ser cómplice de un episodio tan fatídico. 
Ella no permitiría que su amiga estuviese en boca de todo el mundo, por lo que no sólo se lo diría, también la exhortaría a abandonar a aquel hombre, que impúdicamente la engaña a diestra y siniestra. 
Muchas de ellas intercambian miradas furtivas y no hace falta que digan nada; las palabras sobran. 
Adriana se da cuenta del movimiento telúrico y le envía a una de ellas, un mensaje clandestino (por celu), en el que le suplica que la ponga al tanto de la situación. 
Ésta le responde...
- Te acuerdas del cuento aquel, que una vez sonó, sobre una fulana que no tenía ni idea que el marido la engañaba, y más bien juraba que el hombre le era más fiel que Romeo a Julieta?"
- Si, creo.
- Pues se trata de Nita.
MUTIS. Cara de estupefacción, de desconcierto.
Ambas vuelven a concentrarse en Nita. 
Esta sigue parloteando de la fulana "engañada", condenándola por ser tan estúpida. 
Adriana se queda inmóvil. No puede creerlo. Está en blanco y jamás imaginó que su amiga la arrogante, la divina, la reina del arroz con pollo, fuese otra víctima en potencia de la infidelidad conyugal. 
Adriana oye con detenimiento las palabras de Nita y sabe que es el momento de actuar.
Si ella exige honestidad, por su parte la obtendrá. 
Es su momento de pagarle con la misma moneda, más aún cuando ésta pregona a los cuatro vientos que a una amiga burlada, hay que abrirle los ojos.
Adriana la interrumpe y las demás están en estado de conmoción. 
Todas se concentran en ambas mujeres y la amiga que le acaba de dar la noticia a Adriana, tiembla de imaginar, que aquella indiscreta, hable más de la cuenta. 
Por lo que después de dejar escapar algunas risas nerviosas la interrumpe en seco y le dice, "Qué es lo que vas a decirle Adriana?" después de un rictus que la obliga a enmudecer. 
Ésta ignora su intervención y se levanta. 
Sigue dirigiéndose a Nita y le dice que hay algo que probablemente le dolerá. 
Toma una servilleta y se la entrega a la vez que le dice: "si exiges honestidad, por mi parte la tendrás. Hay algo que quiero decirte, que quizás te haga sentir muy mal. 
Creo que llegó el momento de que sepas ... 

que tienes residuo de chocolate en el mentón, así que te recomiendo limpiarte, porque se te ve sucio y la verdad no te luce."

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